En el futuro, la humanidad ha colonizado el espacio exterior. Mientras las corporaciones explotan los recursos de la galaxia, los obreros deben luchar contra la muerte para ganarse la vida.
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Relato corto de ciencia ficción para el concurso "Un...
Historia seleccionada como Segundo Lugar en el concurso "Un viaje a lo desconocido", auspiciado por el perfil oficial de Ciencia Ficción en Español.
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E S T A C I Ó N F A N T A S M A
Para caminar en el espacio necesitas dos cosas: un traje sellado con sistema de oxígeno y poco entusiasmo por la vida. Me arrastro igual que un gusano sobre la cáscara podrida de la estación fantasma, un Orbital Research Center varado en las inmediaciones del gigante gaseoso. La zona prohibida. No llevo arnés, ni mochila propulsora. Lo único que me salva de la garganta infinita del cosmos es mi viejo par de botas magnéticas. Para los militares es fácil disparar civiles al exterior mientras ellos beben café a bordo de una fragata colonial. En este preciso momento, algún soldado raso se joroba sobre su computadora para monitorear mis signos vitales. Quieren respuestas. Las quieren ya.
Sea como sea, no puedes cometer errores en gravedad cero. Montones de chicos de mantenimiento satelital caen muertos cada año, enfriados por la inanición o la hiperoxia. Si no quieres unirte al club de los cadáveres flotantes, revisa bien la proporción de oxígeno. Dos onzas por centímetro cúbico son más que perfectas. La presión de la atmósfera es aplastante, como nadar en la sima de un abismo. Con esta presión, el oxígeno se vuelve tóxico, tus pulmones se inundan de líquido, toses hasta que la vista se te nubla y, si tienes tiempo, rezas tu última oración. Hazme caso. Pocas personas ostentan el récord de más saltos sin ahogarse en su propia sangre. Tengo una medalla que lo prueba. Mira cómo controlo mi respiración mientras escalo por el módulo de atraque del ORC. El secreto está en calar el respirador antes del salto. Corre, salta, jadea. No te desmayes. Si pasas la prueba, felicitaciones: tienes lo necesario para dar un paseo orbital. Lo sé, no es un trabajo glamuroso. Para la compañía es más barato enviar humanos que comprar robots. Para mí, es trabajar o no comer.
Ya sabes lo que dicen: Hay que vivir la vida que te toca.
Empiezo a olvidar mi casa, la sensación de tierra firme bajo los pies. De vez en cuando recuerdo los anuncios luminosos montados en la colonia: «Renta una granja y sé tu propio administrador», «¿No terminaste la universidad? ¡Vuélvete minero ya! ¡Es más fácil y pagan mejor!». Tengo vagos recuerdos de papá, convocado por los marines tras el golpe de estado. ¡No tardaré!, mintió. Semanas después, mamá portaba un overol de la corporación, como todas las viudas. Deja que yo trabaje —decía ella, mientras limpiaba las manchas de su piel con un trapo húmedo—, tú concéntrate en estudiar. Ya verás que las cosas van a mejorar. Sus ojos me decían lo contrario. En aquel entonces, ir a la universidad todavía era una opción. Para cuando me matriculé, era una pérdida de tiempo. Hubo revueltas. «El conocimiento no se vende al mejor postor», rezaban las consignas. Hoy tenemos un refrán: Consigue un subsidio o muérete.
Claro que sigue habiendo investigación, financiada por las compañías. Quieren saber por qué los hijos de astronautas nacen sin párpados, por qué ya casi nadie tiene pelo. Respuestas, siempre se ha tratado de obtener respuestas.