PREFACIO

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3 de febrero 1990

Volvieron a estar juntos en el lago, días después de que las cosas empezaran.

El niño de cabello castaño miraba con ojos perdidos hacia los pilares que reposaban sumergidos en el agua. Eran como dos brazos de piedra plantados a las orillas de un río, su reflejo se proyectaba claramente sobre la superficie del lago.

–Lo volveré a ver–aseguro el pequeño–.Debe estar preocupado por mí, Luis.

Luis intentaba no prestar atención, estaba concentrado en el libro que tenía entre las manos.

–No dudo que lo esté, niño–respondió secamente.

Héctor levantó la mirada con ese ceño fruncido, intentaba parecer maduro. Todo lo Maduro que podía ser a sus once años. Luis puso la mano en su cabeza, revolviendo su cabello.

–Que sí, hombre...

La noche era fría, oscura. Las aguas estaban quietas, como un cielo líquido. Mientras ambos aguardaban, Luis analizaba de nuevo el poema que estaba escrito a tinta en la última página del libro Las Voces. Escrito por una Alba Báez, se llamaba «Espacios»

Héctor tomaba piedras del suelo y las lanzaba al río. Las ondas que producía se separaban al llegar a las columnas, moviendo suavemente el musgo que estás habían acumulado a su alrededor.

–Deja eso–ordeno Luis–.Estate quiero hasta que vengan por ti.

Héctor le miró. No era muy de seguir órdenes, pero había aprendido a temerle a Luis. Apretó la última piedra que le quedaba en la mano y la lanzó todo lo lejos que pudo, se perdió en lo profundo del río.

Luis siguió en lo suyo, Héctor se sentó a su lado.

–¿Quieres leer mientras esperas?–pregunto Luis.

–No... Lee tu–Héctor parecía avergonzado.

Era cierto, no sabía leer muy bien.

«Confundo las letras, volteo las palabras... No tiene sentido para mí, la verdad» era un mal común entre las personas.

Pero siguió en lo suyo, las esperas eran largas y no tenía nada mejor que hacer. Repasaba las mismas letras una y otra vez, tal vez llegara a memorizarlo.

«Y cuando me entere de la existencia de un Dios. Supe que, de ser real, nos había olvidado»

–Luis...– La mano de Héctor se posó en el brazo del mayor–.Creo que... Ya llegaron.

Luis alzó la ceja...
¿Tan pronto?

Levantó la mirada. Héctor se había aferrado a su brazo. Ya no intentaba ser maduro.

A lo lejos un pequeño barco se movía entre las aguas. Su coraza lucía un negro profundo, con un mástil que, de no ser porque Luis ya lo había visto muchas veces antes, hubiera sido difícil de reconocer.

«El rostro dormido de una sirena»

Los remos perturbaban la tranquilidad del agua, un sujeto de piel oscura y el pecho descubierto se encargaba de darles movimiento. Pero eso no era lo más inquietante, si no la otra persona que estaba en el bote.

Se trataba de una mujer alta, demasiado alta, al menos de dos metros y medio. Su piel era tan pálida que el rostro se le distinguía aún en la oscuridad, al igual que las manos, que estaban entrelazadas sobre su falda. Estaba de pie en el barco, inmóvil como una estatua, el vestido negro caía de su cintura como una cascada de encajes, abotonado hasta el cuello y de mangas largas abiertas en la punta. Su cabello estaba amarrado en un moño alto, decorado por un velo oscuro que se resbalaba por sus hombros.

Era majestuosa.

Era horrorosa.

Luis miró a Héctor, la mano que el niño usaba para aferrarse a él estaba helada.

«No importa cuántas veces lo haga» pensó Luis «Nunca es más fácil...»

Tomo la mano del pequeño para ayudarle a ponerse de pie.

–Ven...–susurro Luis suavemente.

–¿Quien es ella?–Héctor no se quería ponerse de pie.

–Es mi amiga...–Luis sabía el procedimiento. Debía hacerlo sentir seguro–.Ella te llevará de regreso...

El rostro del niño se contrajo. Estuvo unos segundos paralizado, luego acepto ponerse de pie.

El bote ya se había acercado lo suficiente. Luis advirtió la expresión en el rostro de la mujer alta, como sus labios esbozaban algo que parecía ser una sonrisa. Se le revolvió el estómago. Ella jamás sonreía.

«Claro que estas sonriente, perra... Él es todo lo que te faltaba ¿Verdad? El primer varón que recibes...»

La luna se levantaba entre las dos columnas, la pequeña barcaza había llegado a la orilla del lago, justo entre las estructuras. El esclavo dejo de remar, quedándose quieto con los remos en las manos.

Luis acercó a Héctor, este apretaba su mano con fuerza. Era la peor parte. Había niñas que gritaban, lloraban, y pataleaban llenas de miedo. Héctor era el primer varón que entregaba. Por lo menos estaba colaborando.

«Su valentía se basa en mis mentiras...»

Las suelas de sus zapatos estaban mojadas por el agua del río que llegaba hasta la construcción.

La mujer no dijo nada, movió su brazo. Este gesto hizo que Hector retrocediera... Luis se puso de cuclillas frente a él, tomo sus hombros.

–Tienes que ser valiente–le dijo seriamente–.Tu papá te espera al otro lado del lago. No le hagas esperar más.

La mentira le ardió en la garganta. Pero esto hizo que el rostro del niño se iluminará.

– ¿Me lo juras?

«Hubiera sido más fácil que patalearas...»

–Sí, lo juro.

Héctor frunció el ceño. Volteo el rostro para mirar de nuevo a la mujer alta. Su mano seguía extendida hacia él, inerte, extendió la suya propia. La comparación era tremenda. La piel de color oliva de Héctor con el blanco enfermizo de la mano de aquella dama.

Ella le ayudo a subir al bote, el niño fue hacia atrás y se sentó cerca del remero. Este volvió a mover los remos, desprendiéndose otra vez de la orilla.

Héctor no dejaba de mirar a Luis, y no dejo de hacerlo mientras se alejaba más y más. La barcaza fue tragada por una neblina lejana, con la figura de aquella mujer como un faro en la oscuridad...

Se mordió los labios, allí donde estaba la cicatriz. Y de ese modo, otra vez, había entregado un infante hacia El Atrio...

«Este es el primer paso» debía recordarlo. De lo contrario la culpa le iba volver loco.

«El primer paso para acabar con esto...»

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Holaa, espero que hayan disfrutado el prologo. 

Aviso que esta historia esta todavía siendo editada, me ayudarían mucho si avisaran cada vez que notan cualquier error ortográfico o de redacción. 

¡Gracias! 

El AtrioWhere stories live. Discover now