Instinto de supervivencia

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Era una noche cálida, pues la temporada de sequía estaba en pleno apogeo y el cielo, totalmente despejado, fue testigo de los hechos que ocurrieron aquel día... y que aún me atormentan.

Si existe un dios en lo alto, me debe aborrecer.

Aquella noche caminaba por el bulevar de mi pueblo, no muy grande pero bastante poblado. Las luces de los faroles (los que funcionaban) me saludaban con su tenue brillo, contribuyendo flojamente a mi poca visión, ya que sufro de miopía y creí haber dejado mis únicas lentes de aumento en casa de una amiga.

Era peligroso andar por aquellos lares a tan altas horas de la noche, lo sé, pero en aquel momento no pensaba con claridad. Los innumerables problemas por los que atravesaba nublaban mi juicio. Quería escapar aunque fuese sólo por una noche de la casa de mis padres, y aquella circunstancia de los lentes fue la excusa perfecta.

Así pues, maldiciendo a mis papás, salí en pos de mi destino sin saber lo que este me aguardaba.

Decidí, a mitad de camino, acortar por un callejón entre las casas de tejas rojas y fachadas coloniales a mi derecha. Aquel era mi pueblo y conocía cada rincón del mismo; me sentía segura. Pero al entrar en la oscura vereda, un escalofrío recorrió mi cuerpo y una tensión incómoda sobre mi nuca comenzó a crecer; me observaban.

Al principio no perdí la compostura aunque caminé con algo de prisa, pues la sensación de ser observada por algún acosador anónimo crecía poco a poco. Alcancé el final del primer tramo y doble hacia la derecha, creyendo que de aquella manera pondría fin a tan incómoda situación; me equivoqué.

Por cada segundo que pasaba, crecía la certeza de que alguien me observaba con intenciones oscuras, así que aceleré el paso. No había nadie por los alrededores. Miré más de una vez hacia atrás, pero no encontré señales de vida y mi visión no ayudaba en lo absoluto. Comencé a trotar hasta que alcancé el final del atajo, que me llevó hasta una calle angosta y pobremente iluminada, peor que en el bulevar.

Contrario a la situación, me sentí un poco más segura en aquel lugar a pesar de la ausencia de personas y las fallas de los faroles, pues era una vía despejada y llena de casas ocupadas; un grito, y cualquiera podría oírme y verme.

Por ende, la sensación de peligro disminuyó un poco. Si alguien me observaba debió quedarse en el callejón, así que seguí mi curso calle arriba, confiada... hasta que algo sonó detrás de mí.

Fue un ruido fuerte, como el de un cuerpo al desplomarse hacia el suelo.

Mis sentidos aumentaron al máximo. Creí ver algo detrás de mí, a muy pocos metros; la silueta de un hombre que me observaba desde la oscuridad en una esquina cercana al callejón por el cual salí, y a sus pies, un bulto negro como un enorme fardo desplomado... o un cuerpo.

Mi garganta se secó. Quise gritar pero no salió sonido alguno. El terror me paralizó por un segundo, uno que pareció eterno en medio de aquella calle oscura y maldita.

«Oh dios... oh dios...», pensaba sin cesar mientras aquel hombre, oculto entre las sombras, comenzó a acercarse.

«Aléjate», intenté decir, «aléjate... o...».

El segundo de parálisis pasó y, dando media vuelta, eché a correr como loca. Alcancé el primer callejón que encontré calle arriba y me interné a la carrera. El miedo dirigía mis pasos y mente, mi corazón iba a estallar. No medí el lugar, sólo corría y corría sin parar hasta que di con una pared; un callejón sin salida.

Aterrorizada, tomé lo primero que vi cerca: Un ladrillo, y aunque el miedo me dominaba, aquello me dio un poco de seguridad

Entonces me escondí detrás de un basurero de plástico.

«Dios, que no me vea... Dios, por favor...».

Escuché que los pasos de mi perseguidor se internaban en el callejón, poco a poco. Dijo algo en voz alta, pero no pude entenderlo pues mis tímpanos palpitaban con fuerza. Vi su sombra extenderse hacia el interior, terrible, enorme; afirme el ladrillo en mi mano.

Entonces sentí que estaba muy cerca, y su mano se posó sobre el basurero.

Juro que mi cuerpo tomó el control y yo, cegada por el terror, me abandoné al instinto de supervivencia.

Me levanté lo más rápido que pude y con los ojos entrecerrados lancé un golpe fuerte, ladrillo en mano. Alcancé a golpear algo un poco blando y sentí retroceder al acosador... pero era mi vida o la suya, así que lo golpeé de nuevo, una y otra vez, mientras su sangre caliente salpicaba mi rostro... y no me detuve, ni siquiera cuando cayó al suelo, no, me le fui encima, asestando ladrillazos y rasgando su cara con mis uñas... hasta que los gritos de una mujer me sacaron de las tinieblas.

—¡¡¡AAAAAAAAAGGGGGHHHHH... AAAAAAAAAGGGGGGHHHHHHH!!!

Aquel llanto amargo me hizo entrar en razón poco a poco, regresando a la conciencia. Una mujer lloraba desconsoladamente mientras un hombre me sujetaba firmemente por la espalda, inmovilizando mis brazos.

—¿¡CAMILA... QUÉ HAS HECHO!? ¿¡CAMILA... POR QUÉ!?

El mundo se vino abajo mientras mi alma se hundía en la más profunda amargura, a la luz de las linternas que la gente alrededor de la macabra escena portaban.

Aquella voz familiar terminó de colocar mis pies sobre la tierra, y fue entonces cuando admiré con horror mi obra.

La mujer, arrodillada en el suelo, lloraba amargamente sobre el cuerpo, con la cabeza destrozada, de mi perseguidor... pero aquel acosador misterioso apenas me alcanzaba en estatura, y entre manchas de sangre y carne arrancada alcancé a identificar unos pijamas de carritos azules y, junto a una pequeña manito blanda, unos lentes de aumento con montura en forma de media luna.

Pues aquel perseguidor que yacía ante mi madre, no era otro que mi hermanito, quien tomó mis lentes para jugar y quiso devolverlos, en el momento y lugar equivocado.

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