Estaba mi hermanito llorando, nadie podía cargarlo por armar los preparativos de la cena. Estaba atardeciendo y mi papá estaba afuera cortando leña, mi mamá y yo decorábamos la mesa navideña, mi abuela terminaba de cocinar los últimos postres y mientras mi abuelo hacía el asado.
Mi papá se acercó a la ventana y sus gritos se camuflaron con el viento: — ¡Che, mija! Busca las sillas que están atrás.
Mi mamá le respondió enojada, aunque el me habló a mí. Ella le gritó para retarle y repetirle lo que le dijo ya mil veces.
— ¡Negro! ¡No grites cuando estás afuera que chupas aire frío!
En fin, iba a venir mi familia materna, así que calculé seis sillas. Las llevé adentro y con ayuda de mi mamá armé la mesa plegable circular de plástico, quedó al lado de nuestra mesa rectangular hecha con madera de abeto. Por lo general todos los niños van a la mesa redonda y esta Navidad por fin voy a estar en la mesa de los grandes, este año cumplí quince convirtiéndome en la más grande de los primos de parte de mi mamá.
Pasó media hora y mi tío Javier entró sin tocar la puerta, exceso de confianza familiar. Detrás de él los dos mellizos, Martín y Tobías, de seis años entraron corriendo, luego sumida en la música que escuchaba con sus auriculares, Nora entró omitiendo todo contacto y caminó directo al sofá para hacer quien sabe qué con su celular, yo me pregunto, ¿qué hará con su celular para que la atrape tiempo completo? Cumple con todos los requisitos para ser una típica chica preadolescente de 13 años.
— Hija, poné los vasos. —mi mamá acomodaba los tenedores al lado de los platos, y claro, no me iba a dejar libre.
— Ivy, sobrina, dejá que yo los pongo. —dijo mi tía Ceci cerrando la puerta, como amo que venga esa mujer, siempre se ofrece a hacer mis tareas.
Genial, pensé.
Mi papá se quedó hablando con Javier sobre política, o teorías consiparativas, no lo sé, pero es mucho más interesante escuchar las conversaciones que tenía mi papá con mi tío que escuchar a mi mamá y mi tía reírse de Beatriz, mi tía (más abuela que tía) sobre sus empleos fracasados y amores humillantes.
Aún me duele la cachetada que me dió mi madre cuando se enteró que yo repetía sus conversaciones, eso era alimento para Beatriz. Era algo que no tenía que contar. Mi mamá creo que ya se cansó de repetirme ¡lo que se habla en casa, se queda en casa!
Tanto pensar no me di cuenta de la presciencia de cierta vieja que me miraba seria, esperando a que le besara su arrugado cachete, está vieja y si no la saludás ya sos el niño más maleducado del planeta.
— Nena no me ignores, no te vuelvas como Nora toda huraña. ¡Paulina educá a tus hijos!
— Hija, saludá a tu tía. —mi mamá se puso seria en un instante y obedeció a su hermana mayor, pues Beatriz era como su madre, le llevaba diez años a Javier y trece a mi mamá, Paulina.
Me acerqué a la uva pasa, digo mi tía, y le besé el cachete izquierdo.
-— ¡A la mesa que está el asado! —mí abuela gritó con su voz desgastada y entrecortada (a veces me da risa su voz y otras veces me da ternura) mientras mi abuelo entró con la parrilla sostenida con sus manos envueltas por trapos descocidos, y las costillas de vaca estaban al borde de conocer el suelo.
Mi hermanita Luna se sentó al lado de Tobías y Martín, ellos le llevaban solo un año. Nora se sentó también en la mesa redonda pero sin quitar la vista de la pantalla de su celular. Mi padre se sentó en la punta y mi abuelo y Javier a la izquierda. Mi madre, seguida por su cuñada y hermana, a la derecha, yo me senté al lado de mi tío frente a la vieja Beatriz y con Luna a mi costado, la pobre de Nora hizo un gesto notable tras ver a Beatriz a su lado. En fin, tener a la cara de la renegada al frente no me iba a quitar la felicidad de estar en la mesa de los grandes. Mi mamá agarró a mi hermanito, el bebé de la familia con dos años.
— ¿Y padre? ¿Te alcanzó el carbón? —Javier estaba hechando un pedazote de vacío en su plato y su esposa un corte de matambre, pero ella lo miraba en plan: ¡No seas gordo!
— Como no le va a alcanzar si yo corté mucha madera. —mi padre con tono de macho orgulloso por sus logros pinchaba otro pedazo de carne.
— ¡Mirá! Se deshace, ustedes dos no van a lograr asar mejor que yo. —mí abuelo, también con tono de macho orgulloso por sus logros versión viejo pinchaba un pedazo más grande, parecía una competencia para ver quien come el pedazo de carne más grande.
— Sí pa, sos el mejor asador. —Beatriz pinchaba un chorizo y lo juntaba con un chinchulin.
Como sea, de un momento a otro (como siempre ocurre en cenas familiares que incluye a mi tía vieja) terminamos pelando. Que uno recibió más cariño, que el otro trabajó más, Beatriz se victimizaba diciendo que por culpa de mi abuela dejó su adolescencia y cuidó de mis hermanos, mi abuela Adelaida se justificó diciendo que ella trabajaba para que ellos comieran, mi mamá saltó acusando que fue culpa de mi abuelo Roberto por no trabajar, Beatriz lo defendió diciendo que él quedó malherido después de la guerra. No sé, un quilombo. Ah, pero presté atención cuando quedé adentro de la discusión.
— ¡No hables de mala crianza Paulina, que Ivy es re maleducada! —Beatriz me señaló con su dedo y miró desafiante a mi madre.
— ¡No te metas con la nena! —mi mamá le devolvió esa mirada de duelo.
Mi papá miraba atento pero cauteloso, que él por no ser su hermano no podía meterse, Ceci sufría lo mismo.
— Mira nena, esta no hace las tareas y tampoco trabaja, ¡es una haragana! —la vieja de mi tía seguía atracándome, mi madre era vulnerable con eso.
— No hables de trabajo tía, que a vos te despedían al segundo día. —ese momento fue como si prendiera un fósforo y lo lanzara a un charco de gasolina, para qué abrí la boca.
— ¡¿Cómo te atreves a contestarme?!
— De la misma manera que vos le metiste los cuernos a tu segundo novio, rápido y furioso.
— ¡Qué barbaridad! ¡Mira Paulina el monstruo que formas con tus conversaciones!
— ¡Mi mamá no tiene la culpa que vos por no tener el papelito ese que justifica tu secundaria completa no te hayan aceptado en cinco trabajos diferentes!
— Escúchame nena, no terminé la secundaria por cuidar a los inútiles de tu tío y madre.
— ¡Mentira! ¡Que cuando tenias quince años te fugaste con tu primer novio! Ah, pero cuando te dejó embarazada te volviste llorando a tu casa. Ahí la abuela te dió lo que te merecías, ¿tanto querías ser grande? te puso a cuidar a tus hermanos. Tomaste tu propia medicina.
Todos quedaron callados, mi tía Beatriz quedó avergonzada, había dicho algo que no tenía que decir, ¡mi abuelo nunca se enteró que Beatriz se embarazó! Adelaida encubrió a su hija y dieron a adopción su hijo no esperado.
Mi tía Beatriz de cincuenta años se fue llorando al baño, su hermana y cuñada la siguieron para intentar consolarla. Javier se atragantó con un pedazo de carne y mi papá quedó traumado. Mi abuela con una servilleta de tela se secaba las gotas de tristeza y sudor, mientras mi abuelo quedó perdido en tiempo y espacio esperando una respuesta.
El viejo después de un rato le pegó fuerte a la mesa, furioso por el secreto de su primogénita. Por el golpe unos cuatro vasos cayeron al suelo partiéndose en mil pedazos.
Yo huí al patio, arrepentida, una vez más conté algo que no tenía que decir. Creo que esa noche se rompieron más cosas que solo esos vasos.
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vasos rotos
Non-FictionEn realidad lo hice para una tarea de la escuela, pero no la quería borrar y bueno, equis motivo xd La verdadera pregunta es...¿quién hace su tarea en Wattpad? Pues yo, porque Word no me funciona JSKDJD .--.--.--.--.--.--.--.--.--.--.--. Esta histor...
