El cartero y los habitantes de la mansión escondida

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  El joven cartero siguió pedaleando con vigor como lo había hecho desde que había salido de su casa, y subió por el camino enlodado y bordeado de traicionera hierba hasta la hilera de casitas estrechas y de techos en punta que amurallaban un lado del camino. Entregó cada una de las cartas que llevaba en su morral hasta que no le quedó ninguna. O al menos eso pensó.

  Como ya había acabado con su trabajo, dio media vuelta a su bicicleta para deshacer el camino por el que había llegado a aquella colina, pero entonces un cordón del zapato se le enredó en las estrellas y la cadena de la bicicleta haciendo que perdiera el equilibrio y terminara cayendo de lado en el lodo, mientras su morral volaba por los aire. El cartero, con la mente exaltada por aquel traspié tan impredecible y ridículo, se tuvo que poner de pie metiendo las manos al lodo para darle equilibrio al resto de su cuerpo. Su camisa blanca ahora estaba manchada, pero nada se comparaba a su pantalón ni a sus zapatos que aún permanecían hundidos por completo en el lodazal. Miró su bicicleta enterrada en el barro y con una rueda todavía girando en el aire. Estaba descolocado, y no se dio cuenta de que le faltaba algo hasta que no vio su morral. Asustado lo buscó a tientas en el lodo, con la idea de que este podría ser lo suficientemente profundo como para hacer perder de vista un objeto tan grande. Pero cuando no lo encontró fue que miró más allá de su tragedia, y vio el morral seco y seguro a tres metros y un poco más allá junto a una piedra. Se acercó mientras se quitaba el lodo de las manos con la parte limpia de su camisa. El morral estaba apoyado contra una piedra redonda y lisa, tal y como él lo dejaba sobre la mesita de la entrada cada día al llegar a casa. Lo tomó y lo examinó con la mirada asegurándose de que no tuviese ninguna mancha de lodo, pero estaba impoluto, como siempre. Solo que al darlo vuelta de un lado a otro escuchó como algo dentro se movía con cada movimiento que él hacía. Abrió el morral y encontró una carta, pues claro, si él era un cartero; aunque esta vez le extrañó pues estaba seguro de que ya había repartido todas las cartas de ese día.

Pensando que quizás se había equivocado, que quizás simplemente no la había visto, tomó el sobre y lo examinó. Para empezar, no tenía estampilla ni timbre del correo, ¿cómo entonces había llegado ahí? Lo dio vuelta en las manos, tan solo decía «para Luchien Frances», y al reverso «de Amarantal Castillar», sin ninguna dirección. Lo palpó bien, se sentía igual que cualquier otra carta, como si en su interior no tuviese más que tan solo una hoja. Quiso ver si podía distinguir algo a contraluz, pero el día no servía para eso pues el sol estaba escondido tras unas nubes que se iban poniendo más y más negras a cada hora. Se llevó una mano a la cintura y se quedó con la otra sosteniendo la carta a la altura de los ojos, ¿y ahora qué iba a hacer? Él no conocía a ningún Luchien Frances, ni mucho menos a una Amarantal Castillar, ¡ni siquiera sabía qué clase de nombres eran esos!

Sin saber qué hacer, miró de derecha a izquierda, de un lado a otro, como buscando alguna casa a la distancia en la que nunca hubiese entregado una carta antes, pero solo vio páramos verdes y colinas más verdes aún, eso además del pequeño conjunto de casas junto al camino. No había ninguna otra morada a la vista. Entonces decidió que su mejor opción era preguntar a los vecinos que allí vivían si conocían a los dueños de aquella carta, y si allí no los conocían, estaba dispuesto a irse preguntando casa por casa en todas las pequeñas villas hasta dar con Luchien Frances, pues un buen cartero nunca dejaba una carta sin entregar.

En la primera casa a la que tocó a la puerta le dijeron que ningún francés había pisado nunca esas tierras; en la segunda, que Luis se había ido con otra mujer y que si lo veía por favor le dijera que dejara de hacerse el chulo y que volviera porque faltaba quien reparara el techo; y en la tercera simplemente que no conocían a ningún luchador. Desesperado por la derrota estrepitosa de aquellos tres primeros intentos, el cartero fue hasta su bicicleta para rescatarla del estado en el que estaba y así poder emprender el camino de regreso y preguntar por el dueño de la carta. Así que se quitó la camisa manchada y se quedó tan solo con la camiseta interior, utilizó la que se acababa de sacar para quitar el lodo de su bicicleta, y cuando esta estuvo lista, él montado sobre ella y con el morral en su lugar y la carta en su mano, no pudo partir. Se empecinó con la idea de que era ridículo, que las cartas debían tener una dirección para encontrar a la persona a la que iba dirigida, y sin embargo esta no la tenía, él la había revisado ya minuciosamente. Pero aquel pensamiento persistente no lo dejó siquiera comenzar a pedalear así que tomó el sobre con ambas manos y lo volvió a examinar. Sí, justamente, con una caligrafía alargada y escrita en tinta negra decía «para Luchien Frances», pero ahora debajo de aquello también decía «La Mansión Escondida». ¿La mansión escondida? Se repitió asombrado e igualmente curioso, ¿qué significaba todo aquello? Podría ser alguna broma de sus compañeros de trabajo, pero ni siquiera ellos eran tan ingeniosos como para hacer aparecer una dirección de la nada. ¿Y quién era esa Amarantal Castillar?, suponiendo que fuese una mujer, él lo quería saber pues así podría enseñarle como escribir una carta, sí señor.

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