1. CRUSH

1 1 0
                                        

Año 2010

Sexto grado.

Margaret Crawley tuvo su primer amor a sus escasos doce años, pero al contrario de la mayoría de los chicos, no pudo superar aquel amor en seis años, y mucho menos cuando el dueño de su gran corazón vivía a veinte pasos de su hogar, justo al otro lado de la calle.

Todo comenzó cuando se mudó a aquel agradable barrio lejos de sus antiguos amigos, tenía solo doce, y a pesar de que era una pequeña muy tímida, tenía dos amistades que extrañaría con su alma, todavía recordaba los rostros de sus dos mejores amigos al despedirse de ella, mientras escuchaban a sus padres prometer que se verían al menos en las fechas importantes, aunque esa promesa duraría solo unos cuantos meses.

Era su primer día de colegio donde cursaría el sexto grado, se sentía nerviosa porque no conocía a nadie, y aunque su madre le haya dicho que iría acompañada por su vecino de enfrente ya que cursaba el mismo grado, no se sentía segura, menos cuando ni siquiera le conoció el día que el Sr y la Sra Reynolds fueron a presentarse con sus padres excusando la ausencia de su hijo porque se encontraba practicando un deporte con un nombre lo más de extraño que no se esforzó en recordar.

-¿Tienes todo, cariño?- Preguntó la dulce voz de su madre desde la cocina.

-No.- Comentó preocupada.

-¿Qué falta?- El ceño fruncido de su madre fue lo primero que logró captar cuando esta se dio la vuelta.

-Mis ganas de ir al colegio.- Murmuró desganada.

-Margaret Anne Crawley, ¿Qué he dicho sobre el sarcasmo?- La regañó su madre, posando sus manos sobre sus caderas.

-Lo siento, mamá.- Se dirigió a la puerta con la cabeza gacha, resignada a su destino, como cual fin del mundo.

Mag, como solían llamarle Matt y Will -sus dos mejores amigos- a pesar de ser tan pequeña y tímida, se caracterizaba por tener un tinte sarcástico en su personalidad, y era algo que a las chicas de su edad no les agradaba.

-Margaret pequeña, ¿Cómo te sientes?- Preguntó la Sra Reynolds con su característico optimismo. La niña le dedicó una sonrisa desganada- Cariño, todo saldrá bien, verás que te la llevarás bien con todos, eres una niña muy tierna.- Intentó reconfortarla, pero se sentía tan desganada que solo se limitó a asentir para no ser grosera- Bien, sube al auto, Nathan está en la escuela

Aquel día fue un poco incómodo, pero luego de conocer a sus nuevos compañeros, no se sintió tan desanimada como cuando ingresó temerosa por la puerta del colegio Branson Elementary School aquella mañana.

-¿Cómo te llamas?- Escuchó a sus espaldas la dulce voz de una niña, por lo que dio la vuelta para poder ver sus negros ojos observándola con curiosidad.

Era una chica de su estatura, de ojos oscuros y piel morena, su negro y ondulado cabello iba peinado en una trenza que dejaba algunos mechones caer rebeldes sobre su dulce rostro.

-Margaret- Murmuró con timidez- ¿Y tú?- preguntó al darse cuenta de que debía ser cortés.

-Danielle- Tendió su mano como saludo, a lo que la pequeña castaña respondió luego de algunos segundos.

Danielle era una chica educada, y a diferencia de ella, era más extrovertida y tenía gustos peculiares, pues le encantaban los animales extraños, la castaña no pudo evitar sentirse interesada sobre lo que Danielle le contaba de Sparkie, su hurón. Pasaron toda la clase hablando entre susurros mientras la maestra les daba una larga charla sobre el nuevo año escolar.

Al principio la castaña se mostró reacia a abrirse con su compañera, pero fue cuestión de tiempo para considerarla su amiga desde el primer día de clases. Estuvieron todo el día juntas, hablando sobre sus compañeros del colegio y los profesores que habían conocido, inclusive habían tenido el atrevimiento de burlarse de la calva cabeza de Mr. Krickland, o de quejarse de lo estricto que era el profesor de educación física, el cual ninguna supo pronunciar bien su nombre.

El final de la jornada escolar llegó, y después de todo, Margaret pensó que no había estado tan mal como consideró, y se sintió agradecida al tener una nueva amiga, lo que lo hacía más emocionante, era que, por primera vez, no era un chico, sino una niña que no se había sentido incómoda cuando hacía bromas crueles que los demás no comprendían.

Se encontraba sentada en el columpio del patio, la Sra Reynolds le hizo prometer que la esperaría allí cuando saliera, pues regresaría a casa con ella y su hijo cuyo nombre no recordaba, y es que siquiera había visto la cara del famoso hijo de los Reynolds, del que tanto hablaban, lo cierto era que sentía curiosidad pero a la vez un poco de fastidio ante tanto misterio por dejarse ver. Quizá estaba apresurándose y aquel niño tenía cosas que hacer, como sus padres tanto mencionaban.

El patio de la escuela se encontraba ya vacío, se sintió sola y de inmediato pensó en llamar a su madre para que fuera por ella, creyendo que la Sra Reynolds había olvidado que debía llevarla a casa, y cuando estuvo a punto de levantarse del columpio para hablar con el vigilante, escuchó su nombre proveniente de las canchas del colegio.

-¡Margo!- Gritó la voz de un niño a lo lejos, se acercaba corriendo hacia su dirección, y a pesar de su dificultosa vista, su cara comenzó a verse más nítida a medida que se acercaba.

En ese preciso momento experimentó lo que tanto habían descrito en las películas de amor que solía ver con su madre los sábados por la noche; las mariposas en tu estómago, los nervios a flor de piel mientras tu corazón se acelera cuando vez a la persona que te gusta, haciendo cada vez más dificultosa tu respiración y que tus piernas se debiliten cuando sus ojos se posan sobre los tuyos.

Pero para la escasa edad de Margaret era como sentir bichos raros en el estómago, ganas de vomitar y e inclusive pudo comparar el sonido de tu corazón con el de un tambor, sintiéndose inútil cuando se dio cuenta de que no podía respirar.

Margaret Where stories live. Discover now