Definitivamente odio los viernes. Por la noche, la aldea se llena de gente y el aire vibra de calor y humedad mientras que el olor del pescado en mal estado llega hasta mi y me obliga a reprimir una arcada.
Técnicamente, el hecho de que haya tantas personas haciendo las compras en el último momento es bueno para mi, pero nunca cojo nada que llame demasiado la atención; una pulsera, un reloj como mucho... Minucias que a la gente con dinero no debe costarles demasiado; asique cojo todo lo que puedo antes de que empiecen a sonar las primeras campanadas de medianoche, anunciando el toque de queda; soy una carterista, lo reconozco, pero no soy una suicida.
La fresca brisa otoñal me despeina ligeramente mientras me dirijo a Costanegra, el lugar en el que reside la mayoria del pueblo pobre; mi abuelo me contaba historias sobre un mar azul como el cielo y sobre las gabiotas que revoloteaban de aqui para alla en busca de algo que llevarse a la boca.
«igual que yo»
Pero ya no queda nada de eso.
Costanegra se ha convertido en un triste cementerio de barcos, viejos y destartalados, colocados unos encima de otros, y que desprenden, aun, petroleo hacia el mar, completamente negro. Camino con ligereza cuando mis pies tocan el muelle y el chirrido de la madera me pone los pelos de punta a tres metros del terreno enfangado.
Avanza velozmente entre la madera podrida, y doy un pequeño salto cuando uno de los tablones cede bajo mi peso, cayendo al enorme charco de petroleo, que lo engulle como si tuviese vida propia y yo continuo mi camino.
Tras un par de escaleras subidas, llego a mi casa. Un viejo barco de los años ochenta que aun mantiene un poco de la carroceria que lo cubria antaño. Acaricio la tapa con delicadeza, como si ese pequeño gesto pudiese hacerlo añicos, y noto, en la yema de los dedos, el relieve de algunas de las letras que el tiempo no pudo borrar.
«Alice»
Se me escapa una pequeña sonrisa complice cuando me imagino a mis padres escogiendo este barco solo porque de llama igual que yo, es una tonteria, pero a veces un simple gesto hace mucho.
Cuando termino de contemplar el frio metal, me dirigo a la parte trasera; abro un pequeño compartimento oculto por el musgo y un par de ramas secas, y tiro de la palanca del motor con todas mis fuerzas y, cuando da de sí, se que podre dormir en caliente esta noche.
Las campanadas provenientes de la catedral del pueblo se repiten en mi cabeza en un eco interminable.Tengo que darme prisa, por lo que vuelvo a cerrar el cajon, a colocar las ramas y me dirijo rápidamente a la puerta del camarote del barco.
No me hace falta hacer mucha fuerza para abrirla, con girar la llave y tirar hacia mi mientras lo hago es suficiente para que se abra.
Como esta noche he conseguido encender el motor a tiempo, me relajo por primera vez en todo el dia; pongo la calefacion, un tosco artefacto de metal que irradia calor mientras profiere un penetrante siseo, y pongo, encima de la mesa, el botin de hoy.
«No esta mal para ser viernes»
Como ya no me da tiempo para venderlas, dejo todas las baratijas encima de la mesa y me tumbo sobre unos sacos mas o menos acolchados en una esquina del camarote.
Cierro los ojos con fuerza mientras que las terceras campanadas resuenan y mi corazon se encoje.
El lobo esta a punto de llegar.
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Bienvenidos a El Lobo, espero que esta historia sea de vuestro agrado, los capitulos son mas o menos cortitos, pero para compensar actualizare más rápido. Promess
I love u guys <3
Para el proximo capitulo minimo:
1 voto y 1 comentario
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El Lobo
FantascienzaCorre, date prisa, llega a tu casa antes de que suene la ultima campanada y encierrate dentro; bloquea la puerta y arrodillate. Reza por que no te encuentre.
