Miro al espejo y lo que me devuelve no es mi rostro, sino el reflejo de una mujer rota. La piel amoratada bajo mi ojo derecho late como si tuviera vida propia; el párpado inflamado arde al mínimo roce de mis dedos. Trato de pasar suavemente la yema por encima, como si ese gesto pudiera borrar el puño que dejó su marca en mí.
Quisiera tener magia. O al menos un maquillaje milagroso, de esos que convierten el desastre en perfección. Pero yo nunca aprendí a maquillarme bien, y ahora me siento una idiota tratando de cubrir con corrector lo que debería gritarse a los cuatro vientos: esto no es mi culpa.
Me repito en voz baja:
—Vamos, Pascuala. Haz un esfuerzo.
Pero las lágrimas caen antes de que termine la frase. La piel húmeda no deja que el polvo se adhiera, y cada trazo termina convertido en un manchón sucio que me delata todavía más.
—¡A la mierda! —escupo con rabia, lanzando la esponja al suelo.
El eco de mis propias palabras me retumba en la cabeza: “¿En qué momento te convertiste en lo que más odiabas?”. No tengo respuesta. Solo rabia. Rabia hacia él, hacia mí, hacia la vida que se me escapó de las manos.
Cierro los ojos y me obligo a prometerme algo: no volverá a ocurrir. Nunca más.
Respiro hondo, pero la promesa sabe a mentira.
Bryce… tres años de pareja, tres años de infierno. Todo comenzó como un trato sucio: mis padres, ahogados en deudas, me empujaron hacia él como si yo fuera la moneda de cambio. “Conquístalo, Pascuala. Haz que se fije en ti. Es nuestra única salida”.
Él no era un hombre fácil de mirar ni de tratar: piel morena curtida, nariz grande, ojos hundidos y oscuros, pómulos afilados como cuchillas. Un cuerpo fornido que imponía respeto, o miedo. Y yo, tan desesperada como mis padres, decidí arriesgarme. Jugué a enamorarlo para salvarlos… y me encadené yo misma.
Antes de Bryce, mi vida era otra. Una vida llena de risas, de amigos que me rodeaban como una segunda familia: siete personas maravillosas con las que sentía que podía conquistar el mundo. Entre ellos estaba Alexander… mi amor secreto, mi imposible.
Lo conocí apenas dos meses antes de hundirme en el trato con Bryce. Era todo lo contrario: alto, atractivo, con un rostro que parecía esculpido y un cuerpo marcado, pero lo que más me atraía era su forma de estar, atento, siempre preocupado por los demás. Yo sabía que él también me miraba de otra manera, que había algo en sus ojos cuando coincidíamos. Pero ¿qué importaba? Yo misma había sellado mi destino.
Cada vez que su nombre aparece en la pantalla de mi celular siento que me desgarro. Él me llama casi a diario. Y cada llamada es como una herida abierta, porque intuyo que lo sabe. Sabe que algo me pasa. Tal vez sospeche la verdad. Tal vez su insistencia sea su forma de salvarme sin decirlo.
El celular vibra sobre la mesa. Miro la pantalla. Videollamada de Alexander.
Un nudo me aprieta la garganta. No puedo contestar. No así. No con la cara golpeada, con los ojos hinchados de tanto llorar. Me avergüenza que me vea así, me aterra que me haga la pregunta que no sabría responder.
Dejo sonar hasta que corta. Respiro aliviada… por dos segundos. Vuelve a insistir. Otra llamada.
—¡Mierda, mierdaaaa! —me aprieto la frente con las dos manos—. No me puede ver así.
Corto otra vez. El silencio del cuarto me envuelve. Y entonces, suena el timbre de la casa.
Mi corazón se detiene. Nadie avisó que vendría. Mis amigos siempre llaman antes de venir. Si es mi madre, me culpará a mí. Si es mi padre, mirará hacia otro lado como siempre. Nadie toca ese timbre sin aviso.
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Sálvame...
RomanceUna chica luego de terminar con un infierno vuelve a retomar su vida con pasión y muchas equivocaciones.
