CAPÍTULO 1. ME PRESENTO

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Bueno, ¿cómo empezar? La verdad es que esta podría ser la típica historia de cómo dos personas que no se conocían de nada pasan a querer formar la familia perfecta. Desde mi punto de vista, tampoco fue para tanto, pero ya que esto va de compartir... Hablemos de L (sí, ese es su nombre, una sola letra... Ya lo entenderéis).

Al principio me asustaba aquel lugar, La Mazmorra, el club fetiche donde iban a parar los incomprendidos y los lunáticos cuando no se atrevían a contar a sus parejas sus gustos y fantasías. Pero lo que viví allí no era, ni por asomo, lo que esperaba cuando decidí presentarme a aquella oferta de trabajo. Había hecho mis incursiones en el mundo del BDSM antes, me encantaba el juego, el poder, el mundo que lo envolvía... Y, aunque nunca me lo había tomado realmente en serio, me habían insinuado un par de veces que le sacara partido ahora que tenía un piso que pagar. Por eso acepté la invitación de mi amiga Elsa y me acerqué a conocer aquel local.

Ya lo veis, así de triste es la historia, el miedo y las facturas me llevaron a conocer el negocio que me cambiaría la vida. ¿Que cómo empecé? Recortando mis viejos pitillos y un par de camisas rotas y aplicando todo lo que me enseñó la tía Raquel sobre costura, hebillas y metalúrgica básica. No era un corsé de cuero de algún artesano de renombre, pero chica... me quedaba de muerte y tenía las medidas perfectas para resaltar esa talla 100 que tanto dolor de espalda me había dado en la adolescencia. Y lo más importante: era negro, cómodo y enseñaba justo lo que quería enseñar; ni más ni menos.

Tenía mis dudas, por supuesto, pero las dejé a un lado y me pinté la máscara de dominatrix.

Mi familia decía que el mundo es más sencillo cuando te lo crees... Y era sólo una entrevista, ¿no? ¿Qué más daba lo que llevase puesto? Me harían preguntas, intentarían intimidarme, quizá una pequeña demostración de los elementos clave y el típico "ya te llamaremos". No había razón para estar nerviosa.

Nunca sabré si estaba o no equivocada. Lo que sabía es que tenía que ir a por todas con ese trabajo. La verdad es que me parecía divertido y dicen que, si te gusta lo que haces, no trabajas ni un solo día. Así que sí, enfundada en mi propio disfraz, me presenté en la sala sin llamar, elegí a un hombre de pelo rizado y traje de color café y me auto-contraté:

- Hannah. Divertida, creativa, morena, bollera y la nueva mistress de La Mazmorra.

Mi voz era directa, sin elevar el tono ni adornarlo con sentimientos. Simplemente relaté un hecho y decreté un nuevo estado en aquel local.

Tenía a ese hombre de metro ochenta contra la barra, no llegaba a rozarle, pero ninguno movíamos un músculo. Me sacaba al menos una cabeza y, aun así, no podía desviar la mirada de mi improvisado traje al más puro estilo de los años 90, un clásico cliché peliculesco que nunca fallaba: brillante, ceñido, con demasiadas hebillas poco funcionales y dejando que un colgante se escondiera en el canalillo como un misterio que os encantaría ir a buscar.

No me aparté hasta que no vi el rubor en su cara y un bulto apretando su entrepierna. Logró carraspear y asentir mientras parecía tragar saliva, pero no dijo ni una palabra. En realidad, nadie se opuso. Así que me limité a alejarme con paso firme hacia el despacho de la entrada, dejé mis datos en la mesa y me fui con el mismo misterio con el que había entrado. En cuanto puse un pie fuera, empecé a temblar, ¿en serio acababa de hacer aquello? Menos mal que no llevaba más de dos meses en aquella ciudad y no me conocía nadie. Aunque he de admitir que fue muy divertido y no tenía nada que perder, así que había apostado por una entrada triunfal. «Que al menos no se olviden de mí fácilmente.»

Tiempo después, comprendí que aquello realmente había sido demasiado arriesgado. Aquel empresario cansado al que avasallé no era sino el dueño del local y quien debía hacerme la entrevista. El mismo que al día siguiente llamó para darme mi horario y asegurarse de que el lunes cogía de la taquilla número 7 mi copia de las normas básicas del local, una pequeña lista de clientes y mi juego de llaves. Supongo que podemos decir que pasé la prueba... Y así empezó mi trabajo.

...

Os ahorraré los primeros días y los saludos incómodos. Os basta con saber que La Mazmorra tenía cinco salas de tortura, cada una equipada con un juego básico de cruces, columpios, sillones con grilletes, cadenas, argollas en cada esquina y pared, una cama de 3x3 metros con cabecero de barrotes y un surtido abanico de fustas, látigos y consoladores. Fuera, en la entrada, había una pequeña barra de bar, por si los clientes tenían que esperar, varios sillones y butacas, dos despachos de administración, unos aseos y un vestuario enorme y privado con un compartimento para nuestras taquillas.

El lugar no era lúgubre ni oscuro, aquello no era algo que hubiera que esconder. Al contrario: tenía buena luz, algo de música, bebidas de todo tipo y una decoración sencilla. Una vez dentro, no había que aparentar, si estabas allí, sabías que pronto entrarías en una sala y empezaría tu papel (nada que no hubieras estipulado y consentido antes de pasar la puerta).

Así funcionaba, todo aquel que quisiera disfrutar de los placeres de una mistress concertaba cita en el despacho o por teléfono. Gustavo, el dueño del local, llegaba a un acuerdo y apuntaba sus peticiones. Al final del día, nos las hacía llegar y cada una elegía y organizaba sus citas de la semana. Todo estaba medido y controlado para asegurar que aquel juego no nos ponía en peligro a nadie, especialmente a nosotras. Hay peticiones de todo tipo, pero eso ya lo iréis viendo.

¡Ah! Y, por supuesto, Gus nos trataba bien y he de admitir que la clientela no estaba nada mal. Las primeras semanas me habían asignado a los habituales, para acostumbrarme a las reglas y a la dinámica. Paula y Ruby me habían dado todos los consejos que habrían querido escuchar ellas cuando empezaron, Sophi me había regalado mi primera fusta personalizada y Lorena... a su manera, supongo, también me había hecho hueco en aquella casa encantada.

Quizá entonces no quise admitirlo, pero aquella pelirroja de ojos claros era lo que más me atraía del local. No solo por sus piernas infinitas y su culo esculpido de gimnasta profesional, aunque por supuesto que me llamaron la atención. Sino por su forma de mirar y esa voz que modulaba a su gusto para hacerte temblar o derretirte sin decoro alguno. Yo había conocido a grandes pelirrojas antes, no me malentendáis. Como toda persona que se ha criado con Willow Rosenberg y Lara Perkins como iconos de su despertar sexual, las pieles pálidas y pecosas y las melenas que parecen arder bajo tus manos siempre me han hecho la boca agua (y lo que no es la boca). Pero Lorena era sin duda la diosa de ese arte de hacerte estallar sin haber hecho nada, aparentemente. No por nada era la mistress más solicitada del local, dentro y fuera de estas cuatro paredes.

Sin embargo, pasado el calentón inicial, el trabajo nos mantenía ocupadas y la pelirroja y yo no solíamos hablar demasiado, así que La Mazmorra volvía a ser tan solo el club fetiche al que iban incomprendidos y bichos raros como nosotras. Me servía para pagar el alquiler y me dejaba tiempo libre para dedicarme a lo que una lesbiana soltera, de 25 años y recién llegada a la ciudad se moría por probar. Lo que no quita que disfrutara como no había hecho en ningún otro trabajo en mi vida. Por fuera daba miedo y por dentro era un misterio, pero aquella casa de locos, poco a poco, se convirtió en la mía.

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