1. ¿Es suficiente?

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Capítulo 1. ¿es suficiente?

—¡Vamos, Alaska! ¡Destroza a ese hijo de puta!

La multitud ruge y me aclama. Para ellos soy una especie de Dwayne Johnson versión femenina... o algo así. Y, siendo honestos, ¿quién podría culparlos? Alta, morenaza, fuerte, con curvas y sin miedo a ensuciarme las manos.

La figura perfecta para las peleas clandestinas.

El chico mexicano que tengo enfrente se lanza hacia mí con desesperación. Intenta plantarme un puñetazo en la cara, pero su movimiento es lento, torpe... casi triste. Con más de siete años en este negocio, esquivo sin esfuerzo.

Cruje.

Mi codazo impacta directo en su nariz. Retrocede mareado. Baja la guardia.

Error fatal.

Le doy el remate con una serie de golpes secos en la cabeza hasta dejarlo sin aire en el suelo, apenas consciente.

Pobre tipo. Pero el dinero es dinero, amigo.

Técnica clásica de box callejero. Mi favorita.

Me acomodo encima de su abdomen, ubicando mis glúteos sobre su estómago. Lo llamo "La Gran Alaska". Es mi ritual cada vez que gano: formo un corazón con las manos y lo apoyo sobre mi pecho, regalándole al público mi sonrisa triunfante. La de los viernes. La que enciende a la gente.

—¡Destroza a ese bastardo!

Tampoco lo mataría. Aunque sí... me encanta humillarlos. De la forma más cruel o ridícula posible; que digan lo que quieran: malvada, cerda, exagerada. Me pagan por esto, y cuando se trata de dinero, yo muevo montañas. Sobre todo cuando son montañas de billetes, las peleas callejeras dejan mucho. Pero, mucho.

El "árbitro" sopla el silbato y levanta mi mano en señal de victoria. Su única preocupación —y regla— es que nadie saque un arma blanca o de fuego.

Un círculo que ya ha visto mis ciento ocho victorias, cada una más rápida que la anterior. Soy imparable, mordaz.

Me bajo del cuerpo del chico y me arreglo el cabello desordenado, mientras sacudo la tierra de mis pantalones deportivos. La luna se refleja en mis zapatillas metálicas color rosa, mis zapatos de la suerte, nunca me han fallado. La multitud corea mi nombre, es música para mis oídos. Siento cómo la serotonina explota en mi pecho, quiero correr, bailar, gritar. No hay nada mejor que patearle el trasero a alguien frente a cien personas sedientas de pelea; un poco morbosas, quizá, pero quien soy yo para criticar, de todas formas hago el trabajo sucio.

En una fracción de segundo, casi en cámara lenta, percibo algo que no cuadra dentro del público: Un chico que no aplaude, no grita, ni sonríe. Sólo me observa.

Con disgusto.

Mientras todos levantan los brazos y corean mi nombre, él permanece inmóvil, como si el ruido no existiera. No celebra mi victoria, no aparta la mirada. Tampoco parece impresionado, es alguien diferente —en muchos aspectos—, nunca lo he visto por aquí.

La luz pálida de la luna apenas alcanza a dibujar su silueta entre los cuerpos eufóricos. Está un poco más atrás que el resto, como si no quisiera mezclarse, pero tampoco irse. Sus hombros están tensos y sus manos cubiertas por guantes negros que cuelgan a los costados, demasiado quietas.

No hay rabia en su expresión... Hay algo peor, que no sentía hace años: Desaprobación. Pareciera que lo que acababa de hacer no le impresionara... sólo le decepciona; eso me irrita más que cualquier abucheo. Por un segundo, el círculo de tiza parece cerrarse alrededor de nosotros dos. El ruido se vuelve lejano y difuso.

Clandestine. Ticci Toby.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora