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Historias de Eilidh

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Historias de Eilidh

Lucía González Lavado

Introducción

La brisa era suave y agitaba las ramas de los árboles. Parecían que cobraran vida, que sus ramas fueran largos brazos retorcidos que quisieran atrapar a todo aquel que osara caminar a su lado.  

Extrañas plantas poblaban el mismo bosque. Eran gigantescas, de tallos rojos como la sangre. Sus capullos eran todos diferentes; algunos en forma de rosa, otras de campana y sus colores variados. Desde el triste negro hasta el extraño azul. Pero lo más peculiar era ver como cobraban vida cuando alguien pasaba junto a ellas. Tentáculos de diferentes tonos salían de su interior para engullir a toda presa que pensase en ellas como meras flores.  

El lugar resultaba aterrador y la noche siempre le acompañaba, donde únicamente había luz cuando los relámpagos rasgaban el cielo. 

Todo parecía desierto, excepto por Corín. Caminaba con cuidado, vigilando cada paso que daba, hasta dejar el bosque y ver la gran estructura. 

Era un castillo de piedra negra y gris. Tenía hasta un total de cinco torres. Las dos de los extremas eran negras, terminaban en punta y muchas más cortas que las restantes. Las del centro estaban a la misma altura, todas grises y terminaban en torreones. Toda la estructura estaba rodeada por una gran muralla, haciendo impenetrable su invasión e incluso hacer más difícil escapar de sus sucias criptas que escondían todo tipo de secretos y criaturas despiadadas.  

No era la primera vez que Corín veía esa mole. Desconocía que escondía, pero la misma sensación de siempre la embargaba: miedo, confusión y unas ansias desesperadas por salir de allí.  

De pronto las puertas de la muralla se abrieron. Brumas negras salieron del interior. Tenían el aspecto de espíritus y comenzaron a rodearla, rondándola sin parar. Y aunque la chica corría e intentaba escapar de ellas, esas cosas eran más ágiles y mientras más tiempo pasaba en el círculo que ellos habían formado a su alrededor, más agotada se sentía.  

Extenuada cayó de rodillas. No veía nada ni nadie, pero de repente las circunstancias cambiaron. Algo puro y blanco irrumpió en la negrura de la noche. Andreas y bellas plumas níveas comenzaron a caer de "algo" que volaba por allí y por unos instantes, la claridad dominó aquellos parajes.

Aldea de los Almendros

Un golpe en el hombro despertó a Corín. Lo hizo confusa debido a lo frecuentado del sueño, pues últimamente se repetía más de lo normal. 

Eso le había animado a buscar el significado de esas imágenes, incluso investigó en libros una explicación, encontrar el lugar donde se hospedaba aquel extraño castillo que desde la lejanía daba el aspecto de ser un candelabro. Pero a pesar de sus intentos, por el momento no había encontrado nada.  

Era solo un sueño, se decía en muchas ocasiones, pero las extrañas plantas, esas brumas oscuras y la sensación que sentía cuando pisaba esas tierras... no terminaban por convencerla y su imaginación le jugaba malas pasadas, ya que no le parecía que fuera una pesadilla común y corriente. 

Corín se removió inquieta en el asiento del pasajero, y miró cuanto le rodeaba. Ella y su tía viajaban hacia su nuevo hogar, una pequeña urbanización alejada de la ciudad semioculta en la naturaleza, lugar donde habían asignado a su tía debido al trabajo. 

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