Prólogo

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En un mundo donde el ochenta por ciento de la humanidad posee algún tipo de don, conocidos comúnmente como Quirks o Koseis, la normalidad se define por lo extraordinario y lo fantástico se vuelve cotidiano. En este escenario de infinitas posibilidades, dos niños de apenas cuatro años compartían una tarde de juegos que parecía no tener fin bajo el cálido resplandor del sol. Izuku Midoriya, un pequeño de orbes verdes llenos de luz y cabello alborotado, corría con entusiasmo tras los pasos de su mejor amigo, el impetuoso pelicenizo Katsuki Bakugo. 


Entre ellos existía una conexión genuina y profunda, sellada por apodos que solo la absoluta inocencia de la infancia permite crear y mantener. Izuku llamaba cariñosamente Kacchan a su compañero, reconociendo en él una chispa de liderazgo natural, mientras que este le respondía con un enérgico Deku, un nombre que en ese entonces solo cargaba el peso de una amistad incondicional y no el amargo estigma de la debilidad que el futuro le reservaba.


Katsuki: Oye Deku, ¿cuál crees que sean nuestros Quirks? —preguntó mientras se detenía un momento para recuperar el aliento, con la curiosidad brillando con intensidad en su mirada carmesí—.

Izuku: No lo sé Kacchan, pero estoy seguro que serán geniales —respondió el peliverde con una emoción desbordante que iluminaba su rostro pecoso y contagiaba alegría a su alrededor—.

Katsuki: Sí, aunque el mío será el mejor de todos —afirmó con un pequeño tono de arrogancia que ya empezaba a asomar en su personalidad dominante, inflando el pecho con orgullo—.

Izuku: ¡Siii!, estoy seguro que sí, ambos vamos a tener unos Quirks geniales y seremos asombrosos.

Katsuki: Eso tenlo por seguro Deku, pero recuerda que no importa qué clase de don tengamos, seguiremos siendo los mejores amigos —declaró con una seguridad tajante mientras miraba a su compañero a los ojos—, además que seremos también rivales para ver quién es el mejor héroe de toda la historia.

Izuku: Jejeje, sí, lo seremos, veremos quién será el mejor de los dos cuando crezcamos.

Katsuki: Entonces, ¿amigos rivales? —dijo mientras levantaba su puño cerrado hacia el frente, ofreciendo un pacto silencioso que parecía inquebrantable ante el paso del tiempo—.

Izuku: Amigos rivales —respondió chocando su pequeño puño contra el de su amigo, sellando una promesa eterna bajo el sol de la tarde que comenzaba a descender en el horizonte—.


Poco después, los padres de ambos aparecieron entre las sombras de los árboles del parque para dar fin a la larga jornada de juegos y risas. Tras las despedidas habituales, los abrazos infantiles y las promesas de verse al día siguiente para continuar sus aventuras, cada familia tomó su propio rumbo. Sin embargo, para la familia Midoriya, el ambiente cambió drásticamente de la calidez reconfortante del parque a la pulcritud fría y el olor a desinfectante de una sala de espera. Izuku se encontraba ahora en el hospital, sentado en una silla que le quedaba grande, acompañado por su hermana Amaya y sus padres, Inko e Hizashi. 

La tensión, el silencio incómodo y la expectativa flotaban densamente en el aire mientras aguardaban el veredicto médico que definiría irrevocablemente sus futuros y sus sueños.


Amaya: Oni-chan, ¿cuál crees que sean nuestros Quirks? —susurró la pequeña con voz suave, buscando la validación y el consuelo en la figura de su hermano mayor—.

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