Goodbye

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El primer día que lo vio pensó que iba a ser un inconveniente tener a un ruso en la malla. Estaba casi seguro de que no duraría ni un mes, puesto que apenas hablaba un inglés básico y se veía como un crío bastante perdido, algo tímido y reservado. Si le hubieran dicho que ese hombre sería una parte esencial de su vida se habría reído a carcajadas, y si le preguntaran por qué lo aceptó no sabría qué responder, solo vio algo en él que le decía que tenía mucho potencial.
Los primeros días fueron para adaptarse, Duque fue quien se encargó principalmente de enseñarle como se hacían las cosas en Los Santos, y de paso practicar el idioma que tanto parecía complicársele.
Conway vio cómo en poco tiempo el cadete Volkov se ganó el respeto incluso de agentes con mayor rango que él. Y no era por nada, su mente fría lo mantenía alerta casi en cualquier situación, cosa que no todos podían, y en cuestión de puntería y organización también era bastante bueno. Ayudaba que viniera del ejército, eso estaba claro.
En poco tiempo Viktor ascendió a oficial, para después pasar a subinspector. Fue en ese entonces cuando Conway se empezó a interesar por él. Comenzaron a patrullar juntos de vez en cuando, pudiendo ver con sus propios ojos cómo se las manejaba el de ojoz claros.
Quiso tener algo en su contra para no hacer ver que era su favorito, mas no encontró ningún motivo y en menos de dos años aquel ruso que llegara sin apenas hablar inglés ya era su comisario. Por suerte el tema del idioma había mejorado exponencialmente, a la par que los sentimientos del americano. Quizás fue por eso que siempre patrullaba con él, para mantenerlo cerca, a salvo. Porque la imagen de su esposa muerta entre sus brazos lo seguía atormentando cada noche y no quería que ese sentimiento se repitiese, sumiéndolo en la más profunda oscuridad. No podría resistirlo.
Ahora, doce años después de todo eso, su relación con Volkov había seguido el curso que debería. Seguía siendo su comisario, su mano derecha, la persona al mando después de él. En lo personal ambos cargaban con una alianza de boda en su dedo anular desde hacía ya casi seis años y recientemente habían tomado la decisión de ampliar su familia adoptando un niño cuando terminasen la investigación que estaban llevando a cabo. Querían estar seguros de que podrían disponer del tiempo suficiente para criar y educar a un niño, y en estos momentos no tenían tiempo apenas ni para ellos solos.

-¿Conway? -la radio lo sacó de sus pensamientos- Volkov está herido.
El tono empleado por Horacio logró preocupar al mayor, que pisó a fondo el acelerador de su coche.
-¿Cómo que está herido?
-10-4.
-Estoy en camino -estaba llegando a la última ubicación marcada por su esposo.
Un coche se cruzó con el suyo, y aún sin ver quien iba en su interior supo que se trataba de Gustabo pero saber el estado de Volkov era más importante para Conway ahora mismo. Frenó de golpe al ver a Horacio cargando al comisario y bajó apurado, alzando su arma para apuntar al de cresta.
-Hay que llevarlo al hospital -sollozó Horacio.
-¿Qué le has hecho? -gritó.
-Les he dicho que yo me encargaría de todo, esto no tenía que acabar así.
-Sube al coche -ordenó, sin separar la vista en ningún momento del cuerpo ensangrentado de Volkov.
Arrancó de nuevo, tratando de ir lo más rápido que podía. El tiempo era crucial ahora, un minuto podía decidir el futuro de su esposo.
-Volkov -lo llamó, sabiendo que no iba a obtener respuesta por su parte.
-Volkov, ¿me escuchas? -repitió, esta vez con un tono de voz dolido, casi quebrado.
-Le ha disparado en el pecho Conway -lloró Horacio, perdido en el dolor que le causaba ver esa escena.
-Mira si tiene pulso.
El silencio se adueñó del vehículo por un minuto donde el de cresta mantuvo dos de sus dedos en el cuello del ruso. Pudo notar un leve latido del corazón que lo hizo respirar un poco más tranquilo.
-Es muy leve, pero tiene pulso -informó. Presionó la herida del pecho, aunque era algo en vano pues de los otros dos orificios de bala continuaba brotando demasiado de ese líquido carmesí, manchando su propia ropa.
Llegaron al hospital antes de lo que pensaba y como pudo bajó de coche detrás de Conway, que se apresuró a exigir ayuda para el comisario herido. Dos enfermeros salieron con una camilla y tan pronto colocaron el cuerpo de Volkov en esta lo llevaron al quirófano, dejando a ambos agentes de CNI a solas en la sala de espera.
-Vas a decirme qué cojones a pasado -demandó Conway, los ojos rojos de la ira y las lágrimas que amenazaban con salir.
-Ya se lo he dicho, Gustabo le disparó.
-Gustabo le disparó...¿A Volkov armado con una carabina?
-S-sí -no supo qué más responder, nervioso por la situación. En el fondo sabía muy bien que el culpable de que Volkov estuviera en esa situación era él, pues fue el primero en apretar el gatillo.
-¿Y me explicas cómo cojones pudo dispararle y salir de ahí como si nada? ¿Sin una puta bala en la cabeza? -no lo entendía. Volkov estaba acostumbrado a esas situaciones y jamás permitiría que se saliera de control, antes dispararía él para inmobilizar a Gustabo. Algo le estaba ocultando.
-Os dije que lo dejarais en mis manos. Gustabo no va a hacerme nada a mi, lo dije joder. Si me hicierais caso ahora Volkov no estaría aquí.
Jack pasó las manos por su cabello, frustrado. Su vista se centró en los sujetos que se acercaban a ellos, quienes reconoció como Evans y Trucazo.
-¿Cómo está? -preguntó ella acercándose a Jack.
-Lo acaban de meter al quirófano -fue Horacio quien respondió.
Conway se adentró al pasillo que conducía a los quirófanos, necesitaba saber qué estaba pasando con su pareja. Sus tres compañeros esperaron fuera, sabían que ahora necesitaba un poco de espacio para procesar todo lo que estaba ocurriendo.
-¿Es grave? -se atrevió a preguntar Trucazo.
-Tiene tres heridas de bala, una en la pierna y dos en el pecho -la voz empezaba a fallarle.
-Me cago en la puta -murmuró, para después dar un par de vueltas por toda la sala, tratando de calmarse.
La pelirroja no apartó la vista de la puerta por la que se había perdido Conway, pensando en ir tras él porque sabía de lo que era capaz con tal de saber como estaba Volkov. Como si leyera sus pensamientos, Jack apareció por esa puerta de nuevo, mascullando algo que no fue capaz de entender, seguramente algo en ruso que habría aprendido de su marido. Se sentaron de nuevo en la sala, dejando pasar el tiempo en un silencio solo interrumpido por los suspiros, quejidos y protestas en su mayoría provenientes del mayor de los hombres. Hasta que al fin, cuatro horas después, salió una doctora.
-Hemos hecho lo que estaba en nuestras manos -comenzó, captando las miradas de todos. Jack se puso en pie- no hemos podido hacer nada por él.
-No. No, no, no. ¡No joder! -Trucazo lo detuvo antes de lanzarse contra esa mujer.
¿Cómo iba Volkov a estar muerto? No podía ser, esa doctora tenía que estar equivocada.
-Lo lamento mucho.
-Quiero verlo -ordenó, dejando escapar las primeras lágrimas.
-Podrá hacerlo enseguida, lo están preparando.
-Muchas gracias señorita, avísenos cuando podamos pasar -habló Michelle. Su voz se notaba también dolida.
Jack forcejeó para librarse del agarre de su compañero para tratar de llegar a junto su esposo. Le daba igual lo que acababan de decirle, necesitaba comprobar que todo era una equivocación. Corrió por el pasillo sin hacer caso a las voces atrás suyo, era el puto superintendente y como tal hacía lo que quería.
Se quedó estático al llegar a la habitación donde estaba Volkov, rodeado por dos personas que le estaban quitando las vías y limpiando un poco la sangre ya seca. Se acercó a él a paso lento, como alguien que no quiere que nadie le escuche pasar. Y entonces se hizo todo tan real que pensó que caería desmayado.
Delante suya estaba el cuerpo de su marido, con el torso al aire mostrando el reciente corte a la altura de su corazón. Observó cada detalle de su piel, los lunares, las cicatrices que siempre besaba cuando hacían el amor, la marca que tenía a un lado del ombligo. Su rostro. Acarició su mejilla, luego el pelo que siempre llevaba impecable y ahora tenía desordenado, y acabó por recorrer los labios con la yema de sus dedos.
Se culpó por haberlo mandado a esa misión, debería haberlo pensado mejor y dejar que Horacio se encargase de todo. Debería haber confiado en las palabras del de cresta, así todavía tendría consigo al hombre que tanto amaba. Le dolía el pecho, la respiración le fallaba y las piernas temblaban ligeramente; pero su cerebro se negaba a abandonar a Volkov. No podía ni pensar en lo sola que estaría su casa ahora, en el silencio que suplantaría las risas del ruso, en el hueco vacío que habría en la cama cada noche. Porque sabía que esta vez nadie podría rescatarlo de la oscuridad que lo estaba tragando, por segunda vez le habían arrebatado la razón para seguir vivo y ahora podía decir con total sinceridad que Volkov había sido el amor de su vida. Porque Julia era especial, pero la luz que desbordaba el ruso deslumbraría hasta al mismísimo Sol, aún estando rodeado de muerte y soledad como lo estaba Conway. Ambos se compenetraban, eran la pareja perfecta que se decían todo con solo una mirada, la definición más precisa de ser almas gemelas. Por eso el dolor que sentía en esos momentos iba mucho más allá del físico, era algo que atravesaba su alma, como si una parte de ella estuviera en llamas.
Antes de abandonar esa sala cogió la alianza de su esposo (que a parit de ese día lo acompañaría a todos lados colgando en su cuello) y depositó un beso en los secos labios ajenos, uno que supo sería el de despedida.

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