PRÓLOGO

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Las chispas que revoloteaban alrededor de su cabello negro empezaban a ser realmente molestas, pero tras haber pasado tanto tiempo entre ellas empezaba a saber soportarlas.

La imponente luz del fuego de las antorchas que marcaban el camino hacia la sala que hasta ahora desconocía, se reflejaba en sus ojos de color azul. Le parecía fascinante la manera en la que el color rojo del fuego combinaba a la perfección con el suyo azulado, y sin poder evitarlo, se acordó del perro del infierno.

Las cadenas que mantenían sus deshidratadas manos atadas a su espalda empezaban a hacerle daño, pero en ese momento solo podía centrarse en un solo dolor; El recuerdo de Darío Raeken alejándose.

Sin embargo, ya no sentía el dolor de los primeros días, simplemente había aprendido a no sentir absolutamente nada allí dentro, entre esos barrotes carbonizados que habían sido sus cuatro paredes en no sabía ni ella cuanto tiempo.

Las garras del íncubo se clavaron en sus brazos por un momento, y tras haber descubierto que todavía poseía alguna fuerza, se deshizo del agarre como pudo.

Echó a correr, a pesar de casi no notar las piernas mientras lo hacía, y no paró hasta llegar al final del pasillo con poca iluminación.

Se fijó en que las paredes eran de una rugosa piedra de color gris oscuro, con pequeñas manchas de color negro allí donde había pequeños picos sobresaliendo de ella. Dos grandes esculturas se mantenían a cada lado de la puerta por la que debería, en teoría, llevar a la salida, ambas hechas con un delicado mármol que para nada pegaba con el ambiente infernal al que empezaba a acostumbrarse.

Admiró las dos gárgolas que medían el doble que ella, y por un momento, después de no haber podido sentir nada en lo que parecía una eternidad, creyó sentir algo rompiéndose en su pecho. Recordó entonces lo ocurrido, y con un semblante serio, dejó de correr para pararse ante ellas.

La puerta quedaba a pocos centímetros de ella, pero algo en su interior no quiso permitir que siguiese corriendo, que una vez más intentase huir de su condena.

Poco tiempo después sintió la rugosa piel del íncubo intentando agarrarla una vez más, pero se zafó de su agarre como pudo, hasta que logró acorralar al demonio contra la pared.

La lanza puntiaguda que Malia sostenía había sido la razón por la que el íncubo parecía temerle tanto, sin embargo sintió una extraña sensación de ya haber vivido aquel miedo reflejado en la mirada del de piel rojiza.

Se acordó entonces de por qué el demonio era consciente de que ella podía matarle. Ella era su enemigo natural, y era consciente de que con que tan solo pudiese tocarle, podría matarle de inmediato.

Pero tenía un problema, uno que rápidamente el íncubo recordó, y era que ella estaba tan seca como las manos del demonio. El porcentaje de agua que tenía en el organismo era tan solo el suficiente, o incluso menos y por eso sentía que se desmayaba con cada paso que daba, para seguir consciente. Ya que morir no podía, literalmente ella ya estaba muerta.

No estaba segura, pero juró ver una sutil sonrisa formándose en el rostro del demonio de bajo rango, y eso solo hizo que la sangre de Malia hirviese una vez más.

Sintió dos siluetas moviéndose hacia ella, acercándose, y aunque no quitó ojo al que intentaba atraparla de nuevo, se le hizo más incómodo sujetar la lanza con las esposas aún puestas e intentar ver quién era el que osaba acercarse.

Miró por encima del hombro, y sintió cómo su estómago se encogía en su interior. Un sentimiento muy humano, muy de vivo, pensó con un humor negro.

Se sintió acorralada, pero no se rindió. Sabía que su condena era lo suficientemente alta como para poder permitirse unos años más, y sobre todo, era consciente de que no tenía nada que perder.

No podría escapar, e intentarlo parecía ser solo una distracción para ella. Y así lo era.

En su mente no paseaba la imagen de su vuelta a la vida, de volver a su vida anterior, ni siquiera anhelaba volver a ver a Bea, a Eren o a Rebeca. Sus pensamientos eran tan solo ocupados por una cosa, por una criatura.

Llevaba mucho tiempo pensando en él, diciéndose a sí misma que si dejaba de hacerlo, tal vez, solo tal vez, podría olvidarle, y que eso no podría permitirlo.

Era lo único que mantenía una pequeña llama encendida en su interior. La imagen de Darío Raeken.

Pensó en él, y solo ese instante pareció volver a sentir algo, pero solo había sido una silueta uniéndose a los que intentaban capturarla.

Dio una vuelta sobre sí misma con la lanza enganchada entre las manos encadenadas, y rezó porque lo que había sonado hubiese sido uno de los íncubos cayendo al suelo, y no lo que realmente había caído, que era parte de la escultura de la gárgola.

Sus ojos se abrieron con ímpetu al verlo, y sintió las manos del demonio quemar en su delicada piel por la espalda.

Fue alzada del suelo y alejada de la lanza de inmediato, pero no dejó de patalear en señal de resistencia.

Su voz resonó por todo el oscuro pasillo una y otra vez mientras gritaba que la soltasen, como si eso fuese suficiente para calmar la furia que incitaba a los íncubos a arrojarla a las llamas de Lucifer.

Era todo un caos, pero entre todo ese ruido y humareda que por los bruscos movimientos se había formado, logró escuchar las puertas del fondo abriéndose con lentitud.

Se detuvo casi de inmediato, al mismo tiempo que los tres demonios que la rodeaban e intentaban sujetarla intentaban mantener las formas que parecían haber perdido.

El que la mantenía en el aire la dejó caer, y ella se apartó de su agarre tan rápido como pudo.

Sus ojos se fijaron en las dos siluetas que parecía haber tras la humareda que los separaba de las puertas, y fue entonces, solo entonces, cuando de verdad sintió algo. Si su corazón latiese se podría decir que se detuvo de inmediato, pero sabía que no era posible, y que tras haber pasado tanto tiempo alejada del agua y estar tan débil, no pudo creer otra cosa más que qué lo que veía era solo una mala jugada de su mente.

No podía estar viendo de verdad los ojos castaños del Hellhound, simplemente no podía creerlo.

Quiso hablar, trató de pronunciar palabra alguna, pero solo consiguió abrir la boca un poco y esperar a que la silueta que había notado a su lado se acercarse para conseguir reconocerlo.

No podía creerlo, y algo se retorció dentro de ella.

Era Lucifer, el mismo Lucifer que aparecía como el mal supremo en todo documento escrito sobre el cielo y el infierno, el que junto a su perro del infierno se mantenían mirándola fijamente.

Pero no fue eso lo que le puso los pelos de punta, sino la sonrisa de medio lado que el maligno había adoptado.

Nereida | Hellhound IIStories to obsess over. Discover now