Chapters 01 - 30

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Prologo

"Al medio día de un día cualquiera, todo ser viviente practicaba su rutina con total normalidad. La naturaleza danzaba con el viento, las lluvias tranquilas sonaban en una agradable melodía tras chocar con sus habituales instrumentos, hubo hasta unas erupciones comunes matutinas. Todo era normal en el continente Vitae hasta que "eso" tomó por sorpresa a todo ser viviente que lo habitaba.

Un rugido sacudió cada cimiento del continente, era una bulla brutalmente ensordecedora. Algunas especies no podían erguirse ya sea porque no podían recobrar el equilibrio o por ser vencidos debido al dolor en sus tímpanos. Algunas edificaciones no soportaron el estruendo y se fueron abajo. El mar que rodeaba al inmenso continente se alborotó, produciendo olas en dirección contraria a la normal. Hasta los seres más fuertes y dominantes de cada país miraban al cielo con profundo temor.

Después de un minuto el ruido se detuvo. Se narra que era como si el tiempo se hubiera congelado en Vitae; nadie se atrevía a mover un solo músculo, era como esperar una peligrosa y mortal réplica.

Nadie se esperaba que en ese momento nuestros Dioses se alejarían de nosotros, que desaparecerían de nuestro entorno terrenal, que se atrincherarían en su mundo y nos dejarían desamparados de su tibia cuna. No obstante su legado y memoria nunca se perderá, no mientras todavía vivan en nuestros corazones, sólo debemos esperar a que vuelvan.

No desesperar y tener fe".

—Nunca pude leerle ese final... —dijo la voz de un hombre—. Me parecía una trágica y cruda realidad para un niño. Que sus Dioses lo abandonaron, que su mundo es un caos, que nunca tuvo la oportunidad de conocer a su madre y que, para colmo, su estúpido padre no tuvo más remedio que ir a la guerra.

Entre colinas de un interminable pastizal, tanto que solo se veía un verde danzante al compas del viento, se situaba un hombre cubierto con una capucha larga; desteñida y descuidada, la cual por el soplar de las intermitentes brisas lograba revelar debajo de su torso una armadura ligera hecha de hierro. En su cintura llevaba dos espadas envainadas, no tenían un largo ni una forma especial, solamente eran espadas que cualquier soldado o guerrero tendría.

El sujeto estaba en cuclillas en frente de una tumba sin nombre; el único objeto en kilómetros que no era vegetación. Esta lápida hecha de hierro forjado tenía inscritas unas palabras poco visibles a simple vista, escritas así a propósito.

Recuerdos iban y venían a la mente del sujeto, <<fue aquella vez, justo aquí...>> pensaba.

El lugar era exactamente igual que en esa ocasión; una interminable vegetación por muchos kilómetros. Él corría jadeante con un bebé en brazos, mientras que una mujer de tez morena y de cabello revuelto para todos lados lo acompañaba en esa frenética huida.

—¡Se acerca, debemos...! —la voz de ella resonaba en la cabeza del tipo, pero al igual que esa vez, no llegaba a comprenderla del todo.

—¡Drull! —le respondía en sus recuerdos. Tal era la apreciación de aquella vez, que él incluso lo balbuceó.

Tras una leve colina se ocultaron de ese "algo" que los perseguía. A la vez que el hombre sostenía al recién nacido de una manera cálida y protectora, teniéndolo envuelto por una manta blanca.

—¡CECIDERUNT! ¡CECIDERUNT! ¡CECIDERUNT...! —a lo lejos se oía ese grito desgarrador y profundo. Eso lo podía recordar fuerte y claro; tanto que por cada repetición se le erizaba la piel en el presente.

Atrapado en el ahora y el pasado, entrecortadamente los momentos se sentían muy reales. En ese mismo calmado paisaje, pero a la vez en una situación de vida o muerte, en ese mismo césped, pero bañado en sangre, en esa misma lápida, pero antes una mujer que yacía enfriándose en ese lugar.

EL NIÑO DEL DESTINOStories to obsess over. Discover now