Prólogo: Antes del Alba

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Hubo un tiempo en que el mundo no tenía nombre. Solo existía el caos.

Tifón despertó de las entrañas de la tierra como una herida que el mundo había intentado olvidar. Sus alas de tormenta apagaron el sol. Sus cien cabezas escupían fuego, veneno y hielo en todas direcciones, y cada rugido suyo partía montañas como si fueran de papel. Los mares se desbordaron. Las ciudades ardieron. Y la humanidad, pequeña y frágil, cayó de rodillas ante algo que no comprendía y no podía detener.

El fin parecía inevitable... hasta que los dioses llegaron de todos los rincones del mundo, convocados por una urgencia que no necesitó palabras.

Zeus descendió del Olimpo envuelto en relámpagos que iluminaban el cielo como si el sol hubiera estallado en mil pedazos. Cada paso suyo sobre las nubes hacía temblar el firmamento.

Odín llegó desde el norte sobre Sleipnir, con su lanza Gungnir en mano y el peso de mil batallas grabado en su único ojo. Detrás de él, dos cuervos negros surcaban el aire como presagios vivos.

Ra emergió del horizonte montado en su barca solar, irradiando un calor tan intenso que el aire mismo ardía a su paso. Donde su luz tocaba la tierra, las sombras de Tifón retrocedían.

Desde las tierras del sur, Quetzalcóatl surcó el cielo como una serpiente de plumas de jade y viento, dejando nubes teñidas de verde y oro a su paso. Su presencia olía a lluvia antigua y selvas milenarias.

Amaterasu llegó desde el este envuelta en una luz dorada tan intensa que los ojos mortales no podían sostenerla. Era el amanecer hecho carne, y donde ella pisaba, la oscuridad simplemente dejaba de existir.

Lugh apareció entre la niebla del oeste, joven y veloz como un rayo celta, con su lanza brillando como una estrella caída. Sonreía, como si una batalla contra el fin del mundo fuera exactamente el lugar donde quería estar.

Y Shiva, el último en llegar y el primero en golpear, danzó hacia el combate con sus cuatro brazos extendidos. Cada paso suyo hacía temblar la tierra, y en sus ojos ardía algo más antiguo que la guerra misma.

Los mortales que sobrevivieron para contarlo los llamaron de muchas formas. Pero la historia los recordaría con un solo nombre: La Orden de los Sagrados.

Lo que ocurrió después duró siete días y siete noches. El cielo fue un campo de batalla sin igual.

Los relámpagos de Zeus chocaban contra las llamas de Tifón con un estruendo que sacudía los continentes. La lanza de Odín atravesaba cabezas de serpiente que volvían a crecer antes de que él pudiera dar un segundo golpe. La luz de Ra y Amaterasu combinadas era tan devastadora que los humanos que la vieron desde lejos pensaron que habían nacido dos soles al mismo tiempo.

Quetzalcóatl enredaba al monstruo con vientos que doblaban el tiempo, ralentizando sus movimientos hasta hacerlos torpes. Lugh encontraba los puntos ciegos que ningún otro veía, atacando con una velocidad que parecía burla. Y Shiva absorbía el caos y lo devolvía multiplicado, bailando en el corazón de la destrucción como si fuera su hogar natural.

Tifón rugía, ardía y destruía todo a su paso. Pero las siete deidades no cedían, y al séptimo amanecer, el titán cayó.

Fue sellado en lo más profundo de la tierra, encadenado por el poder combinado de los siete, atrapado en un espacio entre dimensiones donde ni el tiempo ni el espacio le daban lugar para moverse. Su último rugido sacudió los cimientos del mundo antes de apagarse en un silencio que duró semanas.

El mundo respiró. Pero los dioses no celebraron.

Se miraron entre sí y comprendieron algo que ningún humano quería admitir: el mal no se destruye. Solo duerme.

Tifón volvería. No sabían cuándo ni cómo. Pero lo sabían con la certeza absoluta de quienes han visto demasiado para engañarse con esperanzas fáciles.

Así que construyeron un lugar oculto entre dimensiones, invisible para los ojos comunes, donde el tiempo fluye diferente y los muros están hechos de algo más antiguo que la piedra. Un lugar donde los hijos de los dioses, de todas las culturas y todos los rincones del mundo, pudieran aprender a usar lo que llevan en la sangre. Lo llamaron La Academia Icaria.

Quinientos años pasaron. Los humanos construyeron civilizaciones, las destruyeron y las volvieron a construir. Los dioses observaron desde lejos, pacientes, sin intervenir, dejando que la historia continuara su propio camino.

En lo profundo del Bosque de la Serenidad, la Academia Icaria sigue en pie. Nuevos estudiantes llegan cada año siguiendo senderos que solo ellos pueden ver. Nuevos héroes entrenan sin saber exactamente para qué.

Y en algún rincón del mundo, en las profundidades donde no llega ninguna luz, algo se mueve.

El sello que mantiene a Tifón dormido lleva quinientos años resistiendo. Hoy, por primera vez, tiene una grieta

Las crónicas de icariaStories to obsess over. Discover now