EL TRAJE BLANCO

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Me levanté llorando sin ninguna razón, todo temblaba en casa, las cortinas se rasgaban, es raro, pensé que quizás era el fin del mundo. Mamá tocó la puerta, - abrí sin rejonear. Preguntó- ¿estás bien?, te oí llorar toda la noche.

Me sorprendió, siempre entra gritando, me insulta a diestra y siniestra y se va. Esta vez no fue así; hoy es un día raro.

Encontré un peluche extraño en la habitación, parecía ser de mi hermana, tenía cara de terror, no sé mamá por qué se lo compró. Ese no es el caso, eso no es lo raro. Asomé la cabeza por la ventana y las calles estaban solas, no había ni un muerto, quizá era la hora, pero me dio la sensación de abandono, cuando en los supermercados se acaban todos los suministros y no quedan perros, pájaros, personas, sólo abandono.

Me cogió la tarde, decidí no ir a estudiar, me sentía mal, tos gripa, dolor de cabeza, fiebre, extrañeza, todo estaba raro. Mamá me dijo: "mírate al espejo". Gran sorpresa, tenía un traje blanco con corbata, zapatillas elegantes y un collar marcado con un sello que decía: "Tu padre te ama", estaba igual a él, lo juro, pero él estaba muerto hace muchos años.

Todo era raro, me asomé nuevamente a la ventana, y observé como caía un cuerpo del 5to piso, en el edificio de al lado. En mi ciudad ya es costumbre que la vida canse, es frecuente renunciar de estas maneras. Me fijé en los gritos de las vecinas, más atentas que las cámaras de vigilancia, cerré la ventana y volví a mi cuarto.

Todo estaba organizado, las cortinas enteras, la cobija doblada, ni una sola media en el suelo, nada de partículas de pan, impecabilidad en las estanterías, nada de polvo. Todo impecable y yo llorando, sin tristeza, sin dolor, sólo llanto. Quizás si era el fin del mundo, todo temblaba, pero sólo yo lo sentía.

Suspiré, quizás sólo es la fiebre; abrí la puerta, ahí estaba mi hermanita, sentí la necesidad de abrazarla como despedida, le susurré: "Cuida a mamá, sé valiente, obediente, juguetona, libre, yo estaré aquí" tomé sus manos y las puse en mi pecho. Dejé de llorar, sus manos fueron cura, calma, seguridad. Algo sorprendida me dijo: - "Te quiero Manito, no te vayas que yo te abrazo con fuerza". Ya les dije que era un día raro, la abracé cómo despedida, con la caricia de todo el amor que cómo hermano podía dar, la despeluqué, y le dije: - Nunca me iré.

Entré a mi habitación, cerré la puerta, abrí la ventana, me arrojé al vacío.

Fui a encontrarme con mi padre, ésta ciudad una vez más, llena de sangre y completamente solitaria.

Fue un día raro. 

El traje blancoStories to obsess over. Discover now