Huir para sobrevivir

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Mary estaba asustada. Intentaba disimularlo, esconder el miedo bajo el dobladillo de la falda y seguir su camino, pero sabía que estaba ahí. Acechando.

Hacía tiempo que las sombras se habían convertido en amenazas mal dibujadas, entre las que escudriñaba para hallar los contornos del perfil, una varita, un brazo. O una mirada muy conocida. Y aterradora.

El cambio no le gustaba. Solía girar dos veces ante un súbito e imperceptible cambio en el aire a su espalda, para asegurarse de que nadie la siguiera. Vivía hipotecada, como si aguardase que en algún momento, sus peores temores la engulleran.

La tensión la había obligado a llevar su varita a todas partes, incluso dentro del mundo muggle, donde se movía regularmente. No le agradaba, pero era la única forma para que el temblor en sus manos menguara, aunque fuese un poco.

Aquel día, había procurado acelerar el paso para llegar a casa antes de que anocheciese. Había concluido el turno que le correspondía en la farmacia en la que trabajaba desde que había concluido su educación mágica. Su madre la había recomendado y el hombre, un viejo conocido de la familia, no había dudado que Mary era una persona ideal para el puesto, tan amable y sonriente.

La chica no quería dejar sola a su mamá. Lo había dudado nada más terminar Hogwarts, pero le había quedado claro poco tiempo después. Aún no había decidido continuar una carrera mágica o una muggle —su madre no la presionaba, solía decir que era feliz con la decisión que tomase, mientras ella estuviese bien— por lo que había terminado en la farmacia para poder aliviar un poco la presión sobre los hombros de su progenitora. Por mucho que lo negase, la madre de Mary empezaba a cansarse de las largas jornadas en el hospital. Su hija sabía que se sentía responsable por su bienestar —razón por la que jamás se quejaba—, pero de a poco, empezaba a ver la marca del tiempo en el cuerpo de la mujer.

Y no le molestaba. Tenía un don con las personas, lo sabía. Utilizarlo para contribuir con un poco de dinero en su casa era lo menos que podía hacer por el esfuerzo hercúleo que había hecho su madre durante toda su vida.

No era eso lo que la atormentaba.

Las sombras no se habían definido al llegar a su casa, la última edificación al borde del acantilado, a las afueras de la ciudad. Edimburgo anochecía despacio. Las luces intermitentes, cargadas de estática, perdían su fuerza a medida que se alejaban del centro, y para cuando Mary llegó, subiendo la cuesta hasta su hogar, tuvo que adivinar el camino por el que estaba andando.

El temor había pasado a ser algo tan cotidiano en su vida como lo había sido antes la risa.

No era aquello lo que la movía ese día. Había tardado tres intentos en encajar la llave dentro de la cerradura, y ciertamente, no era por miedo.

Estaba furiosa.

La rabia y la impotencia había teñido su cautela inicial en el último tiempo, pero lo que había hecho que castañeteara de ira había ocurrido esa misma mañana. Su madre había llegado del turno noche del hospital pálida, al borde del desmayo. Mary había saltado de la cama al verla, y le había preparado a la carrera un té con miel bien cargado, esperando que recuperara el color.

—Han llegado hasta el trabajo, Mary —había susurrado su madre, sujetándola con fuerza. La chica le había hecho una caricia lánguida en la cabeza que no le aflojó los nervios crispados—. Esos... esa gente que dices, estaba en el hospital. Los vi. Estoy segura que me amenazaron.

Mary no había podido soportarlo, y había abrazado a su temblorosa madre mordiéndose las lágrimas de impotencia.

—Tranquila —susurró, con la voz estrangulada—. No pasó nada, aquí estoy... —Mary no estaba familiarizada con la idea de consolar al pilar más grande y más fuerte de su vida. Siempre había sido aquella a la que se dirigían los arrullos relajantes, las caricias serenas. El corazón le bombeaba con fuerza al ver cómo su madre se derrumbaba frente a sus ojos.

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⏰ Last updated: Jul 11, 2019 ⏰

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MaríaWhere stories live. Discover now