-Tienes que comprender que lo hacemos por tu bien. –Dijo mi madre soltando mis manos de las suyas, de las cuales intentaba aferrarme con un deseo de convencimiento.
-Madre, usted podría hablarlo con él y todo cambiaría, ¿qué he hecho para merecer esto madre? –Una vez más intenté aferrarme a ella con fuerte dolor. Pero sus cálidas manos se desprendieron de mi palidez, mi cuerpo era ya como si se preparara para la muerte. En ese momento sentí que era abandonada, que sin palabras, ellos estaban gritando su deseo de mí perecer.
Muchos no lo comprenderían, la abuela quizá lo haría. Pocos entregan el corazón como yo lo he hecho.
Presa en mi propia habitación escuché a mi madre asegurar todos aquellos candados. ¿Por qué si era su hija, me encerraban como a un dragón? Como a un vil ladrón sentía su despreció por mi.
El delito de escoger a la persona equivocada, ese... Yo lo practicaba según decían.
No creo en la reencarnación, creo que sólo se vive una vez y por eso debes luchar para que esta valga la pena.
Un 23 de diciembre nací.
Nací en un hogar ostentoso, rodeada de lujos y abandonos. A los dieciséis años me resigné a esta condena al escuchar mi arreglado matrimonio, aquel que se daría a mis 19 inviernos.
Sé que rendida me habría entregado en al altar a un ser por el cual no tendría sentimientos jamás pero...
Le conocí.
Y si pudiese regresar en el tiempo no le habría hecho el mal de entregarle mi corazón tan descaradamente, lo habría hecho en secreto, así sólo se trataría de mi pena.
Sé que no es posible nacer de nuevo, pero mi amado me hizo sentir una vida distinta; una con posibilidades de ser feliz.
Los candados comenzaron a abrirse, ni siquiera me molesté en pararme de mi cama. Mi almohada ahogada en lágrimas era testigo fiel de mi dolor.
Un cuerpo sin deseos de vida se escondía entre las sábanas blancas.
-Señorita Mong. –Esa calidez llegó hasta mi corazón. Pero podría ser un deseo creado por mi demente cabeza. –Señorita Mong. –Repitió con un exhalo de alivio.
Mis ojos inexpresivos voltearon a verlo, ahí estaba el dueño de mi corazón.
Tras él se encontraba Fay, su hermana mayor, cómplice de nuestro amor, guardián de algunos de nuestros secretos. Haciendo media reverencia cerró la puerta y se retiró.
Esta vez deseaba que esa puerta se quedara sellada por la eternidad, que uno a uno los candados nos pudiesen proteger.
Sus ojos me miraban fijo, entre ambos una danza de palabras que no podían salir se balanceaban en el borde de nuestros labios semi abiertos. Era su respiración tan cálida que le devolvía vida a mi cuerpo. Su voz diciendo mi nombre segundos atrás se repetía en mí.
-Señorita Mong. –Repitió con una sonrisa mientras una lágrima tan fina como un diamante se deslizaba por su sonrojada mejilla.
Mi mano fue tomada por la suya. Aún estaba algo roja por el frío de afuera, pues nevaba como ningún otro invierno. Instintivamente miré ambas que eran algo tiezas; entonces con mi ahora agradecido y cálido cuerpo compartí un poco de calor. Mis labios se posaron cuidadosos en sus nudillos dejando así uno de los miles besos que deseaba entregar.
Mi corazón se desvaneció.
Sus heridas manos, sus lastimadas mejillas, sus pequeños ojos amoreteados, no era digno de tanto dolor causado por mi culpa. Lo que él había hecho mal fue amarme como yo lo hice con él.
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Escarlata | Junhui
FanfictionEn un reino muy lejano, frío y rojo, hace mucho tiempo.
