¿Principio o final?

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Dime, ¿cuántas veces en los últimos meses te has encontrado en medio de la oscuridad? Allí, sentado en el suelo, pensando en cada maldita cosa que has hecho mal, cada maldito trauma. Sí, tal vez muchas más de las que nos gustaría admitir, entonces llega esa pregunta ¿acaso esta mierda nunca acabará?

Entre esa y muchas preguntas más sigues tratando de controlar la respiración, de contener esas ganas de lastimarte, tratas de contener las malditas ganas de gritar, de destrozar todo y simplemente ir a por un cuchillo y rajarte la maldita garganta.

Pero te detienes un momento, vas por un poco de alcohol y comienzas a rebobinar... Te haces otro tipo de preguntas: ¿Sería egoísta morir cuando hay personas que piensan en mí? ¿A alguien en verdad le importa que esté vivo? Piensas en tu familia, en tus amigos, en tu pareja. Ellos siempre han tratado de ayudarte.

Sueltas otro suspiro—ninguno de ellos puede ayudarme—piensas. Sería muy egoísta que te quieran mantener vivo cuando te sientes tan roto como para seguir haciéndolo, como para seguir fingiendo estar bien sólo para que ellos puedan estar tranquilos. ¿Por qué sigues fingiendo a quiénes dicen quererte? Puede que te demuestren amor, pero también dudas de esos sentimientos y tienes razón.

Das uno, dos, tres tragos a la botella, ves la hora —cuatro con doce de la madrugada—. Sabes que ellos causaron algunos de tus traumas. Entonces, ¿por qué sus malditas buenas intenciones son reales?

Nuevamente comienza ese maldito ruido que te aturde y te hace violento, rompes la jodida botella y gritas con una voz jodidamente rota. Te levantas tan decidido, sales de tu casa a ver la luna, tus lagrimas se vuelven descontroladas. Ya estás allí, ¿por qué no terminar? Miras el reflejo de la bella luna en la botella rota.

Comienzas a imaginarte muerto, allí, tirado bajo un charco de sangre. Ves a tu familia sin llorar con una mirada patética sobre tu cadáver, ni una maldita lágrima en sus rostros. Te sientas en el suelo y prendes un cigarrillo, das uno o quizá cinco—joder, al carajo con esto—te dices recordando haber jurado no volver a fumar o beber. Apagas el cigarro en tu piel, vuelves a recoger la botella, pero esta vez ya no tiene alcohol.

No te das cuenta que el ruido cesó y mucho menos de cuando rajaste la piel de tus brazos, te comienzas a marear y caes al suelo dónde mereces estar.

Ves tu vida pasar con lentitud, ¿qué ves? Joder, tu padre dándote una paliza, ves cada maldita vez que hasta por sus errores tu pagabas. Sabías que en ciertas ocasiones lo merecías. Luego te ves allí, con tu madre preguntando si se van de casa y dejan todo atrás. Te das cuenta que no eras el único que sufría —¡Maldita sea!—crees haber gritado. Siempre fuiste un maldito que sólo se preocupó por sí mismo.

Recuerdas a tu hermano, el que tanto te quiere, el mayor. Su padre lo abandonó. También recuerdas las veces que lloró por una mujer, te das cuenta que siempre tuvo miedo a la soledad, que estaba tan roto y aún así no hablaba de sus traumas.

Otra imagen, tu abuelo, el padre del tuyo. Recuerdas que él te dijo: "hijo, cuida a tu padre". Y en su entierro ni una puta lagrima soltaste, y decías quererlo tanto, maldito hijo de puta.

Sobre sale un punto que por idiota nunca notaste, pero tu padre había cambiado, ya no era el borracho aquel. Pero joder, la maldita herida aún está en ti.

Al final, tu vista pasa de borrosa a simple oscuridad, pierdes la conciencia. 

Quizá todo haya acabado, o quizá tendrías una nueva oportunidad de vivir.

Nota de suicidioWhere stories live. Discover now