A las siete y catorce de la tarde, la editorial seguía abierta por pura inercia. Las luces de tubo zumbaban como insectos viejos, y el ventilador del techo se movía sin convicción, repartiendo el olor a papel húmedo y café recalentado. Inés Aguilar revisaba por enésima vez una corrección menor cuando sonó el timbre de la puerta. No esperaba a nadie.
El edificio estaba a dos calles del río. Desde la ventana se veía el reflejo naranja de la ciudad rebotando en los azulejos de la fachada de enfrente. Sevilla parecía limpia desde allí: vidrieras cerrando, turistas perdidos siguiendo una flecha equivocada, el sonido distante de una banda ensayando para Semana Santa. Dentro, sin embargo, el aire era más espeso.
El timbre volvió a sonar. Inés tardó en levantarse. Había aprendido que nada urgente llegaba a esa hora salvo errores, y los errores no llaman al timbre: irrumpen.
En el portal no había nadie. Solo una caja rectangular apoyada contra el vidrio, envuelta en papel de estraza con las esquinas gastadas y su nombre escrito a mano: Inés Aguilar. La caligrafía no era femenina ni masculina; era paciente. A la altura del sello había dos marcas superpuestas: una fecha borrosa y una mancha oscura que no parecía tinta.
Arrastró la caja hasta el despacho y cerró con llave. No porque creyera que alguien fuera a entrar, sino para que nada más de fuera se mezclara con ese momento. Apartó los manuscritos en corrección, limpió con el antebrazo un espacio en la mesa y colocó la caja en el centro. Era más pesada de lo que parecía. Al levantarla sintió cómo algo se desplazaba dentro con un golpe sordo, controlado.
—¿Te vas ya? —asomó Lucía desde el pasillo, con las llaves en la mano.
—En cinco —mintió Inés.
Lucía miró la caja, midió la hora con la vista, sonrió con cansancio.
—No aceptes trabajos nuevos hoy. Que el lunes siga siendo lunes.
Inés no respondió. Esperó a que los pasos de su compañera se perdieran y después acercó la lámpara de escritorio hasta que el cono de luz recortó el paquete como una escena pequeña. La cuerda estaba anudada con un lazo de marino, doble vuelta. No era improvisado.
Cogió el cúter. No cortó la cuerda: la aflojó hasta deshacer el nudo. Quiso entender las manos de quien lo había atado. Abrió el papel con cuidado, sin rasgarlo, y quedó a la vista una caja de cartón gris, sin logos, con una línea dibujada a lápiz en un lateral: tres puntos formando un triángulo. Un gesto mínimo, casi involuntario.
El cartón cedió con un crujido. Dentro, envuelto en una capa de papel cebolla, había un manuscrito. No era una impresión de oficina. Los márgenes estaban medidos, las páginas numeradas a máquina, la tinta ligeramente irregular como si el rodillo no hubiera apretado siempre igual. Al pasarlas, el papel emitió un sonido seco, nuevo. No era viejo: alguien lo había encuadernado hace poco.
Se detuvo a respirar. La costura del lomo estaba hecha con hilo rojo, tres puntadas por cuadernillo, rematadas por dentro con nudos cortos. Esa forma de coser se usa cuando uno quiere que un libro no se desarme, pensó. Cuando uno espera que viaje.
Colocó el manuscrito sobre la mesa. No había remitente en la caja ni en la primera página. Solo, pegado al reverso de la tapa, un trozo de cinta adhesiva amarilla que sujetaba un papel fino, del tamaño de una tarjeta, con una palabra escrita a mano: privado.
El silencio de la editorial no era silencio; eran máquinas en reposo, madera que se contrae, cañerías lejanas. En ese ruido blando, Inés apoyó las palmas sobre la mesa como si necesitara adherirse a ella, y abrió el libro.
La primera hoja no tenía nombre de autor ni editorial ni dedicatoria. Tenía un título. Cinco palabras, a tinta negra, letras de imprenta sin adornos. No gritaban; estaban presentes, como un objeto dentro de otro objeto.
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El manuscrito
Mystery / ThrillerUn paquete sin remitente. Un manuscrito que nunca debió llegar a sus manos. Y una firma imposible: la de un escritor desaparecido hace diez años. Inés Aguilar, una joven editora en Sevilla, recibe un texto que parece una novela... hasta que descubre...
