Nacemos sin saber cómo ser felices. Cuando creces y empiezas a caminar y tropezar por ti mismo te das cuenta de que un paso vale por mil decisiones. Una vida 'fácil' cómo suelen decirme los demás, no me hace inmune a las equivocaciones.
Quizá es un concepto diferente para muchos, cuestión de perspectivas.
Crecí con un padre viudo qué dentro de todo siempre suplió mis necesidades, y sí, es verdad, nunca me hizo falta nada. Mi padre me llenó de amor y me impuso sus más estrictas reglas, me dió una educación y me inculcó los valores que algún día sus padres también le inculcaron a él. Para resumirles, mi padre no me ha fallado.
Pero, ya no soy una niña. Y al quitar la venda de inocencia de mis ojos y ver con ellos la realidad, me di cuenta de todo aquello de lo que algún día mi padre me previno y me quiso proteger. Mi padre siempre fue partidario de que la educación de una chica como yo con un imperio a sus pies el cual heredaría necesitaba una educación de la mejor calidad, con hijos de personas tan imponentes e importantes cómo él. Decía que: "un entorno con personas con la misma ambición y objetivo que yo sería lo ideal para formarme, educarme y prepararme para sobrevivir en el mundo en el que él está involucrado."
No tenía objeción, estaba de acuerdo con él pero, ¿lo quería? no del todo. Pero siempre estaba sobre mí ese sentimiento de no querer defraudarlo. Después de todo, buscaba lo mejor para mi, ¿no?
Mi padre quería que estudiara en el mismo internado que él, 'The Luxonomist' quién preparaba a los hijos de grandes empresarios, miembros de gobiernos, realezas y demás. Es por eso que él pensaba que sería el internado indicado para mi. Como les dije, no me opuse.
Después de meses de haberlo discutido, aquí me encontraba yo; en la entrada de este imponente antiguo castillo inglés quién prometía hacerme casi tan importante como los grandes miembros de la élite. Y no se los puedo negar, la pinta me resulta bastante atractiva.
Aunque puedo notar algo que me intriga, y es la nostalgia en los ojos de mi padre. Esa mirada perdida que expone tantas memorias y recuerdos. Y me es inevitable preguntar la razón de aquella mirada apagada de mi padre;
-¿Está todo bien, papá?- pregunté con cautela.
-Lo está, es sólo que si tu madre pudiese ver esto no dudo ni por un segundo que estaría tan feliz como lo estoy yo ahora, hija.- Dice después de dar un suspiro y mirarme a los ojos.
Mamá. podría haberlo supuesto. Mi padre guardaba el recuerdo de la falta de mi madre cada día. Ella tras una larga lucha contra el cáncer nos dejó hace 5 años atrás. Fue doloroso, si. Yo empezaba mi adolescencia y mi padre sumido en el trabajo evitaba estar en casa por mucho tiempo, supongo que para olvidar un poco lo vacía que se sentía la casa sin mamá. Pero lo superamos, creo que ayudó un poco el hecho de que la soledad no es la mejor compañía en muchos casos, él me tenía a mi y yo lo tenía a él.
-Sé que si, también la extraño tanto como tú. Pero estás aquí conmigo viviendo el inicio de un nuevo ciclo en mi vida y sé que eso hace feliz a mamá.- dije antes de darle uno de esos abrazos en donde reconfortas todos los dolores e inseguridades de aquella persona.
-Que chica tan lista te has vuelto, mi pequeña.- Dice después de soltar una carcajada. Mira el reloj que posa en su muñeca y me mira.- Creo que es hora de que entremos, no querrás empezar este día presentándote tarde.
Tal cual como dijo mi padre entramos al internado. No me sorprendió ver que el interior del viejo castillo inglés es casi tan lujoso como su exterior. Grandes candelabros de luces amarillas, un interior totalmente tapizado de madera caoba, pilares y una gran escalera de caracol tapizada de color marrón caoba y su pasamanos en dorado haciendo lucir la sala principal tan elegante y lujosa como alguna oficina del Empire State Building. Es inevitable no sorprenderme de la apariencia del que muy prontamente sería mi nuevo hogar.
A nosotros llegó una mujer de mediana estatura, con el pelo castaño y ojos color miel muy bien vestida y presentada.
-Buenos días, bienvenidos. Mi nombre es Ella Coleman y soy rectora de The Luxonomist, supongo usted debe ser el señor George Beckham.- dijo después de presentarse y darle un apretón de manos a mi padre en forma de saludo.
-Buen día, señorita Coleman. Así es, soy George Beckham y esta es mi hija Anastasia. Habíamos terminado el proceso de inscripción hace unas semanas y mi hija empezaría a instalarse hoy.- contestó mi padre.
-Claro, lo recuerdo perfectamente. Es un gusto conocerte, Anastasia. Te aseguro que te sentirás cómoda aquí.- dijo al apretarme la mano y darme una sonrisa cálida.
-Es un gusto conocerle para mi también, y no dudo que pueda acoplarme pronto.-contesté y le sonreí.
Esperaba de verdad poder acoplarme pronto, guardo ciertas inseguridades. Estar lejos de casa y con nuevas personas es una aventura que puede ser tanto extraordinaria como tortuosa. Después de las presentaciones y algunos papeleos y pláticas más sobre mi estadía aquí mi padre se despidió de mi con un fuerte abrazo con la promesa de vernos más pronto de lo que creería. La señorita Coleman ha estado guiándome por los pasillos del internado en busca de la que sería mi habitación, dice que las habitaciones son repartidas y compartidas entre estudiantes por lo cual supongo tendré una compañera u compañero.
Después de unos minutos llegamos a una habitación, la puerta era blanca y con números en dorado marcaba ser la 996. Vaya que era grande este lugar.
La señorita Coleman hizo dos toques a la puerta y después de unos segundos esta se abrió. Una chica castaña un poco morena, de ojos marrones y usando el uniforme que suponía era el del internado, nos recibió en la puerta.
-Hamilton, buen día. Le presento a Anastasia Beckham quién será su compañera desde el día de hoy. Anastasia, ella es Lois.
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Falsas Identidades.
Teen Fiction''Debes escoger bien a tus aliados. Conocer a la perfección tu objetivo. Tan pronto domines ambos conceptos tendrás una gran ventaja.'' solía decir mi padre. Objetivos. Metas. Palabras con cierta similitud, pero con importancias distintas. Anasta...
