Juan, Juanillo, Juan de Mairena, o simplemente Don Juan. Acodado a la borda, junto al bauprés, miraba la monótona extensión del océano en calma chicha. Hacía días que languidecíamos en aquel mar sin vientos. A fe mía que así nunca llegaríamos a las Indias. En estas y otras cosas pensaba, bajo un sol de justicia, esperando siempre que se levantase al fin una brisa mediana que nos acercase al fin a Tierra Firme. Juan. El Juan que había sido quedaba en Sevilla. Fue mi padre hidalgo viejo, natural del barrio de la Santa Cruz, Dios le tenga en el cielo. Fuese a las guerras de Flandes siendo yo chico y ya jamás le vimos, ni mi madre ni yo. Pues eran sus rentas menguadas volvió mi madre a los oficios que al casarse había abandonado: tundidora de voluntades, reedificadora de doncellas, restituidora de virgos. Y no le iba mal, de no ser por las redadas ocasionales que los corchetes del rey o los agentes de la Santísima Inquisición daban en organizar, en las cuales invariablemente acababa yo solo y desamparado. Mas al cabo de pocos días siempre volvía, para gran contento mío y de sus muchos amigos. Decían algunos que tenía artes que los cristianos viejos desconocían, otros que conservaba adeudos en la alta sociedad, los más que cambiaba dos de oros que ganaba con el dos de bastos.
En las calles de Sevilla los chicos aprendíamos rápido. Eramos cristianos viejos, hidalgos, pardiez, mas sin las rentas de la soldada, qué otro futuro podía yo procurarme que no pasara por la germanía? Así aprendí el flux, el primero, las siete y media, y a correr de los alguaciles. Todos los ardides dominé antes de cumplir los siete. Mas era otro el sino que el futuro me deparaba. Y puesto que era de natural piel rosada, facciones proporcionadas, crespos cabellos y miembros ligeros y fuertes, al fin di en conocer como las mujeres de todo tipo y condición me miraban y admiraban. No contaba aún trece años cuando yací con una prima de mi madre, y allí se me abrieron los cielos. Al principio eran primitas mías, criadas, doncellas de pueblo que venían al mercado de Sevilla. Mas pronto fueron señoras, condesas, mantenidas de grandes de España. Comencé a vestirme de jubones acuchillados de finas telas de Flandes, calzas de los mejores tundidores del reino, botas de cuero, rojo chambergo coronado por dorada pluma de faisán, a frecuentar los mejores círculos aristocráticos. Todo lo había conseguido mi olorosa piel, mis artes amatorias, el coloquio de los muchos libros que devoraba, impresos en Gante, en Toledo o Lisboa. El día que mi madre, Aldonza de San Luis, dejó este valle de lágrimas, partí para Salamanca. La educación de la más alta cumbre de las letras hispanas me había procurado mi amistad con una señorona de Osuna, la distancia la sospecha de su marido, un extremeño recio y celoso.
Mal negocio – dijo un fortachón, arrimado a la borda, a un par de pasos, retorciendo el bigote – Mal negocio –repitió, con la vista clavada en el horizonte.
Juan de Mairena – dije, mirando donde el miraba. Parecía un viejo soldado, la cara surcada de cicatrices, un tahalí cruzado a la espalda, espada al cinto.
Felipe de Oviedo – contestó – veterano de las guerras del rey en Italia. Y aquello son piratas, a fe mía.
Referíase el tal Felipe a una nao de buen porte, velas desplegadas y pendones gallardos ondeando al escaso viento. El sol se ponía tras ella, ocultándonos tres filas de cañones fundidos en las fábricas de Manchester. Después todo fue muy rápido. Un estallido, un corto silbido, una erupción de agua caliente y salada, junto a la popa, que el viento trajo a mis labios. Luego otra, y otra más, con idéntico resultado. Y los hombres vociferando, la pequeña dotación de nuestro barco corriendo de aquí allá, aprestándose a la lucha, mosquetes, corazas, yelmos y espadas emergiendo de las sentinas, rodando de mano en mano. Bajo el puente niños que corren con pólvora negra, sirviendo los cuatro falcones de los que disponíamos, corpulentos marineros empujando las moles metálicas hacia estribor, los torsos desnudos, empapados en sudor caribeño.
Vengan las dueñas a mi cámara, los hombres salgan todos a la cubierta – tronó la voz del maestre, un fornido anciano con muchos años de mar a sus espaldas, en calzones y camisa de noche, empuñando él mismo un digno acero toledano. La nao del inglés cerraba ya contra la nuestra, inerme al feble viento de los Sargazos, hundida hasta los penoles por su mucha carga. Y fue aquí cuando, al fin, el primero de sus obuses impactó contra nosotros. Como en Flandes. El silbido que no oyes, ese, te trae la escopetada que te mata. Así fue también, el obús barrió la cubierta haciendo grande matanza, Dios guarde las almas de los que allí la entregaron. Derribóme a mí también, y por mor del grande estruendo, del azufre que invadía la nao entera, vime caído, desamparado, el juicio perdido. Duró aquello apenas dos instantes, parecióme sin embargo que la eternidad ante mí se abría, si no fuera porque el buen Felipe me socorriese y me dijese palabras de aliento, forzándome a levantarme, a retomar mis armas.
Vuestra merced se tenga, y tome la espada, que ya el inglés nos encima! – dijo el gigante, oscura sangre rezumándole de la mejilla
Y a fe mía que había razón, vuestras mercedes juzguen, pues en un santiamén sintióse grandísimo tremor, que tal parecía que las fauces del infierno bajo nosotros se abriesen, y miré a mi alrededor y vi que perdidos estábamos. Horrísona descarga de arcabuz diezmó primero a los nuestros y ya luego hordas de piratas a la cubierta saltaban, alfanje en mano, los menos con daga y pistola. Humos de pólvora velaban la vista, el griterío era ensordecedor y, no sé bien, vuestras mercedes me disculpen, pero víme transportado a los canales del maldito Flandes, frío húmedo calándoseme en los huesos, el tercio viejo de Cartagena cargando. Y grité aquello de “cierra España”, y en mi sola compañía acometí a los piratas, buscando de frente la muerte, supongo.
La noche se cernía sobre nosotros, más el fuego y el entrechocar de las armas no cedía. Allá adelante un pequeño grupo de españoles resistía aún las cargas del inglés, parapetado en el castillete de popa, la cruz de San Andrés tremolando a sus espaldas, acribillada por la fusilería enemiga. En el resto del puente los escasos españoles, aislados, exhaustos, vendían cara su piel, defendiéndose a mandobles de los muy numerosos herejes, que el diablo mismo vomitaba de su negra embarcación. Ábrome paso entre ellos, metiendo la herreruza hasta los ollares al primer hereje que me sale al paso. Siento a mi lado la respiración entrecortada de Felipe, los jadeos de tres o cuatro españoles más que me siguen. Me vuelvo, paró la estocada de un pirata con dificultad, y ya otro me acomete, daga en mano, y fuera allí mi fin, de no entrarle la espada de Felipe por la garganta en ese momento, de modo que su grito, hecho de sangre viscosa y caliente y horror y muerte, me ennegrece el herreruelo. Y con hábil finta esquivo su cuerpo, que se desploma y estorba la estocada de mi contrincante, momento que aprovecho, desde el suelo, para clavarle la daga en los ijares. Da el hereje tremendo grito de dolor, escápale la vida a borbotones, y allí le dejo, entre estertores, y me incorporo. A mi espalda le remata un compañero, y seguimos avanzando, en rápida y mortal cuña, y ya ganamos la escalera del castillete de popa. Desmayan los hombres del maestre, acometidos por todos lados, mas la sola vista de nuestra hazaña levanta sus ánimos.
Don Juan de Mairena, veterano de las guerras de Flandes, a fe mía que a estos herejes les costará sacarnos el pellejo, maestre – le digo, mientras su mano estrecho, y el anciano levanta la vista, y en ella relampaguea una nota de orgullo, de dignidad ante el fatalismo
A fe mía, Señor Don Juan – responde, la voz clara, altiva, y se cala el chambergo, y empuña la espada, y mira el cielo, y hace algo que ni nosotros, ni sus leales, ni mucho menos los ingleses se esperan. Toma la enseña de San Andrés en una mano, el acero en la otra, se levanta con dificultad, y arremete a los ingleses, que menudean ya en el baluarte. Todos le seguimos, gritando como posesos, seguros de encontrar ya al Altísimo. Mas los piratas retroceden, en número de cien desbaratado su afán por la carga de diez, doce españoles mal armados, heridos, sus fuerzas flaqueando y sus ropajes chorreando de sangre amiga y enemiga. Y ya alcanzamos su nave cuando nos alcanza fatal fusilería. La carnicería es horrible, ciegos de sangre hereje avanzamos. Cae el maestre, arcabuz descerrajado en su rostro que abre terrible agujero en morrión y cara. Caen mis compañeros todos, hasta que solo Felipe y yo, espalda con espalda, daga y espada descargando en todas direcciones, resistimos al pirata.
Y entre mandoble y mandoble, vuelvo un poco el rostro, buscando entre el fragor del acero que bien me escuche, y dígole, la voz en alto.
- Señor Don Felipe, veterano de las guerras de Italia, aquí nuestra alma entregamos. Mas qué buena muerte, con vos tan grande carnicería de herejes hacer. Quedad con Dios!
Y responde él “Señor Don Juan, al infierno mismo os seguiría, y a fe mía, que he de hacerlo hoy!”
Y ambos reímos, reímos como posesos en la cara del inglés. Reímos hasta que la cortina negra sobre mis ojos se abate.
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Islas de Barlovento, o cómo robar la flota de Indias
Adventure1630. La guerra de los treinta años asuela el corazón de Europa. Mas en las doradas arenas del Caribe se libra otra batalla: la guerra del oro. Sigue a Juan de Mairena, un veterano de Flandes, en su nueva vida en el Nuevo Mundo, y descubre qué secre...
