Hacía calor, pero mi cuerpo parecía estar bajo cero. Volví a mi piso con pasos cortos y rápidos. Cuando cerré la puerta me propuse como objetivo no llorar; no lo haría. Estaba preparada para ello. Eres psicóloga ______, me dije a mí misma, sabes controlar estas situaciones.
Coloqué mi mano derecha en la sien y pensé en cómo llegar a ese lugar. Tren. Iría bajo tierra para despejarme del barullo que la ciudad provocaba y no toparme con alguien conocido. Miré en el ordenador el horario; debía coger el del mediodía.
Tomé una ducha rápida, me cambié de ropa a algo más cómodo —vaqueros ajustados, camiseta violeta de tiros y volantes, unas sandalias negras—. Con duda, cogí una manzana, aunque no creía que me la fuera a comer ante la tensión que mi estómago acumulaba.
Cuando me quedaba media hora para coger el tren, busqué la estación, bajé unos veinte escalones a la velocidad del viento y, al cerciorarme de que aún no había llegado, respiré tranquila. Me senté en un banco y coloqué mis manos sobre mi cara, para tratar de calmarme. Para matar el tiempo, me comí la manzana. Mi cuerpo experimentaba un simposio de emociones que era incontrolable. El corazón me latía más rápido de lo normal.
Subí al tren y tuve que quedarme de pie, porque no había ningún asiento libre. Apoyé mi cuerpo a una barra metálica y observé durante mucho tiempo a la ventana, que reflejaba la oscuridad de los túneles subterráneos. Respiraba hondo y contaba hasta diez para mantener la calma. Pensaba, a la vez, en la actitud que mantendría con los Chaikovski.
Tras un tiempo que me pareció de cuarenta horas, bajé del tren con los nervios en cada movimiento que realizaba. Guiada por algunos transeúntes de las calles de Londres, conseguí llegar a la tetería. Una vez estuve en la entrada, observé el escaparate en el que distintos tipos de té descansaban sobre una mesa con un mantel rojo.
Respiré hondo y entré con cautela al lugar. A simple vista, no había nadie, pero sí seis mesitas blancas con dos o tres sillas cada una. Sus paredes eran de un verde inglés muy bonito y cuatro estantes individuales se encontraban en la parte superior de ellas. Tenía un estilo muy anglosajón que enternecía a la tetería, no muy grande, pero que irradiaba tranquilidad —lo contrario a lo que yo en esos momentos sentía—. Ojeé unos tés de limón, que parecían muy buenos, con detenimiento.
—El mejor es el del centro —una voz ácida y ronca erizó el bello de mis antebrazos.
—No he venido a comprar. ¿Por qué estoy aquí?
—Siempre tan directa, señorita Kellergan.
Giré mi cuerpo y encontré a un hombre altísimo con la cara tan alargada como su nariz. Sus labios eran menudos y parecía no haber una pizca de vida en ellos. Vestía informal con unos vaqueros oscuros y un polo violeta. Sus manos, cruzadas a la espalda, no eran visibles, pero presentaban un gran movimiento. No había ningún sentimiento en su mirada, aunque, tal vez, pude divisar algo de asombro en sus grandes ojos negros.
—Siéntese, por favor.
Escaneaba cada gesto que hacía, por tan insignificante que pudiera parecer. Más tarde supe que su mirada contenía deseo, lo que me escandalizó. Mi expresión facial era neutral, a pesar de las variedades que tenían mis pensamientos. Se sentó frente a mí y cruzó sus piernas.
—Creo que las advertencias no pueden con usted... —Frotó su barbilla recién afeitada con astucia.
—No me gustan los juegos, señor Chaikovski.
—Oh, llámeme Gleb, por favor. ¿Té? —Negué débilmente. Con un movimiento de mano, llamó a alguien del interior que, enseguida, corrió hacia él—. Un té de menta con mucha miel. —La mujer se marchó y Gleb volvió su mirada hacia mí—. Pues a mí me encanta jugar, señorita Kellergan.
¿Era real esta situación? Bajo la mesa, pellizqué mi mano deseando que sólo fuera un mal sueño, pero no ocurrió así. Los nervios me golpeaban con cada palabra que Gleb Chaikovski decía.
—Veo que no es muy habladora... ¿Hace falta hacer cada pregunta?
—No hablo con desconocidos sobre mí.
En un gesto rápido, coloca los hombros sobre la mesa y acerca su cabeza para analizarme más cercanamente. Oigo sus dientes rozar los unos con los otros. Pareciera que quisiera mantener la calma. Yo, con no poco pavor, lo miré directamente a los ojos y aparenté no tener miedo alguno.
—Déseje de gilipolleces, señorita Kellergan. —Su tranquilidad al soltar una frase tan brusca me desconcertó—. La vida es como el té: necesita mucho tiempo para que sus resultados den fruto. —¿A qué se refería?—. Venga, señorita Kellergan. Acompáñeme.
Me ofreció la mano para levantarme, pero no la acepté y clavé mis sandalias fuertemente en el suelo. Me guió hacia el interior de la tetería. Sus pasos parecían estar calculados con anterioridad, lo que me asustaba. Entramos a la cocina del lugar y me explicó cómo preparaban su té favorito. Me daba arcadas su aliento fétido cuando se acercaba a mí con suficiencia. ¿De qué iba? No podía seguir así...
—¿Acaso va a estar toda la puta tarde diciéndome cómo se hace un buen té? —Su espalda me daba la cara, pero pronto se giró y me estampó contra la pared.
—Vaya, vaya... La psicóloga de Oliver Sykes pierde su temperamento. Ése chico verdaderamente le importa, señorita Kellergan. ¿Quiere que nos vayamos ya? —¿Irnos?, ¿adónde? No me da tiempo a responder y añade—: Pero para eso debes dormir, guapa.
Con el ceño fruncido, miré que sonreía con malicia. Vi a tres hombres entrar y a la chica de antes, que miraba cabizbaja el suelo. Gleb Chaikovski presionó mi mano con rudeza a la vez que sostenía una sartén con la otra y después todo se volvió de un curioso negro.
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Detrás de tus sombras (Oliver Sykes y tú)
Fanfiction«Sé que detrás de tus sombras, que son muchas, hay un Oliver que sólo quiere vivir.»
