Prólogo

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Corría el año 2016; octubre o noviembre, no importa. Hacía años que no escribía nada ajeno al ámbito académico en el que me encontraba inmerso debido a mis estudios universitarios. La última vez había sido (quizás) en secundaria, cuando escribí el libreto para una obra de teatro escolar de la cual no recuerdo mucho, más allá de lo divertido que fue montarla y de la destacable nota que obtuvo (modestia aparte).

Antes de eso, había participado en algunos concursos de creación literaria en la tierna etapa formativa de la primaria. Cuando gané el primero a los ocho años, no celebré lo que para ese entonces era el mayor logro obtenido en mi corta vida. No, más bien, me encontré con lo que bien pudo ser una revelación, o tal vez un delirio infantil. Como sea, encontré fascinante el concepto de escribir las ideas de mi retorcida pero inocente cabeza. Hasta comencé a soñar con ser escritor.

Sobra decir que al día de hoy sigo soñándolo.

No sé qué pasó en el transcurso de la adolescencia y mis primeros años de la etapa adulta que ese sueño se esfumó. Hasta que alguien me compartió una convocatoria para un concurso nacional que se organizaba en mi estado, Colima (sí, las leyendas son ciertas; sí existe). La tirada consistía en escribir cuentos, lo cual al principio parecía ser pan comido.

Tomé una libreta que usé muy poco en la universidad (diez hojas en tres años, más o menos) y en ella me dispondría a escribir el primero de muchos cuentos que comprenderían aquella colección de historias. Entonces se presentó un problema: tenía que comenzar a escribir. Luego vino otro: ¿sobre qué demonios iba a escribir? Estaba tan entusiasmado por "volver a las andadas" que no me había preocupado por encontrar un tema, una historia que contar.

Si me conoces, seguramente sabes que me puedo perder (y bastante) en mis pensamientos, y que (muy) de repente alguna idea que me haya venido de golpe me hace saltar de mi lugar para empezar a buscar la manera de llevarla a cabo. Eso pasó al principio del proceso que había emprendido.

En ese entonces visitaba mucho las cafeterías, no sólo para degustar de mi bebida favorita, sino para trabajar en lo que me ocupara, como en mis asuntos de profesor o, en ese caso, comenzar la escritura de mi primera obra. Fue ahí, en un cafetería, luego de darle un sorbo a mi café (oscuro, sin azúcar) que se me ocurrió una idea que daría pie al desarrollo de todas las historias que escribiría para cumplir con mi cometido.

"La vida es como el café: oscura, amarga, fuerte. A pesar de ello, hay quienes la disfrutan así como viene, o prefieren añadirle 'algo' al gusto para hacerla más suave, más digerible", palabras más o menos, esa era la idea. La analogía del café y la vida me pareció interesante, por lo que me di a la tarea de encontrar situaciones de la vida cotidiana que pudieran empalmarse con dicha bebida y sus distintas preparaciones.

Así surgió Entre sorbos: la vida como el café, obra que metí a concurso y que, a pesar de no haber obtenido un resultado favorable (por quizás razones obvias), me dio la satisfacción de ser el primer intento de escribir una serie de relatos, mi primera obra, pues, y comenzar a perderle el miedo a las letras, a la palabra. "¿Pero qué miedo le puedes tener a escribir cosas?", te preguntarás. No es cuestión de sólo sentarse y teclear lo primero que venga en mente (que quizás esto mismo estoy haciendo ahora, ¿no?), sino de cuestionar lo que se escribe, cuál es su sentido y qué rumbo va a tomar. A escribir se comienza, creo, desde que la idea nace en tu cabeza y hasta que la logras transmitir de forma apropiada a tus interlocutores y, con un poco de suerte(?), provocarles algo.

Hoy quiero compartir contigo en este medio algunos de los cuentos que conforman esta obra, deseando que disfrutes de ellos y, si te agrada la idea, los acompañes con un poco de café. El texto completo lo encuentras en Amazon; ojalá te des una vuelta y lo leas completo.

Entre sorbos: la vida como el caféStories to obsess over. Discover now