Son las doce en punto de la noche, momento en el que Eva se encuentra en medio de la oscura calle, inconsciente. La han dejado tirada y acompañada de tan solo una decena de botellas de cerveza. Está completamente perdida, no sabe cómo salir de ahí...
Los pitidos de mi reloj de muñeca retumban en mis oídos como platillos para señalar que ya son las doce en punto de la noche.
Llevo de pie en el mismo sitio casi una hora, intentado asimilar todo lo que ha pasado esta noche, pero por más que hago el esfuerzo de pensar, lo único que me permite mi estado actual es sentarme en cualquier parte del asfalto de la oscura y silenciosa calle.
Ops! Esta imagem não segue nossas diretrizes de conteúdo. Para continuar a publicação, tente removê-la ou carregar outra.
Me dejo caer de cualquier forma, apoyo mi espalda sobre una pared bastante irregular y miro hacia el oscuro cielo. Por un momento pienso que sería capaz de reflexionar sobre algo de lo sucedido, pero lo cierto es que mi situación no cambia en lo más mínimo.
Miro hacia mi derecha, miro hacia mi izquierda. No veo ni oigo nada más que la media decena de botellas vacías de cerveza que acabo de consumir -gracias a lo cual estoy en el estado en el que estoy-, y el sonido del viento que arrasa con mi melena oscura, despeinándola más de lo que ya estaba, además del aire frío que siento hasta en los huesos. Me pregunto por qué demonios he decidido ponerme tan solo una minifalda y un top sabiendo que estaría de fiesta toda la noche, y que esta no sería una noche precisamente tranquila, en un espacio cerrado, ni al lado de una chimenea. Básicamente ha sido todo lo contrario.
Por otra parte, hoy no solo he aprendido lo importante que es llevarme conmigo un abrigo en este tipo de situaciones, sino que también soy consciente de la importancia de la palabra "confianza": a quién se la ofreces, y lo riesgos que conlleva brindársela a cualquier persona. Y con "cualquier persona" también me refiero a alguien que conoces de toda la vida. Quizás ese sea el problema, que pases tanto tiempo con una persona o la conozcas desde hace tanto tiempo que des por sentado que la conoces perfectamente: cómo es, tanto por fuera como por dentro. Un buen ejemplo es el grupo con el que por alguna razón que no logro recordar he decidido salir de fiesta esta noche. Pero no me voy a adentrar ni enrrollar con el tema, no de momento. De lo errores se aprende, supongo.
El plan de hoy ha cambiado bruscamente desde que pasó lo que pasó hace una hora, asique dadas las circunstancias, lo único que me permite mi cuerpo es acabar lo que he empezado cuando me dejaron acompañada de la peor manera, pues mi compañero no era una persona, con la que por lo menos pudiera matar el tiempo hablando de lo inútil que es el sistema educativo, sino que mi compañero en cuestión es una caja de madera de diez botellas de cerveza de la que, como he mencionado anteriormente, me he tomado la mitad. Como os podéis imaginar, el nuevo plan es hacer desaparecer el líquido que queda en las botellas restantes. Mi subconsciente me dice que hacerlo no está bien, pero por alguna razón consumir más y más de este veneno le sienta bien a mi cuerpo, y mi cerebro me pide que siga haciéndolo a gritos. No puedo parar. Ya no soy yo la que controla mi cuerpo, ahora ha tomado vida propia y hace lo que le da la real gana. No puedo pararlo.
Mientras abro la penúltima botella de la caja, oigo un grito. Lo paso por alto, pues mi propósito en este momento no es atender a lo que sea que esté ocurriendo a mi alrededor. Sigo sumergida en mi burbuja, en mi mundo, el cual pertenece a otra dimensión. Sigo bebiendo. A mis neuronas -si es que me queda alguna- les da igual que pueda llegar a un coma etílico.
Oigo otro grito, está vez suena más a una carcajada.
En estos momentos he perdido la noción del tiempo. Quizás solo haya pasado media hora desde que decidí que el alcohol es la solución a cualquier problema, o quizás esté a punto de amanecer. En ningún caso logro distinguir qué cojones pone en mi reloj.
Las risas siguen, y cada vez soy más consciente de ellas. Mi burbuja va desapareciendo.
Entonces logro hacer lo imposible. Mi sexto sentido me obliga a alzar la cabeza para que pueda percibir de dónde vienen estos ruidos.
Mis ojos logran distinguir a dos borrachos que están sentados al igual que yo al otro lado de la calle. Lo único que me separa de ese par de hombres son veinte metros de carretera, veinte metros que con el tiempo se van a hacer inexistentes. -¡Hey, guapa! ¿Te aburres? ¡Ven a pasar un rato con nosotros, seguro que será muy divertido! -me grita el más corpulento, mientras los dos se miran de manera burlesca-.
-Espera un momento... -digo para mis adentros-. De inmediato me doy cuenta de que en realidad esos dos hombres no acababan de llegar, sino que llevaban incluso más tiempo que yo en aquel lado de la calle. Cuando los vi por primera vez di por hecho que eran dos vagabundos durmiendo, incluso se les notaba cómodos; pero ahora me doy cuenta de que en realidad solo estaban inconscientes, y que ahora acababan de recuperar el conocimiento. Interrumpen mis pensamientos con otro grito. -¡Venga, no seas tímida! -dice el más bajito, aunque no por ello menos peligroso-. De inmediato se disponen a acercarse a mí. -Aún no ha llegado mi turno. Si esos dos imbéciles pensaban que iba a ser fácil, se equivocan -pienso convencida, no sé si por el alcohol y la adrenalina que no me dejan pensar con claridad o porque con o sin haber consumido ocho botellas de cerveza soy así de concluyente. Estoy casi segura de que es lo segundo, y en fin, el alcohol no suaviza la situación, más bien hace todo lo contrario-.
No sé cómo voy a reaccionar una vez lleguen hasta mí. Por primera vez en mi vida estoy experimentando lo que cualquier mujer que ha sido víctima de abusos y violaciones por parte de psicópatas como estos.
A pesar de mi convicción de enfrentarlos una vez que estén postrados enfrente de mí, por más que intento dar el primer paso, que es ponerme de pie, el lcohol no me deja recuperar el equilibrio. -Mierda -digo para mis adentros, consciente de lo ridícula que debo parecer, pues, si ni siquiera soy capaz de ponerme en pié, ningún plan, improvisado o no, podrá salvarme de las garras de ese par de borrachos -.
Aquellos veinte metros que al principio me protegían, ahora van desapareciendo, uno a uno, cada vez más deprisa.
Como si el Karma estuviera aquí presente entre nosotros observando toda la escena mientras aguarda al momento más oportuno, uno de los hombres se detiene súbitamente, para después empezar a vomitar en abundancia y sin cesar. Su compañero de borrachera no parece estar pasándolo muy bien, ni tampoco parece preocuparle lo más mínimo la situación por la que está pasando su amigo, de hecho, está hecho una furia, pues todo el vómito está siendo expulsado en su ropa. Para mi parecer, es algo un poco asqueroso, pero digno de ver, especialmente por lo que pasa a continuación. El que lo ha desembuchado todo, ahora parece haberse quedado agusto. Sin embargo, el que ha sido víctima de tal asquerosidad, es decir, el más enano, no parecía darle igual, lo que dió comienzo a una pelea. Literalmente, una pelea de borrachos. -Vaya par de mongolos -digo en voz alta pero sin que lleguen a escucharme-. Hoy ya podré dormir tranquila -digo con cierta ironía, pues nunca es muy cómodo dormir en semejante ambiente-. Ambos se quedan inconscientes, de nuevo, en su plan de "solucionar sus diferencias".
En mi intento de quedarme dormida, oigo el ruido de un motor, cuyo volumen va aumentando a medida que pasa el tiempo, lo que significa que se está acercando. Doy por hecho que se trata de un motor de coche.