I
Aquel día llevaba el cabello atado en una firme coleta, además de unos cómodos vaqueros viejos y una camiseta básica de color blanco. Esa misma mañana, al salir de su casa, Pablo le había halagado por lo bien que le quedaba aquella camiseta antes de marcharse para comenzar las negociaciones con el PSOE. Ella había sido la encargada de dejar a sus tres hijos con la abuela de los mismos, antes de dirigirse al Congreso a trabajar. Desde entonces, el tiempo pasaba extremadamente despacio. Había comido los macarrones con tomate que su madre le había dado al dejar a los niños.
Montero daba pequeños golpes con el bolígrafo sobre el escritorio de su despacho, nerviosa, a sabiendas que Pablo debía hablar con Pedro para tratar de llegar a un acuerdo beneficioso para ambos. En verdad, lo que le preocupaba a la número dos de UP era que se pudieran aplicar políticas que beneficiasen a la clase obrera. La portavoz no lograba concentrarse en la serie de propuestas que estaba leyendo, las palabras daban vueltas por su cabeza a medida que trataba de realizar una lectura comprensiva subrayando con su stabilo bros favorito —el de color morado— los puntos a destacar del texto.
Toda la campaña electoral había sido muy dura, con presupuestos por todos lados y tratando de llevar la cuenta de todos los gastos que debían pagar con el dinero que les confiaban los afiliados al partido para demostrarles que sus inversiones realmente servían para financiarles. El día anterior, tras votar en su correspondiente colegio electoral, simplemente había deseado irse a la cama durante todo el día. A pesar de ello, había aguantado reconfortando los nervios de su marido —ella también estaba nerviosa, solo que lo disimulaba mejor— y aguardando que se completase el escrutinio. La rabia impregnaba su cuerpo al observar como lo que ella conocía como ultraderecha había superado a su partido en escaños, logrando más de cincuenta para el grupo verde. Teniendo eso en cuenta, ahora tendría que cruzarse con aún más diputados fachas a diario. Mientras Irene pensaba en si Pedro y Pablo llegarían a algún tipo de acuerdo, su móvil vibró sobre la mesa.
Sus ojos se desviaron a la pantalla para poder leer el mensaje que le enviaba Noelia Vera, compañera y amiga suya. En este explicaba brevemente que estaba con Ione e Idoia en el parque junto a la boca de metro Ciudad Universitaria, y le preguntaba si quería que la esperaran para ir a tomar un par de birras por algún bar que quedase cerca llegando a él mediante el metro. Irene escribió rápidamente que la esperaran, que en quince minutos estaba allí. Sin duda alguna, necesitaba un descanso, y dada la falta de concentración en lo que debía hacer salir con sus amigas era la mejor opción.
Agarró la chaqueta de cuero negra que estaba colgada en el perchero, más fina de lo que debería para ser invierno teniendo en cuenta el frío que hacía en Madrid durante aquella época del año, y dejó los papeles tirados sobre el escritorio de su despacho para ir en busca de sus compañeras de grupo parlamentario —y amigas—, con intención de hacerlas esperar el menor tiempo posible. A Montero le apetecía mucho desconectar, reírse un poco. Con la tensión de la situación actual, las cosas con Pablo en casa no estaban especialmente bien, ya que el podemita llevaba cosa de un mes especialmente irritante, y no quería que la actitud de su marido repercutiera en los niños. Así que cuanto mejor humor tuviese, más sencillo sería aguantar lo estresante que podía resultar Iglesias.
Salió por la puerta principal de la Moncloa mostrando sus credenciales a la seguridad, y se colocó los cascos que llevaba en el bolsillo de ls chaqueta. Pulsó el play, y comenzó a caminar rápidamente en dirección al parque. El viento le golpeaba el rostro con suavidad, acariciándole mientras que ella tenía una enorme sonrisa en el rostro. Montero llegó al parque cuando la playlist iba por la quinta canción, deteniendo a Fito y Fitipaldis cuando estuvo a unos metros de sus amigas. Noelia, Ione e Idoia estaban sentadas en un banco cercano a la boca de metro, hablando entre ellas y muy sonrientes. La recién llegada se acercó sigilosamente, aunque no le sirvió de nada.
—¡Mierda! —se quejó por no haber podido asustarlas—. ¡Idoia, preciosa! ¿Cómo tú por aquí? —preguntó Montero, mientras que abrazaba a la eurodiputada con todas sus fuerzas.
—Había que haceros una visita, ¿no? Que se me va a olvidar cómo hablar castellano —bromeó Idoia—, putos ingleses. No hacen nada más que decirnos a los demás que no nos entienden —explicó a las presentes—. "In english, please" —imita el acento inglés, carcajeando.
—Qué exagerada eres, anda —la portavoz soltó una carcajada mientras que escuchaba a su compañera.
—Venga, venga, dejaros de cháchara. ¿No íbamos a ir a por unas birras? —interrumpió Ione, señalando con la cabeza la boca de metro. Se la notaba ansiosa por meterse alcohol en el cuerpo.
Noelia también soltó alguna que otra risa, mientras que las cuatro podemitas avanzaban hacia la boca de metro. Las voces y carcajadas aumentaban según bajaban cada uno de los escalones, compartían historias sobre viajes y las diputadas le explicaban a Idoia su día a día en el Congreso. Afortunadamente, no estaban en una hora punta y las políticas no llamarían la atención. Mientras que sus compañeras pasaban por los tornos delante suya, Montero sacó el móvil del bolsillo. Se detuvo con este en la mano con intención de avisar a Pablo y después desconectar del mundo virtual para centrarse en sus amigas de carne y hueso.
«Está Ido por Madrid, asiq vamos a irnos de cañas. Vete tú a recoger a los nenes, porfa, que los he dejado con mi madre esta mañana.»
La podemita no obtuvo respuesta inmediata por parte de su marido, pero supuso que sus hijos estarían bien igualmente. No guardó el móvil hasta que Belarra le gritó desde el otro lado que se diera prisa, y utilizó su tarjeta para atravesar los tornos. Siguió a sus amigas, las cuales se metieron en el primer metro que pasaba por allí, bajándose minutos después. Entre muestras de afecto y carcajadas, las podemitas llegaron a un bar donde tomar algo, por lo que tomaron asiento en una de las mesas que había por allí.
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Tan solo un juego (Irenés)
FanfictionInés Arrimadas e Irene Montero jamás quisieron que eso pasara. Sus vidas, sus carreras, todo estaba en juego. Pero ninguna era consciente de cómo podría llegar a afectarles un simple beso.
