Vita est in morte

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El cielo azul comenzaba a teñirse de rojo, como si de un artista se tratara, dando suaves pinceladas en el horizonte, pronto la oscuridad caería sobre ese pintoresco lugar. Era un 2 de noviembre, la muerte paseaba, silenciosa, por las calles ajetreadas del pueblo, adornada con exquisitas flores de vivos colores, destellos brillantes de joyería acentuaban su piel de porcelana, vestida de negro de pies a cabeza, con un vestido de finos cortes que enmarcaban su delicada figura.

Ella era sin duda más bella que las pueblerinas, de una hermosura casi divina, todos quienes la veían quedaban extasiados y aunque ningún lugareño parecía reconocer a la chica, ninguno dudó que fuera hija de un noble excéntrico que había vuelto al pueblo con el fin de presentar sus respetos a los difuntos.

Pocas veces al año, el umbral entre la vida y la muerte se encontraba abierto como en ese momento, las almas de los muertos, guiadas por la luz de las velas y el calor de una amorosa bienvenida, se reunían con sus familiares. Algunas de ellas parecían reconocerla de antaño, cuando se presentó por primera vez con la desafortunada noticia de su muerte y aunque no le guardaban ningún rencor, la respetaban.

Altares aquí y allá se alzaban cuan majestuosos podían ser, algunos rebosantes de comida, otros solamente de calaveritas de azúcar y pan de muerto, pero lo que no faltaba eran las fotos y recuerdos de los seres queridos. Cruces de sal y ceniza se extendían por los estrechos pasillos dando espacio apenas para que la multitud se dirigiera al panteón. La muerte se contagiaba de la alegría que envolvía el ambiente, devolvía risueñas sonrisas a aquellos que absortos la admiraban, aquellas calurosas miradas la hacían olvidar por completo lo malentendida que era su desdichada existencia y como su simple presencia podía acarrear infortunio según las leyendas de aquellas épocas. Orgullosa se acercaba a contemplar los delicados recortes de su persona en el papel que adornaba las calles, ninguno acertaba a su verdadera apariencia, pero que se hubieran tomado la molestia de representarla era algo que ni la más grata sorpresa podía llenarla de tanto júbilo.

Si se tomaban un momento, podían contemplarla mientras escuchaba concentrada las composiciones que los artistas cantaban, sus ojos que tenían un semblante triste, parecían brillar de emoción. Sin que nadie lo notara, pronto puso en marcha su paso a las afueras del lugar, pues no había nadie quien pudiera desempeñar su trabajo más que ella y era menester que fuera a recoger las almas de quienes había llegado su hora, aunque marchaba ahora con pesar, se quedaba con la dicha de saber que pronto podría reunirlos nuevamente, pues qué es para ella el tiempo de un humano cuando ha existido desde que el primer retoño de vida apareció. Continuaba entonces su solitario andar, alejándose como brisa en el viento siguiendo el silencioso llamado de las almas que necesitaban de ella.

Aquellos que habían tenido la fortuna de verla no olvidaron pronto su apariencia y aún había quienes horas después de su partida la buscaban entre la multitud. 

Una clamorosa noche una vez más había descendido sobre el pueblo.

Aunque, pasado algún tiempo, un rumor comenzó a extenderse esa misma noche, la mismísima muerte había andado entre la multitud.

La muerteWhere stories live. Discover now