13 de agosto, 2016.
¿Te digo algo?
Dos cosas que ya deberías saber.
La primera: No esperes que la vida sea justa.
Porque no lo es.
Y la segunda: No esperes que la vida sea eterna.
Porque tampoco lo es.
Tarde o temprano, a todos nos llega nuestro momento de sufrir.
Nuestro momento de colapso.
Nuestro momento de quebrarnos.
Porque nadie está exento de no vivirlo en el camino.
Aunque claro, en este jodido mundo, todo es relativo.
Es decir, en un momento podías estar vivo, riendo y soñando; y al siguiente, podías simplemente no estarlo.
Al otro momento podías estar en un ataúd, con las personas que más te apreciaron al pie de él, lamentándose por tu partida física; y las personas que no tanto, fingiendo hacerlo.
Después de todo, la vida son sólo años, meses e incluso segundos prestados.
Sólo eso. Por muy crudo que sea.
Pero las injusticias ni siquiera terminaban allí.
Pues también era muy injusto para los que seguíamos aquí: vivos y del otro lado, con el dolor arraigado a los costados. Limitándonos a aferrarnos al recuerdo de lo que fue y de lo que no fue.
Tal y como estaba yo ahora.
Arrodillada en el césped frente a lo único que quedó: frente a un montón de tierra y flores amontonadas, y frente a una escuálida lápida de cemento percudido que ahora mismo no hacía más que recordarme mi amarga realidad.
Vivimos y luego morimos.
Eso es todo.
—Brooke, cariño, está bien, ya fue suficiente...— La voz tenue de mi madre llegó a mis oídos y muy pronto sentí el tacto de una de sus manos en mi hombro, por lo que me tensé al instante—. Ya pudiste despedirte. Ahora hay que volver a casa, cielo.
Enseguida reprimí las ganas de torcer los ojos.
Era un comentario completamente incierto.
Y absurdo.
Nunca nada sería suficiente para poder despedirte de una persona que ni remotamente te imaginarías que perderías.
Pero qué más quedaba.
Después de todo, uno jamás estaría preparado para dejar ir a lo que más quería.
En silencio dejé sobre la tierra la flor que estaba en mis manos y me puse de pie, procediendo a limpiar con brusquedad mis mejillas.
Odiaba de sobremanera que las personas me vieran llorar, y más en un momento tan doloroso e íntimo como este.
Aunque francamente, eso era lo que ahora menos me importaba.
Me di la vuelta y empecé a caminar con mi madre al lado, cuando su brazo cubrió mis hombros en señal de apoyo y mi padre llegó hasta nosotras.
—¿Ya nos vamos? — Mi madre fue quién habló, en lo que nos deteníamos a mitad de camino. En respuesta mi padre suspiró y chasqueó su lengua.
—No voy a poder acompañarlas— Anunció con pena, misma que logré detectar a pesar de que no lo estaba mirando, pues mi vista y mi mente estaban perdidas en un plano muy lejano a este—. Aún quedan muchas cosas qué resolver con todo esto que está pasando. De hecho, iré con los Marshall a intentar disipar la ola de complicaciones que se aproximan.
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Punto de Quiebre | Inquebrantables #1
Teen FictionMetas por cumplir, sueños idealizados y una vida placenteramente idónea. De eso se trataba la existencia de Brooke Sanders, una estudiante del penúltimo año de la preparatoria; quién siempre se había caracterizado por tener un peculiar carácter y un...
