Capítulo 1

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Lena acababa de aterrizar en la capital hacía a penas unas horas cuando ya decidió comenzar a plantear su rutina allí. Lo primero que hizo al llegar fue buscar un gimnasio en el que poder entrenar, algo que para ella era indispensable en aquel momento. Una vez encontró lo que buscaba con las tres B (bueno, bonito y barato) y cerca de su piso de estudiante, se preparó para salir a arreglar los papeles de la universidad. Había pedido la conocida beca Séneca, para poder hacer un año en otra universidad española. Eligió Madrid pues adoraba la ciudad y, además, se había propuesto dejar de soñar e intentar comenzar una carrera como modelo profesional. En Cádiz, su ciudad natal, no había pasado de algún catálogo suelto y de ser la imagen de alguna tienda. Las oportunidades en el modelaje allí abajo eran limitadas y aprovecharía su beca para intentar suerte en la gran ciudad.

Llegó al metro, lo cual era un mundo nuevo para ella. Allí abajo, estaba acostumbrada al autobús urbano y, como mucho, al tren de cercanías. Intentó no perderse en el primer día pero quedó en eso, en un intento. Se bajó cuando fue consciente de que estaba yendo en otra dirección porque se había equivocado de línea. Al bajar, pidió ayuda a una señora de unos cincuenta  años que, muy amablemente, le indicó la línea que debía tomar para llegar a su destino. Cuando llegó a la universidad, se dio cuenta de que ese no iba a ser su mejor día y es que su facultad se encontraba cerrada por ser el día del patrón. Todo estaba saliendo a pedir de boca. En ese momento supo que lo mejor era volver e ir a probar el gimnasio que había visto en internet. Necesitaba desfogar y no había nada mejor para ella que hacerlo con un poco de ejercicio. Pasó por delante del gimnasio pero decidió que antes pasaría por su casa para ponerse ropa más cómoda, coger una toalla y un neceser con las cosas de aseo para darse una ducha allí mismo. Quince minutos después, entraba por la puerta del gimnasio el cual le pareció muy bonito desde que entró.

El chico de recepción fue muy amable con ella y le explicó el tema de las cuotas, como también las reglas y el funcionamiento de la sala de entrenamiento. Tras esto, le hizo el pase temporal que ofrecían de prueba y pudo entrar al vestuario de chicas. Allí se dio cuenta que cada usuario llevaba su candado para la taquilla y es algo en lo que ella no había deparado. Se dejó caer en uno de los bancos para cambiarse y resopló.

—¿Tu primer día  y sin candado? No te preocupes, nos pasa a todas —dijo una voz que provenía de su espalda.

—¿Qué? Ah, sí. Llevo un día de locos y... —comenzó a decir Lena.

—No te preocupes, pon tus cosas en mi taquilla. Yo estaré por aquí mucho rato y me puedes pedir la llave cuando lo necesites —le ofreció la joven.

Lena se fijó bien en ella y descubrió que en su camiseta tenía el logotipo del gimnasio.

—¿Trabajas aquí? —preguntó.

—Sí, soy una de las monitoras y como no me de prisa no llegaré a la clase de Body Pump a tiempo —le contestó mientras le quitaba la bolsa de las manos para meterla en su taquilla.

Si hubiera sido cualquier otra persona, seguramente habría declinado la oferta pero tratándose de una trabajadora del centro, no tenía porqué no fiarse. 

—Mira de aquí a una hora estaré en la sala 1 con la clase dirigida y luego estaré por la sala de musculación. Búscame cuando te haga falta y te daré la llave. Luego no hace falta que me la traigas, déjasela al chico de recepción y le dices que es mi llave —comenzó a decir a gran velocidad—. Por cierto, me llamo Miriam.

Terminó la frase y salió a toda velocidad del vestuario. Lena se ató bien los cordones de la zapatilla y también subió a la sala. Solo llevaba su Iphone y los Airpots con los que escucharía música mientras hacía su rutina de ejercicios. No sabía si iba a poder adaptarla a las máquinas que tuvieran allí pero debía intentarlo. Cuando llegó a la sala principal vio como justo a la izquierda de la puerta había un pequeño mostrador con un monitor, que se levantó enseguida al verla entrar con cautela y mirando todo muy perdida. Se presentó como Álex y le hizo un pequeño tour por las instalaciones. Una vez terminó, volvió a su puesto, no sin antes ofrecerse a resolverle cualquier duda que le pudiera surgir. Antes de irse a la zona donde se encontraban las cintas de correr y las bicicletas estáticas, hizo una parada en una de las máquinas para comprar agua. Ni en eso había caído antes de ir al gimnasio.

Vio que justo en la esquina quedaba una única cinta de correr libre y aceleró el paso antes de que alguien se le adelantara. Estaba claro que había acudido a hora punta y que no era un gimnasio tan grande como aparentaba en las fotografías que había visto en su web. Se montó en la cinta pero se quedó mirándola con cara de boba buscando los botones necesarios para hacerla andar. El chico de al lado pareció darse cuenta y eso la hizo sentir más estúpida todavía.

—¿Nueva en el gimnasio? —le preguntó el chico con una sonrisa.

—En el gimnasio y casi que en la vida... —pensó que bromear de sí misma estaría bien para no parecer tan idiota.

Era un chico más o menos de su edad, quizás dos o tres años mayor que ella. Rápidamente supo que él no sería nuevo en el gimnasio pues se le veía que tenía un cuerpo bien trabajado, sin llegar a ser excesivo. Sin duda lo que más le llamó la atención fueron sus ojos verde intenso y una sonrisa blanca que parecía sacada de un anuncio dental. No se dio cuenta de que se había vuelto a quedar con cara de boba mientras le miraba y no había atendido a ninguna de las explicaciones que el chico le había dado.

—¿El qué? Perdón... —si todavía no pensaba que era imbécil, ahora se lo había dejado más claro.

—No te preocupes —dijo mientras soltaba una carcajada.

Volvió a explicarle donde debía darle para iniciar la carrera, donde aumentar y disminuir la velocidad y la manera de pausar la máquina. Además le aconsejó que si era su primer día no hiciera más de quince minutos a gran velocidad o sus piernas la odiarían al día siguiente. Terminaron a la vez con esa máquina pero él siguió siendo su guía en aquel entrenamiento. Ella llevaba su rutina de ejercicios en el móvil y él le aconsejó cuales eran las máquinas que debía usar para adecuarla a ese gimnasio. La verdad que fue toda una ayuda dar con él porque se encontraba tan perdida. Ella odiaba a los moscones del gimnasio pero el chico no estaba siendo uno de esos. Todo era amabilidad en él y eso se notaba. Justo terminó con su turno en una de las máquinas y cedía el puesto a su compañero cuando su teléfono comenzó a sonar. Era Silvia, una de sus compañeras de piso y no tenía buenas noticias. Las echaban del piso y tenía que ir a por sus cosas rápido o el casero amenazaba con dejarlas tiradas en la calle. ¿Qué demonios estaba pasando aquel día? El karma le estaba jodiendo y no sabía bien porqué. Solo atinó a decirle adiós al chico y salió corriendo a buscar a Miriam. Tenía que llegar al edificio cuanto antes y enterarse de qué estaba pasando.

#TeBuscoATiWhere stories live. Discover now