Antes de realizar mi ingreso en el hospital Royal Cornhill (ciudad de Aberdeen, Escocia), he de dejar por escrito aquella espantosa visión que me azotó aquel fatídico día de verano en la que me encontraba fotografiando distintos paisajes de las Islas Orcadas, concretamente en la conocida como Papa Stronsay. Algunos aquí piensan que estoy loco y que todo lo que vi fue mera sugestión debido a la absoluta soledad del lugar, pero yo sé lo que vi, y no me importa acabar siendo presa de la locura con tal de no ceder a las negaciones de los que no son capaces de abrir sus mentes. He aquí mi historia de aquel fatídico 7 de agosto. Que sepas, que ante todo, te quiero Elissa, espero que no dudes de mí.
Ya eran las seis de la tarde, o eso marcaba mi reloj. La siesta había sido productiva y muy satisfactoria. La brisa concebida por el mar lo llenaba todo, abrazándolo bajo un aura confortable y segura. Salí de la tienda de campaña casi arrastrándome por el sueño, del cual aún me encontraba preso, me estiré y me cegó la luz del sol reflejada en el vasto Mar del Norte. Una imagen nacida para ser fotografiada y quedar vigente por la posteridad. Me adentre de nuevo en mi tienda y metí los brazos en la mochila, buscando el trípode. Lo encontré. Después de asegurar el trípode fuera y mirando fijamente al sol medio engullido por el mar, salí al poco tiempo con mi cámara en mano, o mejor dicho en el hombro. La acomode en el trípode, asegurándome de realizar una buena foto, pues el atardecer se estaba tragando aquella onírica imagen, pero pude realizarla sin mayor problema después de que la cámara enfocara. Era simplemente hermosa, y aunque la cámara no era capaz de reflejarla tan fielmente como mis ojos, era más que suficiente para hacerse una idea de su magnificencia. Para no variar respecto a mis horarios, el estómago me rugió con furia, anhelando algo de comida. Todavía me quedaba alguna que otra cosa que echarme a la boca antes de verme obligado a volver a Escocia, por lo que mientras calmaba la ira de mis entrañas, el mar se iba tragando poco a poco al sol, hasta no dejar nada más que sus rayos reflejados en el agua. Encendí el pequeño farol que llevaba siempre conmigo cuando me iba de viaje. Lo mismo hice con mi pipa, bien cargada de tabaco procedente de Virginia; volví a aposentarme sobre una roca que sobresalía cerca de mi tienda y me quede absorto en mis pensamientos mientras daba largas y profundas caladas.
De un momento a otro, una repentina brisa, o mejor dicho ráfaga, más rápida y potente que antes me tiro hacia atrás, golpeándome la espalda con las pequeñas rocas que tenía detrás; la pipa se había caído y partido en dos. Cuando me recompuse con la espalda hecha añicos, pero sin una sola fractura, escuche delante de mí, pero sin llegar a ver nada, el resoplar y posterior relinche de un caballo, además del característico sonido de los cascos en el duro suelo. Con una mano en la espalda, avance lentamente hasta el borde de lo que podría denominarse acantilado, porque más adelante solo había una caída que se precipitaba hasta el suelo bañado por el agua del mar y recubierto de puntiagudas rocas. A simple vista, distinguí la figura de un jinete subido a un caballo, pero el hombre estaba en una posición extraña; en el centro del lomo del animal. Cuando la luna fue destapada por una nube, pude contemplar de primera mano la pesadilla que se hallaba ante mí. Cierto era que se trataba de un jinete, pero uno fusionado con su montura; la carne desnuda era una, no había piel que tapase aquellos tiesos tendones, salpicados de venas amarillentas y una sangre oscura como el carbón. Los brazos del humano, o mejor dicho, de la mitad superior de la criatura eran anormalmente largos, rozando el suelo. Sus afiladas y extensas uñas dejaban un rastro por donde pasaban, arañando la tierra que tocaban. La cabeza del caballo era de hueso, con un agujero en su parte frontal que simulaba ser su ojo, pero de este solo resplandecía una llama de un color rojo intenso; una negra y brillante crin coronaba la cabeza. Sus orificios nasales solo desprendían un vapor que se volvía rojizo cuando llegaban a él los destellos del ascua. Los cascos no eran lo único que adornaba sus cadavéricas patas, de sus cemejas y menudillos brotaban una serie de tentáculos de aspecto cárnico, que se retorcían y se enredaban en el resto de la pata. Su cola, por llamarlo de algún modo, era muy larga, casi tanto como el resto del cuerpo; era carnosa y sobresalían espinas de una punta a otra. El torso humano no era mucho mejor; también estaba desollado. Su cabeza, igual a su montura, era de hueso y tenía los trozos de la cara a sus lados, como si hubieran cortado la carne en dos. Este corte seguía hasta llegar a su pecho, donde, como si de una cremallera se tratase, una hilera de dientes se abría y cerraba continuamente, exceptuando las dos partes de la cabeza, que estaban abiertas de par en par. De su esquelética mandíbula, al tiempo que se abrían los dientes de su pecho, brotaba un humo negro, que ascendía hasta que llegaba a ser arrastrado por el viento.
Era una criatura horrible y nauseabunda, y yo, de estómago delicado como soy, no pude evitar vomitar ante aquella visión. Una terrible visión que me acongoja y sigue persiguiendo a día de hoy, mientras escribo estas líneas, intentando dejar constancia de lo ocurrido durante esa oscura noche.
Para mi desgracia, aquel horripilante ser se percató de mi presencia, profiriendo un terrible rugido que flagelo mis tímpanos y me hizo caer al suelo para poco después arrastrarme con los brazos hacia atrás, como acto reflejo de aquella aparición.
Sentía cada vez más y más cerca las pisadas de aquella cosa, golpeando el suelo con fiereza mientras me buscaba. Me levante y corrí en dirección a la iglesia abandonada de St. Nicholas Chapel, en busca de un refugio donde ocultarme de aquella criatura. Notaba como ese ser avanzaba rápidamente; el aire se había vuelto más pesado y costaba respirar con normalidad. Sentía que en cualquier momento colapsaría y caería al suelo debido al agotamiento o a un fallo pulmonar. Me escondí detrás de un árbol y me gire para contemplar a la criatura. Se encontraba de pie sobre sus patas traseras, esparciendo aquel humo negro que salía de su mandíbula humana. No me di cuenta en su momento mientras lo veía desde la seguridad que me ofrecía una posición más elevada, pero conforme escupía ese vapor, las cosas vivas morían a su alrededor. Las flores y verdes pastos que había debajo de eso se habían marchitado al instante. Un sudor frío recorrió mi columna, dándome el empujón que necesitaba para continuar huyendo.
La iglesia no quedaba muy lejos y ya la podía ver en la lejanía, pero eso no quitaba que me persiguiera un ser espantoso y completamente grotesco. Mi perseguidor seguía profiriendo graves y profundos rugidos, rozando lo gutural mientras avanzaba a toda velocidad; la propia de un caballo, pero yo gozaba de varios metros de distancia.
Atravesé las primeras hileras de tumbas que se levantaban delante de la iglesia, y sin tiempo que perder, entre a la misma rompiendo una ventana. Al entrar me agache debajo de la cornisa, sobre los cristales destrozados. Me tapé la boca y la nariz para evitar respirar aquel humo que todo lo mataba e intente hacer el menor ruido posible, esperando y rezando a todos los dioses para que la criatura se marchara. La puerta de la iglesia comenzó a retumbar una y otra vez mientras la criatura la golpeaba. Cada impacto resultaba muy desagradable y sumamente tenso, sonaba como un trozo de carne cruda siendo aporreado en un armario.
Aquel bastardo había conseguido meter uno de sus repulsivos brazos dentro, haciendo un boquete en la puerta, por donde pude ver claramente el huesudo rostro del caballo clavándome la mirada pese a carecer de ojo. Me arrastré por el enmohecido suelo gracias al brazo que tenía libre mientras el cárnico brazo giraba y golpeaba todo lo que encontraba, intentando dar conmigo, avancé hasta llegar a la entrada de lo que antaño era la sacristía. Tras una media hora, o eso decía mi reloj, los golpes y los brutales rugidos cesaron y decidí salir de mi escondite en completo silencio, avanzando lentamente hacia la puerta. Me asomé por la ventana que hacía poco había reducido a esquirlas, donde no vi nada referente a la criatura. Siquiera el agujero en la pared se encontraba allí. No podía haber sido una divagación de mi mente, era demasiado real como para serlo. Tan asustado como confuso, emprendí mi camino de vuelta hacía mi tienda, deseando en lo más profundo que todo hubiera sido un mal sueño, al tiempo que la luna guiaba mis dubitativos pasos.
Al llegar a la tienda de campaña todo estaba tal y como lo había dejado, incluso mi vómito estaba allí, algo seco a estas alturas. Con la pipa rota, entre en mi tienda y busque algún cigarro suelto en la mochila. Con el cigarro aposentado en mis labios, saqué el mechero del bolsillo, y asomado al acantilado lo encendí de nuevo.
Dirigí la vista hacia abajo, intentando aclarar lo que había pasado. Tres pares de marcas de uñas tan largas como afiladas se habían perdido en la inmensidad del mar, dejando un rastro de sangre a su paso.
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Lo que habita en la costa
Short StoryStewart Ronald, fotógrafo de profesión, dirige esta carta a su novia antes de ser ingresado en el hospital psiquiátrico Royal Cornhill, en Aberdeen, Escocia.
