Hay un mundo que no conocemos del todo: el mundo de las almas. El mundo al que se dirigen aquellos desafortunados que abandonaron sus cuerpos de una manera trágica.
La busqueda de paz de Heaven Hellbrand la llevará a conocer en piel propia ese mundo...
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Smarden, Inglaterra, 1875.
El viento soplaba ferozmente las ramas de los árboles, haciendo crujirescalofriantemente sus extremidades. Los escombros sonaban sonoramente bajo sus pies, haciendo que su piel se erizara. Decidió apresurar la marcha en cuanto comenzó a escuchar susurros y voces provenientes de la oscuridad. Porque en la oscuridad de la noche todo se escucha escalofriante.
Con cada paso que daba, las voces incrementaban, al igual que su miedo. Esquivaba arboles, saltaba troncos tirados sobre la tierra, rogándole a algún ser que nada malo le pasara de camino a su objetivo. Caminaba sosteniendo su vieja manta morada con una mano, cerca de su pecho para que la ventisca que la azotaba no volara su única fuente de calor y con la otra, una especie de candelabro viejo que alumbraba un poco más de un metro. No se detuvo en ningúnmomento, solo cuando logró ver la luna creciente salir por un costado del frondoso y escalofriante bosque en el que se encontraba. Era el día. Sus ojos escrutaron el camino lleno de maleza, aunque se le dificultaba gracias a la poca luz que tenia, agudizó sus oídos y pudo escuchar como corría un río a unos cuantos metros de distancia.
Estaba llegando.
Las vocesincrementaban y podía notar como algunas iban teniendo un cambio drástico en el tono de voz. Se abrazó a su propio cuerpo al sentir pequeños roces recorriendo su cuerpo delgado y maltratado; siguió avanzando casi hiperventilando del miedo. Pero el camino parecía ser más largo y oscuro que antes, más denso.
Detuvo su andar casi a la orilla del río que corría con vehemencia, del cual parecía que provenían las voces y murmullos; haciendo más escalofriante su estadía en ese bosque. Sobre este colgaba un viejo y desgastado puente de madera, el cual se confundía un poco por la prominente espesura de la niebla. Y entonces, lo vio, él estaba sobre el puente esperándola.
Retrocedió unos pasos gracias a la impresión de ver tan imponente ser delante de ella. Ese simple e insignificante acto lo hizo sonreír, orgulloso de si mismo. El imponente hombre se acercaba a ella con paso lento pero elegante sobre el puente. Pero es que cualquiera pensaría que ese hombre era la representación de la elegancia y la belleza misma, gracias a su andar elegante y despreocupado, como si no le debiera ni le temiera a nadie. Cosa que así era, él no le temía a nada ni a nadie, mucho menos a un insignificante humano. Él la observaba, escrutando su rostro como si quisiera grabarselo de por vida, y no solo eso se grabaría, eso era seguro. Pero, ¿ella lo sabía? Si, claro que lo sabía.
—Pensé que nunca vendrías. —alega el imponente hombre que se alzaba imponente sobre ella, haciendo que las voces estallaran en risas casi demoníacas, causando el miedo dentro de la joven.
—Dijiste que me ayudarás a tenerlo de por vida, lo prometiste y vine para cerrar el trato. —respondió en un susurro ahogado por el miedo.
Las voces estallaron en risas escalofriantes, burlándose altamente de su petición, que sonó más a orden que a otra cosa. Las voces se reían, lo hacían por que sabían que ella no estaba en posición de ordenar, por que el que ordenaba era él.
La joven se quiso tapar los oídos con ambas manos, sentía miedo y desesperación, no quería escucharlas, eran tan sonoras e irreales que no querían tener que seguir escuchando sus agónicas risas. Pero el hombre escalofriante delante de ella negó con un dedo, haciendo que la luz del candelabro se apagara de un momento a otro.
—Esto es lo que escucharas de ahora en adelante. Quieres mi ayuda para tenerlo y yo te la daré, pero hay un precio que pagar.
"—Siempre hay un precio que pagar." susurran las voces con vehemencia, calándose en sus huesos como una pulga.
El hombre escalofriante extendió su mano, alzando una ceja esperando a que la joven cerrara el trato. La duda bailaba en los ojos de la joven, pero encontrarlovalía más que todo, incluso más que su propia vida; así que accedió. Estrecharon sus manos y al instante las voces estallaron en sonoras carcajadas, susurraban cosas inteligibles e incluso parecían volverse más roncas y demoníacas que antes. El miedo comenzó a recorrerla de pies a cabeza, haciendo que soltara la gran y pálida mano del hombre. Este ensanchó su sonrisa, se despidió de la joven enseñando la palma de su mano, donde crecía un extraño pentagrama de color carmesí.
El hombre retrocedía entre la niebla, sonriendo grandemente con la viva llama de malicia danzando en sus ojos. Mientras tanto, la joven se retorcía del miedo en su lugar, tapándose los oídos para no escuchar las voces agonizantes que parecían provenir de todos lados. Las risas crecían, se calaban en su cabeza para jamas dejar de atormentarla, para dejarle en claro lo que había hecho y las consecuencias que sus actos conllevaban.
"—Ahora somos parte de ti..." — reían a grandes carcajadas como si de un loco se tratase. Gritaban y reían dentro de su cabeza, sonaban como un eco repetitivo y escalofriante que la hacían querer arrancarse la cabeza.
"—Son precios que hay que pagar..."
"—Siempre hay precios que pagar..." se burlaban como locos en un manicomio, asustandola, quebrantandola tanto por dentro como por fuera. Volviendola loca.
Pero eso y más son precios que hay que pagar. Sobretodo en su juego, en el juego de quien caza más almas para él.