El Cuervo

25 0 0
                                        


Inspirado en el poema "El Cuervo" de Edgar Allan Poe

Me encontraba solo, inmerso en mi lúgubre habitación. La penumbra había sucedido al ocaso del sol, mientras tanto, yo suprimía mi dolor intentando escribir, alumbrado únicamente por la luz de una vela. Sin embargo, los vagos recuerdos sobre la perdida de mi amada Leonora, invadían mi mente. Hacía mucho tiempo, el divino creador me la había arrebatado de mis brazos; pero el dolor, el dolor causado por su muerte aun me atormentaba.

En algún momento de mi vida fui un conocido escritor. Mis novelas de terror, eran de la fascinación del público. Sin embargo, nunca me conforme con mis escritos, todos parecían tener un defecto para mí. Había llegado al punto, de desear más que nada en el mundo, el poder escribir una novela perfecta, sin embargo, con cada texto que escribía, mi frustración aumentaba cada vez más.

Tal había sido mi obsesión con escribir una novela perfecta, que cuando Leonora cayó enferma, no le preste la atención que debía. Era muy tarde ya, y su enfermedad estaba muy avanzada como para poder recuperarse. Se encontraba en la fase terminal de un padecimiento que hasta entonces era desconocido por la medicina. Finalmente, termino sucumbiendo a los 27 años de edad.

Pronto, caí en el vicio de la bebida y la droga. Quería inhibir aquel dolor de alguna forma, y encontré en el licor y el opio la solución. Una noche mientras vagabundeaba entre callejón y callejón, me encontré con un viejo amigo. Se llamaba Eduardo. Pelo lustroso y bien vestido. Casi siempre solía llevar un saco, una corbata y unos zapatos muy finos. Poseía una actitud, que con su sola presencia podía demostrar su muy fina elegancia. Era escritor igual a mí, y había logrado un rotundo éxito en los últimos años; al verme en tan penoso estado, todo harapiento y lleno de mugre y vómito, se compadeció de mí. Me ofreció una habitación en su casa, y comida. Me prometió que por la mañana iríamos a la tumba de mi esposa, ya que, gracias a mis adicciones y a mi depresión, ni siquiera había ido a dejarle flores a la tumba donde sus restos descansaban. Es en este punto, cuando mi pesadilla comenzó.

Llegada la mañana, partimos a visitar el sepulcro de mi amada en aquel sórdido y sombrío lugar donde sus restos descansaban. Una vez identificada su lapida, Eduardo me dejo a solas para que "hablara" con ella. Allí, entre la maleza que crecía entorno a su tumba, logre divisar un pequeño pájaro, un cuervo que tenía un ala rota, para ser exacto. Al verle moribundo, me recordó a mí en el estado tan lamentable en el que me encontraba hace apenas algunas horas. Lo tome y lo lleve conmigo a casa. Había algo en la mirada de ese animal, y eso me perturbaba.

Pasaron los días, y el animalito tuvo una pronta recuperación. Pensé que se iría con el tiempo, sin embargo, por muy absurdo que suene, parecía que el animal gustaba de observarme. ¿Sera que acaso me estaba volviendo loco? Podía jurar por mi difunta esposa, que ese animal tenía una extraña forma de mírame.

Con el tiempo, retome mi hábito hacia la escritura. Parecía ser que mi obsesión por escribir una novela perfecta había vuelto nuevamente, sin embargo, esta vez no lo hacía con el fin de satisfacer mi propio ego. ¡No!, no sería así esta vez. Había jurado ante la tumba de mi amada Leonora que si volvía a escribir, seria en honor a ella. Es por eso que me encontraba en mi habitación en estos momentos; inmerso en un mundo donde nuestra imaginación se plasma en el papel. Concentrado y en silencio me mantuve escribiendo durante todo el transcurso de la noche. Cuando finalmente pude notar que mi vela estaba por apagarse, me percaté que ya era muy tarde como para seguir escribiendo. Me sentía muy cansado y me disponía a dormir, pero el sonido de un pequeño cuerpo cayendo sobre mi balcón, irrumpía en mi disposición de conciliar el sueño.

– Sera el gato de Eduardo- Pensé.

Y en efecto, era el gato de Eduardo. El pobre animal yacía tirado en el suelo, tenía un corte en vertical desde su pecho hasta su estómago. Creo que está de más decir que el pobre se encontraba muerto. Me acerque. No tenía ojos. Sus ojos habían sido removidos, sacados como por un par de garras literalmente. El nauseabundo olor de su cadáver que empezaba a descomponerse, me forzó a devolver mis alimentos; que más que un vómito, fue un intenso calambre en el estómago que obligo a que me postrara sobre mis rodillas. Solía no comer mucho, así que no había demasiado que vomitar. Doblegado aun por el dolor, pude notar como un extraño bulto revoloteaba atolondradamente por encima del gato de mi amigo. Era el cuervo, y este me volvía a mirar con esos extraños que tenía. Ojos, que podía calificar ahora como malignos.

El CuervoStories to obsess over. Discover now