La chica del parque

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Me encontraba cansado, no sabía cuánto tiempo había estado mirando el bastidor blanco junto al gran desorden de pinceles y brochas. Necesitaba aire fresco, debía salir. Tome mi bufanda y mi abrigo, junto con mi cuaderno y mi lápiz. Abrí la puerta principal, el aire fresco golpeó mi rostro, sentí una leve brisa recorrer mi cuerpo y un pequeño escalofrío que me puso la piel de gallina. Comencé a caminar. Decidí ir al parque, en donde puedo apartarme del estrés que merodea. Era un día apagado en la ciudad de Nueva York, aburrido, sin luz. Estaba acompañado del color de las hojas que pintaban el paisaje de tonos anaranjados, junto con un peculiar olor a otoño. Ya estaba ahí, podía ver ese puente de piedra, gris por el tiempo que llevaba ahí, que conectaba dos partes del parque separadas por un inmenso lago de aguas verdosas y cristalinas. En las orillas de ese inmenso lago se oían las risas de los niños al jugar y el murmullo de la gente que salía de aquella cafetería que todos conocían, la cual solía visitar los miércoles por la mañana antes de ir a exponer mis obras al museo de arte moderno.
Me acerque a un banco y opte por sentarme. Todo se notaba tranquilo excepto yo, preocupado por lo que sería de mi carrera si no encontraba la inspiración que necesitaba, el miércoles próximo, que no estaba muy lejos, debía entregar algo. Todo era una gran nube de preocupación. Hasta que la vi a ella. Se había caído, y para mi sorpresa, ninguna persona del lugar había notado que una joven había tropezado con el cordón de la vereda. Ahí fue cuando me tomé un tiempo y la pude observar más detalladamente. Su tez era blanca, se veía tan delicada que parecía de porcelana. Tenía unas manos hermosas. Su cabello, rojo cual fuego, hacía un vaivén en sus ondas al moverse. Su mirada aturdida por lo recientemente sucedido. Sus ojos, parecían dos esmeraldas que me dejaban totalmente perdido en ellas. Y por último. sus labios, tan finos, de un hermoso color rojo. Estaba tallada a mano por los mismísimos dioses. En ese momento fue cuando me di cuenta que no debía pensar más, ya había encontrado a mi inspiración.
Tomé mi libreta y comencé a hacer un boceto, ella se había levantado y ya estaba sentada en una mesa bebiendo lo que restaba de su café, estaba atónito por lo que había sucedido y por su belleza. Cuando pude conseguir salir de mis pensamientos, comencé a dibujarla. Detalle cada parte de su cuerpo. Después de un tiempo, lo había conseguido, tenía su perfección plasmada en mi cuaderno. Conforme con lo que había conseguido, decidí volver a mi casa, pues ya era de noche.
Ya en mi escritorio, tomé mi café y empecé a pasar el boceto. Trazaba cada movimiento con mi pincel con mucha precisión. Los óleos le daban un toque tan especial a la pintura, se veía hermoso. Llegó el miércoles, estaba realmente confiado, sabía que al señor Epstein, mi jefe, le gustaría, o al menos eso esperaba, pues era un hombre muy exigente.
-Realmente me agrada lo que ha logrado señor Brush- comentó
-Gracias, me alegro mucho que le guste-
Orgulloso de mi trabajo, decidí volver a casa, pensaba en que después de tanto tiempo, todo volvería a ser como antes. El otoño había llegado, era una hermosa época para pintar.

...

Estaba otra vez en el parque, me sentía raro, como emocionado. Seguro era porque tenía la esperanza de volver a verte. Recorrí con mi vista el lugar, no te encontraba. Pasaron los segundos y me di cuenta que realmente no estabas allí. Decidí sentarme y me puse a pensar. No podías salir de mi mente, pensaba en ti en todo momento. En tu belleza. Había caído en cuenta de que me eras muy conocida, te había visto anteriormente, y no sabía ni cuándo ni dónde.
Sentí una gota de agua resbalar por mi mejilla, escuché un gran trueno y automáticamente comenzó a llover torrencialmente, tome rápido mis cosas y regrese a casa apresuradamente. Cerré fuerte la puerta, estaba totalmente mojado. Levante mi vista, la casa estaba totalmente oscura y silenciosa, me sentí realmente raro, no me sentía en casa, no la reconocía. Nunca me había dando cuenta de lo mucho que odiaba estar aquí, se sentía una vibra tan negativa, así nunca lograría inspirarme. La rutina se volvió a repetir, deje mi ropa mojada y me puse un remerón. Me dirigí a la cocina, saqué una botella de whisky de una repisa y tome mis cigarros. Me acosté en el sillón y me dispuse a beber, para así después, proceder a encender mi cigarrillo. Sentía un gran vacío dentro de mí, no encontraba una razón para continuar, me encontraba solo y triste, eso no iba a cambiar. Así pasé la noche, lamentándome y ahogando mis penas en botellas de alcohol.
Oí golpes muy fuertes, golpes que resonaban en mi cabeza.
-¡Señor Brush! ¡Ábrame la puerta, se que está ahí! -
Ahí fue cuando comprendí que eran aquellos golpes. Me levanté rápido, mi cabeza dolida intensamente, ¿Qué le diría ahora?. Abrí la puerta.
-Por fin se digna de abrir la puerta- comentó Lewis Bagman, el dueño del edificio-necesito que me pague lo que me debe, señor Brush. Tiene muchas deudas, si no soluciona esto, deberemos desalojarlo.
-Solo deme un tiempo más señor Bagman, no tengo el dinero suficiente. Le prometo que arreglare todo, solo necesito más tiempo- dije en un tono suplicante.
-Hagamos un trato señor Brush, a fin de mes necesito que me pague un mínimo de dos mil dólares, si no lo hace, será desalojado automáticamente-
Suspire aliviado.
-Delo por hecho, se lo agradezco mucho señor-
El hombre asintió y se fue. Más calmado, decidí ver el reloj, eran las cinco y media, ya era muy tarde.
Sonó el teléfono.
-¿Hola?-
-Buenas tardes, habla el señor Epstein-
-Hola señor, ¿Cómo se encuentra?-
-Muy bien señor Brush, tengo buenas noticias, para finales de otoño, el veinte de Diciembre para ser exacto, tenemos una exhibición final. Necesito que me presente lo mejor que tenga, vendrán muchos críticos, gente de clase muy alta y nuevas oportunidades para usted. Espero que no me defraude.
-Claro que no señor Epstein, le agradezco por la gran oportunidad-
-Un placer, lo espero el Miércoles-
-Adiós- colgué el teléfono, realmente era una gran oportunidad, se me abrirían tantas puertas. Me sentía feliz-

...

Al día siguiente volví al parque y para mi sorpresa ahí estabas, esa diosa que iba iluminando el camino con su presencia mientras caminaba. Te vi y decidí que el mundo te iba a conocer, a ti, a tu belleza. Tu eras mi pintura, yo tu pincel, juntos íbamos a crear arte. Y así fue, comencé a pintarte, nos amaban, mi carrera había mejorado notablemente. No sabía por qué, pero solo los sábados te encontrabas en el parque. Yo me dedicaba a admirarte y a reflejar tu finura en mi lienzo. Ya no sentía ese vacío, esa soledad, mi vida había tomado un rumbo, gracias a ti.
Hoy una vez más volvería a ir a verte al parque, ¿Qué estarías haciendo bella mia? Estoy tan emocionado por lo que nos esta pasando y el arte que estamos creando. Eran las cinco de la tarde, me senté en el café y te esperé. Te espere todo el día.
Ya eran las nueve de la noche y no habías aparecido. Era sábado, ¿Por qué no estabas aquí? Se supone que todos los sábados vienes aquí a dejarme retratarte. Decidí irme, parece que hoy no tenias ganas de prestarte a mi. El sábado siguiente volveré, se que estarás aquí, o eso espero.
Así fue, volví cada sábado y no estabas en el parque, ¿Qué te estaba pasando?. Me siento vacío sin ti, necesito presenciar tu perfección otra vez.
Pasó el tiempo y nunca apareciste, las hojas de los árboles cayeron, mi vida volvió a derrumbarse, no tenía obras para presentar en el museo, el parque estaba apagado y sin luz, como el primer día en que te vi, el día en que mi vida cambió.
Sin esperanzas un sábado más asistí al parque. Caminaba mirando al suelo, pensando qué le diría al señor Epstein, no tendría ninguna obra para la presentación final, te necesitaba. De un momento a otro levanté mi vista, mi corazón se aceleró . Ahí estabas, mi reina. Tan bella como siempre. Estabas caminando por el puente, llevabas un hermoso vestido largo, tenias ese fogoso pelo suelto. Traías una mirada perdida, lucias preocupada. Tomé rápidamente mi bastidor y pinceles. Estaba mirándote expectante, observando cuidadosamente cada uno de tus gestos. Repentinamente me miraste, con esa mirada tan profunda que llevabas, te subiste al borde del puente, te asomaste hacia adelante y te tiraste. Tu precioso rostro golpeaba contra el viento, se veía tan relajado. tu pelo bailaba junto a él, tu vestido hacia hermosas formas al caer. Y te veías tan angelical. Claro, sin perder tiempo tomé los pinceles y una vez más plasme tu perfección en mi bastidor. Al caer la noche volví a casa, y terminé de retocar. Fue en ese preciso momento que entendí todo, ¿Qué habías hecho vida mía?, ¿Qué haría sin mi inspiración? Mi carrera estaría acabada, mi vida estaría acabada. Yo estaría acabado.
Sin perder ni un segundo, corrí hacia el parque. Al llegar ahí me detuve, miré a mi alrededor, y al confirmar que no había nadie, me dirigí al puente. Me subí a su borde y ahí recordé esa única mirada que me dirigiste, algo me quería decir. Debíamos estar juntos, Julia.

...

Veinte de diciembre

El día pasó, la exposición pasó, el señor Brush nunca había llegado y su cuadro tampoco. Pasaron las semanas, nadie sabía nada de él, perdieron todo contacto. El señor Epstein, preocupado, decidió ir a la casa y al ver que nadie respondía, llamó a la policía. Juntos forzaron el ingreso a la vivienda. Se encontraron con una casa totalmente silenciosa y vacía. Solo encontraron en el escritorio del señor Brush, un lienzo con una bella dama lanzándose de un puente. Intrigados fueron allí e investigaron si se encontraba el cuerpo de la joven. Luego de una gran búsqueda, el único cuerpo que encontraron era el de un hombre. El señor Brush estaba muerto.

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⏰ Last updated: May 22, 2021 ⏰

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