Un día sucedió algo que nunca pensamos que pasaría, así como todas las situaciones malas. Solo suceden en el momento más inesperado, y desde entonces, nuestra rutina es muy diferente...
Como todos los días desde aquella vez, llegué con mamá a ese lugar blanco justo a las siete de la mañana. Ya me había acostumbrado al raro olor que se sentía cuando entrabas, que es como si estuvieras oliendo directamente un guante de esos blancos, medio transparentosos, que utilizan los enfermeros... o bueno, así es como me lo explicaba mi mamá. Yo en realidad ni sé de qué guantes me estaba hablando.
Al llegar al final de ese largo pasillo, nos subimos a una caja gigante (que mamá llamaba elevador) y marqué el piso tres en el tablero de la derecha. El Sr. Bunny me acompañaba hoy porque sabe que es muy difícil hacer esto sola.
Cuando la caja gigante se detuvo, salimos de ella y nos acercamos a la recepción. Mamá repitió lo que siempre decía cuando llegábamos y la chica castaña, que siempre está detrás de ese gran escritorio, dejó que me acercara a su habitación...
"Hola, Charlie. Hoy aprendí a jugar con la pelota. Ya sabes... ese juego que es de patearla muchas veces mientras corres al final de la cancha, ese al que juegas tú en el colegio. No lo entiendo mucho, la verdad, pero fue divertido. Mi amiga Nancy se cayó como tres veces y no podía dejar de reír. Deberíamos jugarlo juntos un día... Oh, mamá me llama, nos vemos mañana. Recuerda vivir". Me levanté luego de decirle la frase que él siempre repetía cada vez que podía y corrí al mostrador junto a mamá. Ya mañana vendría de nuevo y le contaría otra cosa divertida, porque sé que le gustan mucho mis historias.
