Capítulo I.

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- De verdad qué me tienes sorprendida, cariño - me dijo mi madre mientras acababa de regar sus tulipanes.

Le sonreí con amor.
Ella era mi persona favorita en el mundo. Siempre que mi padre salía por alguno de sus negocios, corría a su cama y la dejaba cantarme hasta que nos quedábamos dormidas.

- Siento que ya estoy preparada - la intenté convencer por tercera vez.
Me conocía. Sabía lo que odiaba el trabajo de mi padre y lo poco orgullosa que estaba de ello, pero mi padre no podía encargarse ya de ello. Estaba enfermo y necesitaba dedicarse a su matrimonio, a los grandes lujos y a viajar por el mundo.
Ambos lo necesitaban.
Y si yo podía hacer eso, lo haría. Incluso teniendo que dejar mi vida en Chicago para regresar al pueblo.

- No lo entiendo, sister - besó mi frente mi hermano Toby. - Has sacado una carrera sin su ayuda, tenías un futuro prometedor en una gran ciudad y un novio perfecto. Y ahora lo dejas todo, para venirte a este mugroso pueblo
- ¡Toby! - le riño mi madre - Tu hermana ha conocido mundo y ha decidido regresar.
Reí con ironía.
Sí. Había visto mundo.
Había viajado y conocido la parte bella de la vida, pero también había madurado y cuándo haces eso, antepones a tu familia a todo.

- A Alan no le he dejado - dije con una sonrisa
- Justamente lo qué debías dejar - replicó
- Livvie, ¿Ya estás? - preguntó mi padre desde la puerta de casa - Es la hora.
Asentí.
Había llegado el momento de conocer mi nueva vida

Me subí al coche, oyendo a mi padre darle instrucciones a Link, el chófer.
- ¿Estás nerviosa?
- ¿Cuándo van a saber tus empleados el cambio de jefa?
- Cuándo te vea capacitada. Tienes que entender que hay 98 hombres y sólo 5 mujeres - suspiró - justamente qué una mujer vaya a mandarles, no es algo que se lo vayan a tomar muy bien
- Papá - le interrumpí - Aún estás a tiempo de poner de jefe a Toby
- Te quiero a ti - dijo lentamente - Eres brillante en todos los sentidos.

Estaba nerviosa. Hacía años que no iba por la fábrica dónde se confeccionaba todo. Allí había aprendido a pelear y también a hacerme una mujer. Allí había decidido no volver el mismo día que salí de ese pueblo, y allí justamente estaba mi futuro.

- ¿Cuándo llega Alan?

Sonreí.
Alan era lo único estable que tenía en mi vida. Lo había conocido en mi primer año de carrera y desde entonces, se había convertido en lo mejor que podía ocurrirme.

- El lunes
- ¿Cómo se ha tomado el cambio?
- Al principio mal - juguee con mis manos - enterarte de qué tu novia lleva cuatro años engañandote no le hace gracia a nadie - suspiré queriendo olvidar ese pequeño momento - pero después me dijo que no me dejaría sola.
- ¿Va ayudarte?

Ahí volvíamos de nuevo.
Por mucho que fuera su favorita, mi padre era tan arcaico como sus empleados: no se fiaba que una mujer llevara su negocio.

- No puedo pedirle eso cuándo en dos meses se examina para el Senado. No puedo pedirle eso. No sería justo.
- Si te ama, lo hará - dijo con firmeza
- Papa, por favor - le repliqué.

Habiamos llegado a la fábrica. La sede dónde todo se confeccionaba, y el lugar más oscuro que podía conocer.
Tomé aire y me adentré allí de la mano de mi padre, con firmeza.

El lugar estaba lleno de trabajadores que tecleaban con rapidez sobre sus ordenadores. Todos concentrados, que dejaron sus quehaceres para levantarse cuándo entramos en el pavimento.
Justamente eso era lo que más odiaba de este negocio. Que eras un dios para ellos.

- Acostúmbrate a esto, bella - dijo mi padre con arrogancia. Le encantaba eso.
- Señor, señorita - dijo una joven rubia agachando su cabeza
- Di - respondió con dureza mi padre
-  Danno ya está esperándolo en su despacho.

Y sin ningún comentario más, atravesamos todo el pasillo hasta la llegada de las escaleras, dónde daba al despacho de mi padre. Eso no había cambiado.
Miré con disimulo el resto de la estancia. Habían agrandado la nave.

- Está cambiada.
- Hace diez años que no vienes por aquí, Livvie.
Sabía que eso le había dolido.

En su sillón había un chico de mi edad con el pelo castaño y unas grandes gafas de sol

- ¿Cuántas veces debo decirte que mi despacho no es una habitación? - bromeó mi padre

El chico, sonrió con arrogancia y se lanzó a mi padre en un abrazo fraternal, algo que me dolió en mi interior.
Pocas veces nos había abrazado a mi hermano y a mí, así

- Es agradable verte, viejo - contestó el chico con voz ronca
- Danno, te presento a Livvie, mi hija - por primera vez, sentí orgullo en su voz.
- Hola princesita - dijo con burla
- ¿De qué coño vas?
- Olivia Greta Lhynson - gruñó mi padre - disculpate
- ¿Perdona? En sus sueños
Vi arrogancia en los ojos del idiota aquel. Disfrutaba aquello y yo, iba a disfrutar haciéndole la vida imposible.
- Vamos a lo importante - dijo el imbécil. - Sheila me ha confirmado que dejas el negocio. ¿Puedo saber por qué?
- No sabía que debíamos darle explicaciones a los empleados, papá
- ¡Olivia! - me fulminó mi padre con la mirada - Danno es de la familia.
- Este perro no es nada mío - escupí con asco

Danno se acercó a mí con arrogancia y me cogió un mechón qué se había caído de mi coleta
- Las princesitas no deberían hablar así de mal - me susurró - Te van a castigar sin postre.
- Vete al infierno.
- ¡Basta! - repitio mi padre - Si, Danno. Tras esa complicación de salud, mi mujer y mi hija me obligan a jubilarme - río. - A jubilarme yo, que llevo 30 años luchando por el negocio.
- Ya es hora que descanses, viejo - dijo Danno poniéndole la mano en el hombro, con cariño.
- Por eso quiero reuniros a todos. Tengo que comunicaros algo
Danno asintió estimándose de la oficina.
Era un perfecto soldado.

- Cómo voy a disfrutar haciéndole la vida imposible - murmuré.
- Cariño. Soy tu padre y te quiero con toda mi alma, pero debes tener de buenas maneras a Danno, es mi mejor soldado y mi mano derecha. Será la tuya ahora.
Asentí resignada saliendo de su oficina enfadada.

Bajé hacia lo que era el comedor. Necesitaba un dulce urgentemente.
A lo lejos oí dos risas escandalosas

- Así que es cierto - dijo una chica- el viejo Lhynson abandona el barco. Muy mal tiene que estar
- Si, Martha - era Danno - me da pena. Es cómo ese padre que no tuve.

Hablaban con cariño de mí padre.
Eso era una de las grandes virtudes que tenía mi padre: amaba a sus trabajadores, casi tanto como a su empresa. Y ellos a él. Era autoritario y narcisista, pero lo querían.

- Es tu turno - le dijo la chica - Yéndose el viejo, te toca ser el nuevo viejo.
- No creo, Martha. El viejo ha venido con una princesita. Una niña pija que no debe saber lo que significa este negocio

Quería salir de mi escondite y demostrarle lo que era capaz de hacer.
Había aprendido de mi padre cada movimiento que él hacía, por eso me había elegido. Era exactamente igual de sanguinaria que él.

- ¿Una princesa quitándote el puesto? - rio
- Esconde algo. Lo intuyo.

Dejé de oírles para ir en busca de mi dulce

Si el imbécil quería jugar, jugaríamos y no a cuentos de princesas precisamente..

El mayor de los desastresLa tua prossima ossessione. Scoprilo ora