Terremoto

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La mañana del terremoto fue la última vez que Herr Gunter visitó la casa de Max. El anciano era inconfundible por su forma de anunciarse, siempre empeñado en reproducir con el timbre de la puerta, El arte de la Fuga de Johann Sebastian Bach.

La melodía aún no cesaba, cuando Max ya sostenía la puerta completamente abierta.

- ¡Bienvenido, Herr Gunter!

Le dijo Max en voz alta, haciendo una leve reverencia. El dedo índice del anciano se afanaba con el timbre, mientras Max permaneció impasible.

Herr Gunter entró sin saludarlo. Era común que llegara muy temprano para usar el laboratorio instalado en la casa. Esta mañana, examinaría una reliquia que había recibido la noche anterior, enviada por el papá de Max, desde la excavación en la que se encontraba actualmente.

- Mi tía lo espera en el comedor - le dijo Max.

- Tempus Fugit - contestó el anciano.

Una de las muchas frases en latín con las que acostumbraba responder a los saludos del chico y que matizaba con un chasquido de sus dedos mientras alzaba la mano derecha en un movimiento rápido.

- El tiempo se escapa - tradujo Max.

Después de hacer pasar a Herr Gunter, Max subió las escaleras con rumbo a su habitación. No podía dejar de pensar en lo que el anticuario había llevado esta vez a su casa. Notó que la bolsa de felpa negra cubría algo de forma rectangular y de tamaño mediano, pero esto no bastó para saciar su curiosidad. Conocía perfectamente las rutinas del anciano y sabía que era imposible que se desprendiera por un solo momento de su bolsa.

Exactamente a las 8:00, Max sintió el terremoto. Estaba verificando la hora, cuando el reloj de pared cayó en el piso con todo su peso, producto del inesperado movimiento. El fenómeno venía acompañado de un estruendo que llegó desde lo profundo de la tierra y quedó atrapado en la superficie, justo en el interior de su casa. vibraba violentamente como un pájaro gigante que al batir sus alas, arrojaba por el suelo las cosas que estaban próximas al borde de las mesas y repisas, el lamento de las vigas le sugirió a Max los estertores del pájaro imaginario. Extrañamente, no sintió miedo, pero reaccionó a los gritos de su tía y de Gunter que lo llamaban desde el traspatio, el sitio más cercano a la ventana de su cuarto.

Caminó hacia la puerta, sintiendo un mareo extraño al andar. Escuchó más agitada a su tía y apresuró sus pasos bajando los peldaños de dos en dos, sujetando firme el pasamanos. Al llegar al piso inferior, con la casa meciéndose todavía, dirigió su mirada hacia el comedor y vio la bolsa negra de Gunter.

La oportunidad era irrepetible, Max fue hasta allá, la abrió y sacó una tablilla de barro con caracteres cuneiformes grabados. En ese instante, el terremoto cesó y la mujer apareció en la puerta del comedor. La angustia por el peligro al que él había estado expuesto se reflejaba en el rostro demudado de su tía, ahora, más contenta que nerviosa, por verlo en perfecto estado, tan tranquilo como un pez en el agua. Herr Gunter no había regresado por su preciado tesoro. A Max le pareció increíble, pero aprovechó el momento en el que su tía verificaba el estado de la casa para guardar en el baúl, ubicado el área del comedor, la bolsa con la tablilla. Fiel a la costumbre de Herr Gunter de mantener sus posesiones misteriosas lejos de cualquier curioso.

Max regresó a su habitación y tomó su mochila para irse a la escuela. Justo al salir, recordó la última vez que vio a su padre. Conocía la expresión de su rostro cuando el trabajo apremiaba y tenía que asistir a un viaje de "reconocimiento". Término que Max interpretaba como una nueva excavación, otra tumba milenaria que revelaría el secreto de su antiguo ocupante ante la curiosidad, más morbosa que científica, del mundo entero.

Durante el trayecto notó que no había señales evidentes del sismo que había experimentado. El edificio de la escuela lucía intacto y el campus vacío, ya que todos los chicos se encontraban en sus respectivos salones. Al abrir la puerta de su aula, lo sorprendió el tono pesado del maestro Emerson:

- ¡Por primera vez tarde, Max Roberts!

En el salón, todos sabían que cuando el maestro se dirigía a un alumno llamándolo por su nombre completo, era por qué realmente quería llamar la atención, como efectivamente lo había logrado.

Max respondió con voz fatigada:

- ¡Fue por causa del terremoto, señor Emerson!

Durante un lapso incómodo cundió la expectación en el aula para dar paso a la risa.

- ¿Cuál terremoto, Roberts? - replicó el maestro, alzando la voz y tamborileando sus dedos sobre el escritorio mientras recorría el aula de un extremo al otro con una mirada inquisidora, reclamando silencio a todos los chicos.

- El que ocurrió hoy a las 8:00 - respondió Max. La incomodidad en el salón era notoria.

- Por favor, tome su asiento - dijo abruptamente el maestro, sin mediar más palabras, girándose hacia la pizarra.

Max se dirigió a su pupitre, con señales evidentes de nerviosismo y ansiedad. Con una palidez tan visible en su rostro que llamó la atención de todos los chicos. Especialmente la de Matilda, quien por primera vez en todo lo que iba del curso, reparó en los rasgos enigmáticos de Max Roberts. Después de los extraños sucesos de esa mañana, las clases siguieron su curso habitual. Flotaba una nube de incertidumbre en el aula. Incluso los chicos más ruidosos permanecieron callados; de vez en cuando, alguno de ellos fijaba una mirada indagadora en Max.

Matilda, como siempre, puso especial atención a cada asignatura, pero en su interior germinaba la inquietud. No podía desechar la expresión honesta que observó en la mirada del chico fantasía (así lo etiquetaba), cuando ante todos contó con una conmoción más que visible el asunto del terremoto. Sabía que Max era un alumno excelente, pero generalmente parecía despistado. En más de alguna ocasión había hecho comentarios que denotaban su inclinación por lo fantástico. Ella tenía la impresión de que más que alguien conflictivo, era solitario. Pensó que estaba dándole mucha relevancia a las locuras de un adolescente que seguramente quería llamar la atención, pero cuyas facultades histriónicas eran innegables. Sin embargo, ahora no podía ignorarlo y quedarse con la duda. Así que mientras almorzaba, ideó un par de esquemas que le permitirían, en la mañana siguiente, acercarse a Max y comprobar por sí misma la historia del chico.

La Torre OcultaWhere stories live. Discover now