I: Inquietud

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"Per aspira ad astra"

Expresión en latín usada para describir que a pesar de los obstáculos que se pueden llegar a presentar, al final del día obtendremos lo que anhelamos. Su traducción literal es: "Por (lo) áspero al astro". O como a Valentín le gustaba explicarlo "El sacrificio nos llevará hasta las estrellas".

No pudo haberlo dicho en un mejor momento, frente a la mirada escéptica de sus tres mejores amigos, que nunca habían escuchado esa frase y peor aún, Liliana, la única mujer del grupo, ni siquiera reconocía en que idioma la recitó. Se encontraban recostados en el pasto, en el parque central de la ciudad en una noche de abril admirando el manto estelar. Estaban en forma de semicírculo frente a una fogata holográfica que emitía el calor suficiente para no llevar más que ropa fresca a pesar de que pasaba de la media noche. Valentín la compró por tener una alta duración de batería y porque la luz que emitía hacía más suave la piel, a veces la tecnología puede ser sorprendente, pero admitió que en otras ocasiones pueden existir innovaciones algo estúpidas.

Habían encontrado el lugar perfecto para ver la luna, que por sugerencia de Hewer (El asistente virtual que usaba toda la población) se encontraba llena el día que eligieron acudir. Habían hablado por unas horas sobre sus vidas, cómo iba su último año de universidad, que lugar visitarían juntos a fin de año, todos los temas triviales. Una vez que estos fueron ampliamente comentados, y algunos hasta resueltos, las altas horas de la noche y la tranquilidad de pasar el rato con sus amigos hicieron sentir a Valentín en una plenitud y armonía que sólo pocos días en su vida había experimentado. Después de explicar la frase observó a su lado a Liliana, siempre tan encantadora y vivaz. La más pequeña del grupo, pero para nada la más inofensiva, ella te podía matar de mil y un maneras si quisiese. En ocasiones su dulzura se podía disipar en un santiamén; algunas personas suelen decir que tiene una pistola láser, y otros más descabellados aún, que ella posee un rayo desintegrador. "Habrá que tomar esa afirmación con poca seriedad" recordó haber dicho Valentín cuando un compañero de la facultad le aseguró esto último. Su cabello castaño claro, ya algo esponjado por el clima, caía suavemente en sedosos mechones detrás de sus orejas algo puntiagudas y su fleco todavía perfectamente alineado, dejando ver con total claridad sus también perfectas cejas. Lily tenía ese color de piel claro que combinaba muy bien con el color de su cabello, aunque no era más claro que el de Miguel. Él estaba a unos pocos tonos de ser considerado albino, blanco como la leche, como se suele decir. También llevaba su cabello un poco alborotado y de un color grisáceo, parecido a cuando este es decolorado con peróxido. Valentín todavía tenía que averiguar cuál era su verdadero tono. Desde que lo conoce, hace apenas unos años, lo recuerda con ese cabello para nada natural, pero tenía que admitir sabía lucirlo. Además, resaltaban sus ojos de un color inusual, también grises. Dependiendo la iluminación, en ocasiones se podían ver azul claro. Ese día, a la luz de la noche, esos ojos, algo cansados y tristes reflejaban la vía láctea y la infinidad de estrellas de forma inenarrable. "Pobre Migue ha pasado por tanto" pensó Valentín, la muerte de su hermana lo había afectado bastante. No es que no lo afectara a él, también había sido parte de su grupo de amigos y junto con Lily, los dos habían sido sus mejores amigos. "Ojalá la hubiese conocido durante más tiempo" se dijo. Solo la conoció por poco más de cinco años, pero le enseño a amarse a sí mismo; a encontrar estabilidad y tranquilidad en un mundo que parecía darle la espalda. Nunca se lo pudo agradecer. Fue en ese momento, en que ahora reparó la mirada en su último amigo, recordando que era la primera vez que estaban todos juntos desde esa gran tragedia. Y observó a Sergio, por lejos era el más demacrado. Su piel color canela se veía anormal, un aspecto ligeramente pálido. Tal vez lucía así porque le daba muy poco la luz del sol. Solo tenía que acudir a la universidad y a unos cuantos lugares ocasionalmente. Muy probablemente no salía de su casa más que por algún compromiso importante. Estaba mirando hacia abajo. En sus ojos negros como el vacío y su mirada distante transmitía soledad, como si estuviera en medio de dos galaxias; un planeta errante a millones de años luz de cualquier estrella. Oscuras y gruesas ojeras agravaban un rostro cansado y melancólico. Aunque no se contuvo de observar todo lo que se cernía arriba de sus cabezas; el universo, serio, silencioso, y de alguna manera, hermoso. Lo admiró fijamente, igual de inexpresivo que todas esas luces en forma de puntos que acompañaban a una luna llena y su halo en una noche más. Ese avistamiento junto con el comentario mencionado hace unos instantes, cambió la expresión de su rostro. Valentín sintió un destello de alegría, una sonrisa sincera, aunque pequeña, se marcó en el semblante de su amigo y no pudo evitar contestarle con el mismo gesto. Aún se tenían a ellos mismos. Un duelo no es fácil, para nada en lo absoluto. Y aun así encontraron la forma de reunirse, olvidando por un momento los deberes con su familia y demás amigos, la presión de su último año en la licenciatura y todo lo que conllevaba una vida de adulto, vida a la que ninguno de ellos lograba encontrar el ritmo. Y siguieron por unos segundos más en silencio, mismo que fue interrumpido con un comentario inesperado.

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