Sol, me quedo. Águila, me voy.
Es de madrugada y no sé ni a qué vine. Tengo donde estar. Tengo donde pasarla mejor. Tengo donde estar donde sí me quieren.
El silencio era cómodo hasta que empezó a roncar.
Eso lo detesto.
Lo conocí en el trabajo. Y ya. Creo que nunca pasa como en las series.
El primer día me dijo hola y no le contesté.
Me conozco.
Huele bien y se viste mejor. Fumamos distintas marcas y vivimos en lados opuestos de la ciudad. Pasa de treinta y yo no estoy ni cerca.
Un día me sonrió.
Eso no lo detesté.
El despacho es pequeño y frío; hasta que llega él.
No le gusta admitir que tiene un cargo importante, a pesar de que lo tiene.
Dicen que cada par de años, vende su carro actual y compra uno distinto. Que se aburre, dicen.
El que trae este año es gris. Creo que el anterior también era así.
El asiento del copiloto es frío y duro, pero disfruto dormir ahí cuando me lleva de vuelta a casa
Yo no tenía la costumbre de salir tan seguido. Ni sabía que era tan costoso.
No sé si eso me gusta.
Ya casi nunca ceno en casa. Mi mamá solía esperarme despierta. Ahora me da las buenas noches por mensaje.
Desde el principio me expresó sus términos. Se me hizo buen trato. A todos nos duele una ruptura. Nadie quiere empezar algo nuevo dejando algo viejo sin terminar.
Creí que un año bastaría. Creo que dos no han bastado.
Antes yo llegaba de buenas. Ahora sólo llego.
Para ese trato no firmé ningún papel. No me gustan mis prestaciones. Las vacaciones nunca terminan.
Pero ya no me molesta.
Me gusta decir que no me di cuenta. No se si me creen.
Esas cosas no te las enseñan en la escuela. Como la bicicleta, aprendes cayéndote.
Ya debería usar rodilleras.
Digo que me voy a dormir y miento. Saco mi celular y veo la charla. Es más larga que mi tesis.
Eso me gusta
Hablar mucho y no decir nada. Se me hacía romántico. Todo se me hacía romántico.
Regalos y cariños tenía de sobra. Todo de sobra.
Lo saludo cuando llego. Se ocupa en su computadora. Me sonríe pero no me ve. Me mira pero no me ve.
Ya casi se me olvida cómo se veían son sus ojos.
"Mándalo a la chingada", dice mi hermano.
Me aconseja sobre estas cosas aunque a menudo está soltero. Otros dirían envidia. Yo, que lo conozco, sé que cumple lo que predica.
Pareciera que sólamente así se vive pleno y feliz.
Tengo ofertas en otra oficina.
Al principio me lo guardé. Cuando me insistieron, le dije.
Sonrió.
Siempre me dijo que no quería que me quedara por siempre en ese despacho pequeño y atiborrado.
Creo que ya lo entendí.
No tengo fuerzas para romper el contrato. No tengo ganas de bajarme de su carro.
Mis ojos quieren llorar, pero yo no.
La moneda puede decidir más allá de lo que quiero y lo que quiero querer. Ella no quiere nada, sólo que la gasten.
Creo que me pegó duro la devaluación.
Ya no sé ni a qué vine. Tengo donde estar. Tengo donde pasarla mejor. Tengo donde estar donde sí me quieren.
Pero aquí no se está tan mal.
La moneda cayó en la alfombra. Me gustaría haber hecho más ruido.
Lo miro. Por un momento deseé que durmiera con los ojos abiertos. Ojalá fuera mi última vez viéndolo.
Eso me encantaría.
La luz de la luna ilumina la moneda.
Los ojos del águila me miran con desprecio.
"Tres de cinco." pensé.
