Ella

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Fuego, sangre, muerte... Fuego, sangre, muerte... Fuego, sangre, muerte...

Layla despertó. Se incorporó inconscientemente, hiperventilando. Un sudor frío empapaba todo su cuerpo. Aquel sueño otra vez. La escena se había repetido tantas veces en su cabeza que no necesitaba nada más que cerrar los ojos para verla tan nítidamente como aquel día hacia ya más de veinte años. No era nada nuevo que esta la despertara de cuando en cuando, pero últimamente ocurría cada vez más. La chica volvió a tumbarse. Parecía que ella también se había despertado. Alargó el brazo derecho en dirección a su mesilla de noche para darse cuenta de que esta ya no se encontraba ahí. A pesar de llevar una semana ya en Los Santos no lograba acostumbrarse a ciertas cosas de su nuevo piso. Esta vez alargó el brazo izquierdo dando con la pequeña mesa. Tanteó hasta encontrar su reloj. Las 7:30. Parecía un buen momento para levantarse. Se sentó lentamente en la cama dejando resbalar las sábanas sobre su cuerpo. Tras unos segundos, se puso de pie. Caminó por el piso con los ojos entornados por el sueño, buscando el baño. Unos finos rayos de luz se colaban tras las cortinas de las ventanas. Unos instantes después, se hizo con la puerta del baño. Entró y cerró tras de si. A pesar de vivir sola no podía evitarlo, habían sido muchos años compartiendo baño, aún no se hacía a tener la casa vacía. Tanteó la pared buscando el interruptor de la luz. Lo encontró. Unas viejas bombillas color sepia se encendieron en el techo del baño, iluminando la tétrica habitación. Layla observó los amarillentos baldosines de la pared, recordando su antiguo piso. Aquel habitáculo tenía diez veces mejor pinta. Se sentía afortunada de haber conseguido algo así. De todas formas, no había escogido esa nueva casa por el baño, por supuesto. Mientras pensaba abrió el grifo de metal dejando fluir el agua. Colocó sus manos interrumpiendo la caída de esta. El agua salía fría. Haciendo una copa con sus manos recogió un poco y se la echó en la cara para despejarse. Repitió esto otras tres veces. Mirando al centro del lavabo, dejo que las gotas que decoraban ahora su cara se precipitaran lentamente hacia el desagüe ante su pausada respiración. Después de unos segundos cogió una de las toallas que se encontraban perfectamente dobladas en la estantería de al lado del lavabo y se la secó. Alzó la cabeza para encontrarse mirando su reflejo en el espejo. Dejó su mirada clavada en la suya. La sentía cada vez más cerca. ¿Sería ella la culpable de que las pesadillas se hubieran repetido tanto en las últimas semanas? No tenía claro si quería saberlo.

- Buenos días. -le susurró. 

- Buenos días, "Layla". -contestó ella, haciendo énfasis en el nombre de la chica.


Un pitido recorrió la cocina. Las tostadas estaban listas. Las cogió con cuidado para no quemarse dejándolas en uno de sus nuevos platos. Ella hubiese comprado los blancos clásicos, pero Horacio se había empeñado en que fueran lilas para que combinaran con los suyos. Nunca había entendido de donde había sacado aquella vena estilista. ¿Desde cuándo el lila pegaba con el rosa? Bueno, no había manera de llevarle la contraria en esas cosas. Tomó una de las tazas nuevas, también elegidas por Horacio, y la llenó del agua que había estado calentando previamente con la tetera en el fuego. Dejó esta humeando en la encimera de la cocina, se acercó a la alacena situada al lado de la nevera y alcanzó un sobrecito de té. Tras unos instantes se encontraba acomodada en una de sus sillas del salón con su desayuno perfectamente colocado en la mesa. Su vista se perdía en el horizonte a través de los enormes ventanales del piso. Aquello sí que era la razón por la que finalmente se había decidido por comprar la casa. El edificio estaba situado a apenas un par de calles del mar, con la suerte de que las construcciones que tenía delante no eran más que pequeños negocios con techos bajos que no se interponían en ningún momento entre el piso y el inmenso océano Pacífico. Era una mañana tranquila de verano, la marea estaba alta y las olas se movían suavemente con la débil brisa. Layla continuó un rato mirando absorta. 

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