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Capítulo 1: El comienzo del fin

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Me llamo John y soy estudiante de Bachillerato en un instituto dirigido por curas. Estamos rodeados de gente con poderes fantásticos. Yo me considero uno de ellos. Sí, tengo poderes... más concretamente, el fuego. Pero en mi instituto los poderes están mal vistos, porque según los curas, el único que puede tener poderes es Dios. Yo no me creo eso, pero aquí me veis, atrapado en este lugar.

El rechazo hacia los poderes en el instituto me obligó a ocultar los míos. Yo quería salvar personas, pero el fuego no es precisamente útil para eso. Se corrió el rumor de que tenía poderes, y todos mis amigos me dieron la espalda. Todos... menos uno.

Se llamaba Axel, un compañero de clase que un día me confesó que él también tenía un poder. Desde entonces nos volvimos mejores amigos. Quedábamos todos los días para usar nuestras habilidades. Imitábamos a héroes famosos. Su poder era el hielo, así que nuestras batallas eran épicas. Todas las tardes hacíamos lo mismo: nos encontrábamos después de clase y “luchábamos”.

Un día cualquiera decidimos tomárnoslo más en serio. Yo me lancé con todo: lanzaba fuego por la boca, puñetazos ardientes... y él se defendía con muros de hielo, lanzándome puñales helados. Luchábamos con todo lo que teníamos. Hasta que, de repente… un puñal de fuego fatuo atravesó el pecho helado de Axel, matándolo en el acto. Ese puñal no era como los suyos. Además, alguien lo sostenía.

—¡NOOOOOOOOOOO! —grité, lleno de rabia, mientras veía el cuerpo sin vida de Axel desplomarse a mis pies. Triste y furioso, levanté la vista.

Una silueta negra sostenía el puñal de fuego fatuo. Sus ojos y su sonrisa brillaban, resaltando entre la oscuridad de su forma. Enfurecido, encendí mis puños y traté de golpearlo, pero era como si fuera una sombra: mis ataques lo atravesaban sin hacerle daño. Seguí golpeando el aire, impotente, hasta que la silueta se desvaneció.

Cansado y roto por dentro, me arrodillé y le di la vuelta al cadáver de Axel para ver su rostro por última vez. Entre lágrimas lo abracé.

—Lo siento mucho, Axel... —susurré, llorando.

Llamé a la policía y les conté lo sucedido. Fue en vano; no creyeron mi versión de los hechos.

Me incorporé, y usando mi fuego para impulsarme, subí a una azotea cercana. Con el rostro endurecido por la rabia y el dolor, murmuré con firmeza:

—ME VENGARÉ.

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