24 de noviembre de 2015.
Para que no se enteren de que me he marchado. Para que crean que se me han llevado. Todo revuelto y ninguna nota. Llamarán a la policía, denunciarán mi desaparición, llorarán por la desesperación y por la angustia de saber qué ocurrirá. La espera será eterna y el desconcierto al no recibir ninguna información, máximo. Luego, pronto, me encontrarán. Mi cuerpo, inerte, inmóvil, yaciendo en un barranco. Quién sabe si la niebla que ahora regenta el lugar seguirá aquí. «Pobre familia», dirá la gente. Y entonces sólo les quedará la pena y la frustración resultante de la impotencia y la culpabilidad. Se preguntarán por qué; si habrían podido hacer algo para evitarlo; si deberían haber contratado seguridad para la casa cuando empezaron a recibir esas amenazas tiempo atrás. Pero con el tiempo estas preguntas desaparecerán, como yo, y simplemente les quedará un grato recuerdo mío. Recordarán que fui una persona alegre, divertida y amante de la vida que, por cosas del destino, se convirtió en una víctima. Desconocerán mi tristeza y mi desilusión; mi pecado. Ignorarán que fui mi propio verdugo.
Apenas ha amanecido. Unas ligeras gotas resbalan por los cristales empañados de las ventanas debido a la humedad de la neblina. Hace frío, pero yo tengo el cuerpo empapado en sudor. El corazón me late rápida pero torpemente. Los nervios, la angustia, entrecortan mi respiración. Tengo la boca seca y la boquilla del cigarrillo se me pega a los labios agrietados. Aún puedo oler la sangre en mis manos.
Soy un asesino. Me lo recuerda esa cicatriz en la mejilla izquierda reflejada en el espejo, en un escaparte, en un charco de agua estancada. Estuve mucho tiempo auto engañándome; diciéndome que todo había sido un accidente. Y al principio tal vez fue así. Pero lo que hice después..., no. Eso sólo puede hacerlo un criminal. Alguien con la mente tan retorcida y perturbada como uno de esos psicópatas que aparecen en los libros o en las películas o, más horroroso todavía, en la vida real.
Mañana mi crimen cumplirá diez años. Una década desde el día en que empecé a morir. Dos lustros planeando mi muerte. Un decenio marcado por el peso de una oscura sombra sobre mis hombros, por las lágrimas de sangre vertidas en soledad. Y todavía no sé qué es lo que me duele más: si haberla matado o haber dejado de poder ver su sonrisa todos los días. Recuerdo a diario su melena rizada, rojiza, danzando con el viento en el mirador. Cantaba como los ángeles y su cuerpo se movía delicadamente al son de esa melodía que tarareaba sin cesar. Ajena al peligro, confiada, inocente. Parecía contenta. Feliz.
Cuando encontraron su cadáver nos interrogaron a todos. Lo normal en una situación así. Necesitaban recabar toda la información posible porque apenas se habían encontrado indicios. El cuerpo había pasado demasiado tiempo en el agua y las pruebas eran inexistentes. Cerraron el caso con accidente como causa de la muerte.
Pero entonces empezamos a recibir amenazas donde nos decían que uno de nosotros sería el siguiente. No sabíamos de donde provenían esas cartas y la policía tampoco averiguó mucho más. Investigaron nuestro pasado, los allegados. Nada. Todo parecía obra de un loco. Y tal vez fuera así. Tal vez me volví loco. Pero formaba parte del plan.
Llevo una fotografía suya en mi cartera. Escondida. Ya sé que nadie se extrañaría al verla cuando abriera el billetero, porque en el fondo sería lo más normal. Pero no quiero. Es mía; mi recuerdo, mi vida. Mi amor.
25 de noviembre de 2005.
Esta mañana la he oído hablando por teléfono. Ha quedado con alguien en el mirador de la playa. A las ocho. A esas horas y en esta época del año, las vistas son horribles desde allí. Apenas se ve a un metro de distancia. La bruma del mar se funde con la niebla y lo único que hace es introducirte en una burbuja. Una pompa secreta e íntima que te aleja de la realidad y te hace desaparecer, aunque sólo sea unos instantes, de este mundo. Lo sé bien. Hace unos meses era yo quien estaba ahí, así, con ella.
