Imprevisto

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Cada ser humano, además de distinguirse entre femenino u masculino en base a las características físicas de su organismo, posee la particularidad de presentar una segunda naturaleza innata en su interior.

Este carácter secundario es quien define arraigadamente su posición en la sociedad. Sus limitaciones y obligaciones. Así como también sus fortalezas y debilidades.

Una condición mantenida silenciosamente latente dentro de cada individuo hasta la edad de 13 años. Edad alrededor de la cual, comienza el proceso de desarrollo físico y de maduración hormonal, que acaba diferenciando a un niño de un adulto. Y por tanto, un momento crucial, donde cada sujeto se presenta ante sí mismo y los demás, como parte de una de las jerarquías conocidas.

Esta característica intrínseca, arcaica y categórica, es un continuo recuerdo de lo que la gran mayoría de las personas prefiere ignorar. Y eso es que, en el fondo y a pesar de todo, continuamos siendo animales.

Y el ser humano ha demostrado con creces ser el peor de todos.

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El sonido nervioso de un par de pasos acercándose rápidamente fue lo que trajo consigo su consciencia de vuelta a la realidad. Ocasionado la minúscula apertura de orbes plateados hacia la oscuridad.

Completamente restringido, hambriento y en las más lamentables condiciones, el joven moreno allí presente, yacía encadenado de cuello, manos, y pies a la horrible y húmeda celda que venía asemejando su hostal desde hace ya casi una semana. Cuando por un error ingenuo, decidió ceder su libertad por de alguien más.

No se arrepentía. Para nada. Y no había dudas de que volvería a tomar aquella misma decisión en alguna otra ocasión. Más, lo que si detestaba era lo mucho que había tardado en liberarse. Subestimando estúpidamente a sus captores.

Cuando los pasos alcanzaron la celda que contenía al joven muchacho. Este no les digno en reconocimiento. Mantuvo la cabeza gacha, la respiración imperceptiblemente uniforme y el cuerpo suelto.

Dos hombres se posaron tras las rejas. El primero, muy alto y escuálido, miraba a joven prisionero con una sonrisa burlona decorando sus grandes labios. Mientras que el otro, diminuto y encorvado, se mantenía alejado, apuntado con la lámpara de gas hacia el interior de la celda para iluminar el lugar.

─ Se que estas despierto, mocoso.─ resopló con diversión el más alto.

Rebuscando en los bolsillos de su gran abrigo morado extrajo, con un dulce tintineo, el llavero que le permitiría ingresar a la celda.

─ El Joven Amo dijo que eras obstinado.─ musitó para sí mismo aquel hombre mientras abría la puerta e ingresaba. Dejando su compañero tras.

─ Seguramente se sorprenderá gratamente cuando vea en lo que te has convertido. ─ sonrió orgullosamente el hombre.

Se detuvo a pocos centímetros del moreno, e inclinándose levemente de rodillas para estar a la altura de los ojos del prisionero, busco cualquier signo de atención. Pero el joven moreno no le dio en el gusto.

─ Eres realmente incivilizado.─ gruño el hombre alcanzándole del cabello y levantándole la cabeza.

Debido a la mordaza en su boca el joven moreno no podía articular palabras, pero con el rostro al descubierto, el brillo de ira pura iluminando por completo aquellos escalofriantes orbes plateados podrían haber aterrorizado a cualquier débil de corazón. E incluso cierto temor se asentó en la boca del estómago del carcelero. Pero como todo hombre iluso con falsa sensación de poder, simplemente enterró aquella sensación, y sonrió aún más inmensamente en su arrugado rostro.

Manada de LobosTempat cerita menjadi hidup. Temukan sekarang