Primera Parte

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Hacia ya diez años de ese invierno. Pero todo parecía volver por la noche. Cuando las calles callaban y la luz desaparecía por completo dejando la tiniebla tiritar entre el silencio frío, típico de mes de noviembre.

Los aviones daban que pensar. Sobrevolar grandes prados y llanuras verdes con árboles grandes le hacía pensar en el último paseo bajo las estrellas. Con una mano caliente agarrando su brazo, encima de la tela del largo abrigo negro que solía utilizar en su adolescencia, pensando que así su carácter conseguiría una tez misteriosa.

De ese momento recordaba poco, pero el paisaje había quedado clavado en su mente a través de los años. Era verde y los árboles gigantes, el típico paisaje de Escocia. Hacia frío y de lejos se oía a un perro ladrar. El pelo de su acompañante olía a vainilla y era suave. Siempre sonreía y si Agoney pensaba durante unos segundos podía recordar los detalles de esa sonrisa. Era grande y según su criterio de chico de 17 años, la sonrisa más perfecta que había visto. Y, aún después de diez años, no había encontrado otra que la superara ni que se le igualara. Si pensaba unos segundos más podía recordar la sensación de esos tibios labios sobre los suyos, gruesos y sonrientes. Tenía que pararse a recordar cinco minutos si quería volver a visualizar esos ojos dorados que le miraban con todo el amor del mundo.

El capitán del avión en el que el canario iba montado anunció su próximo descenso a la capital española. Era la primera vez que volvía a España des de los 18 años. Escocia era muy bonito, pero solo quería bajarse de ese avión y darle un achuchón a su hermana mayor, que le iría a recoger al aeropuerto.

Ante sus ojos las venas de la ciudad iluminada se podían dibujar con el dedo sobre la entallada ventanilla del avión. Y se imaginó a ese chico rubio paseando junto a él por esas calles como hicieron una vez.

Era finales de agosto del 2008 cuando Agoney cogió las maletas y se fue con una beca a estudiar en la ciudad de Edimburgo. Era la oportunidad de su vida y con mucha suerte conseguiría entrar en la universidad de ahí. Fue de los pocos de su instituto que entraron, solo tenia 16 años pero la ilusión y las oportunidades que abría aquella puerta sobrepasaban cualquier rastro de miedo. Sus padres estaban orgullosos y su hermana había entrado en la Complutense de Madrid, así que los dos hijos de la familia Hernández salían del nido de sus padres para extender las alas hacia nuevos horizontes.

Su familia era acomodada, así que sin problema alguno le pudieron pagar una pequeña residencia de un rincón de la ciudad escocesa, con puertas de madera robustas para no dejar pasar el frío y una ventana que daba a una calle poco transitada, con árboles pequeños y un café de fachada rosada donde hacían los mejores desayunos ingleses de la ciudad.

La residencia era únicamente de chicos y estaba llena de ingleses adolescentes provenientes de todas partes de Reino Unido, algunos españoles y tres chicos japoneses. Agoney compartía habitación con uno de ellos, llamado Makoto. Era muy alto y delgado y muy ordenado. La habitación que compartía con Agoney era probablemente la más limpia de toda la residencia sin pósters de mujeres desnudas colgadas en la pared ni calzoncillos usados esparcidos por el suelo. Algunos chicos de la residencia venían a ver su cuarto como si de un museo se tratase y siempre preguntaban "¿Dónde escondéis las cosas? ¿Tenéis más cajones que los demás?". A Agoney no le importaba que su compañero fuera tan escrupuloso, se preocupaba de ordenar sus cosas y no dejar ropa sucia por el suelo. Makoto se preocupaba de limpiar las sábanas de ambas camas aunque el canario le hubiese repetido mil veces que no era necesario que tocase las suyas. Aun así, cada domingo, el chico cogía todas las sabanas, las cortinas y las toallas y las llevaba a la lavadora, las extendía y cuando se habían secado, las doblaba y volvía a poner las cortinas en su sitio. Agoney acababa de descubrir que las cortinas se lavaban. Y todos los demás chicos de la residencia también. Al acabar el segundo año, cuando por fin se marchó de esa residencia, las cortinas de su habitación eran las únicas que seguían blancas, las de las demás habitaciones habían obtenido un color amarillento, después de tantas horas de sol y lluvia.

EdimburgoWhere stories live. Discover now