Primera parte

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La luna en su cenit bañando la noche terrenal con su luminosidad, a la que nada escapa de su visión delatora de las sombras, como aquellas bien marcadas en rauda persecución. Sin descanso y en carrera frenética van el cazador y su presa. El cazador con sus ropas hechas girones y desgarradas era impasible; ramas, arbustos, piedras nada importaban ante la hirviente necesidad de sangre que clamaba su ser. Atrás quedaban los vestigios de un pasado reciente, un pasado con apellido y familia.


Los Azcuénaga, familia vasca de numerosas ramificaciones y en gran medida siempre involucrados con el comercio, vieron bastas posibilidades en el nuevo mundo; de modo que, don José de Azcuénaga y sus tres hijos, Carlos, Juan y la pequeña Micaela emprendieron el largo viaje a través de la mar Océana, desembocando, y con paradas transitorias, en los puertos de Cartagena de Indias, Portobelo y finalmente en el Puerto del Callao; a partir de allí el viaje continuo por vía terrestre hacia el sud por el viejo camino real de los Incas, hasta llegar a la ciudad de Londres de la Nueva Inglaterra, y finalmente a la estancia comprada hace un par de años, administrada por un lugareño, y capataz, de nombre Pablo, quien velaba por los intereses de su señor en la nueva tierra.


Don José era un retirado del ejército, sirvió a la corona española en la guerra de sucesión que termino con Felipe V, de la casa de los Borbones, como rey del imperio. Pudo haber aspirado a un alto cargo, pero la situación delicada de su amada mujer, Clementina, luego del parto de su hija, echaron tierra sobre los planes. Clementina fallecería poco después con tan solo veinte primaveras. Carlos el primogénito, gozaba de un carácter muy despreocupado y haragán en comparación a Juan, quien poseía un brío emprendedor envidiable que solía llevarlo siempre a la búsqueda de conocimientos nuevos. La pequeña Micaela, la más mimada y consentida de la familia, con el correr de los años se tornó en una hermosa jovencita llena de vida, aunque, para desgracia de su sobreprotector padre, de un carácter muy indómito y colérico, muy diferente al de su difunta madre con la cual solo compartía el parecido físico.


Los años pasaron y los Azcuénaga prosperaron en el nuevo territorio, dedicándose especialmente a la cría de llamas y la producción de lana e hilado para la exportación. Esto les hizo ganarse un gran respeto en la región, sobre todo con sus arrendados y peones, que vieron mejores tratos y paga de los recién llegados vascos.


Cierta noche otoñal, en que la familia se encontraba cenando plácidamente y, don José le manifestaba a su hija que prontamente emprendería un viaje de negocios para buscarle un buen marido; Golpes exasperados se escuchan en el pórtico de la estancia rompiendo el silencio de la noche. Eran los débiles golpes y gritos de un pequeño hombre ya anciano y consumido en penurias que se desmoronaba ante la inmensa puerta de algarrobo. Se aferraba de un pequeño libro forrado en cuero, como si su mera existencia dependiera de ello. Al llegar al portón, se percataron de que el pequeño hombre era un jesuita; rápidamente don José ordena a sus hijos levantar al pobre y llevarlo a una de las habitaciones de huéspedes, en tanto le pide a su hija que prepare paños, agua y ungüentos para el maltrecho visitante.


Los días transcurrieron desde aquella inesperada visita, y el religioso no había despertado. Micaela, pese a su carácter rebelde, siempre mostro un genuino interés por los más desafortunados, así que fue quien se quedó al cuidado del anciano. Más tarde, le relataría a su padre como el sacerdote murmuraba palabras extrañas entre sueños que no llegaba a comprender, mientras se retorcía en violentos espasmos que tan rápido como llegaban se iban. Pablo, que por pedido de su patrón fue a investigar la procedencia del visitante, informo que el cura no pertenecía a ninguna de las misiones aledañas, y que, por el rastro dejado, éste parecía venir del huyendo del norte, posiblemente de alguna emboscada de indios renegados. El libro que portaba tampoco sirvió de nada para identificarlo; escrito en lo que parecía ser una lengua semítica, contenía instrucciones de algún tipo de fusil con hacha, arma no tan extraña para un veterano del ejército imperial, de no ser por el mecanismo de llave tan poco convencional que mostraba.


Finalmente, luego de semanas de agonía, el desconocido padre abandona el mundo terrenal y se entrega a los serenos brazos de la muerte, no sin dejar todo un halo de misterio sobre su persona para quienes lo atendieron durante sus últimos momentos. Sus restos, con excepción del manuscrito que llamó poderosamente la atención del dueño de la estancia, fueron llevados a la misión más cercana para darle cristiana sepultura luego de la misa pertinente a la cual asistió la familia Azcuénaga.


De regreso a la finca, don José redacta una carta dirigida a Barthélemy, un viejo abate francés amigo de la casa, con amplios saberes en lenguas semíticas y alquimia. En el escrito, le pone al tanto de la situación vivida y del mucho interés que le despertaba el saber más de este mecanismo, y adjunta una transcripción con esquemas cuidadosamente tratados, para ser lo más fiel posible a los originales y de esa forma facilitar la traducción. Más de medio año pasaría antes de recibir las notas en castellano junto a una carta muy peculiar del viejo abate.


A mi estimado Señor, don José de Azcuénaga.


Mi querido señor, tal cual lo solicitó hice lo posible por traducir el manuscrito a vuestra lengua castellana. Sepa usted que el trabajo fue arduo, ya que las notas se encontraban, en su mayoría, en Transitus Fluvii, una de las ramas menos conocidas del hebreo antiguo, hasta me atrevería a decir que incluso puede ser más arcaica, ya que algunos caracteres me resultaron indescifrables, aun con la ayuda de los libros de Agrippa de Nettesheim, que fue un erudito en estos temas. Sepa también, mi señor, que no me tome por inoportuno al hacerle unas recomendaciones, teniendo en cuenta la estima que le profeso y que jamás buscaría que algún mal cayese sobre usted o sus seres queridos, es por ello que le solicito encarecidamente, que una vez saciada su. curiosidad, deje todo este tema de lado y de ser posible queme ese manuscrito. Se que le parecerá ilógico que luego de mandarle las traducciones sea yo mismo el que solicite la eliminación inmediata de las misma y los originales, pero una fuerza mayor a mi voluntad, y que me es desconocida, me impidió hacerlo. Varias fueron las noches que intenté quemar el trabajo que me encomendó, y varias veces el deseo cayó en la nada misma, poseído por una ferviente sed de conocimiento sucumbí ante la tentación. El contenido herético de los conjuros, las invocaciones para solicitar el amparo de dioses primigenios, así como las listas de elixires y ungüentos con finalidades malsanas, solo auguran desgracias para quien las ponga en práctica. Me temo que estamos tratando con algo que va más allá de la comprensión humana. Entre los elixires, como podrá leer, se encuentran algunos con la capacidad de ampliar los sentidos y poder percibir lo que antes se está oculto, así como facilitadores de algún tipo de conexión con otro plano ¿El de los dioses o demonios quizás? El fusil en sí, no parece pensado para los conflictos humanos; todo en su proceso, materiales y conjuros dan a entender que su propósito es la casería ¿Pero de qué? No lo sabemos y realmente espero no saberlo nunca.


De todo corazón, ruego que usted tenga en consideración mis palabras, y albergo algo de esperanza sobre ello, ya que, como vera mientras revise las notas, hay materiales fantásticos que en nada tendrían que envidiarles a las viejas recetas chinas de la inmortalidad; no sé dónde uno pueda sacar huesos de Ghuls o sangre de sabuesos de Tíndalos. Y si lo dicho no es suficientemente desalentador, unos de los materiales para los proyectiles es el fulminante de mercurio, que como vuestra merced sabrá, es un compuesto muy inestable y altamente explosivo. Nuevamente le ruego olvide todo este asunto y dedique su tiempo a la familia y negocio que tanta prosperidad le trajo la fortuna. Estaré orando para que nuestro Señor no lo aleje del buen camino.


Siempre a vuestro servicio, Barthélemy de Lyon.


Terminada de leer y con una breve meditación, don José toma la decisión de poner las advertencias del viejo abate en un segundo plano, puesto que la tentación que el artilugio despertaba en su ser era muy potente. Sintiéndose poseído por un gran fervor y con un ímpetu no visto desde su juventud, solo faltaba ponerse manos a la obra.

En el valle del frenesíStories to obsess over. Discover now