Mi madre siempre me ha dicho que cuando tuviera un problema mirase al cielo y observara las formas de las estrellas, que en ellas mi padre me cuidaba.
Recuerdo cada momento que pasábamos juntos observando el cielo nocturno repleto de luces blancas, tumbados en la hierba y acurrucados entre las mantas. Mi madre y yo siempre escuchábamos con ilusión las muchas anécdotas que nos contaba acerca de él y mi abuelo. Le encantaba pasar horas y horas hablando sobre su padre, siempre con una sonrisa en la cara al recordar esos buenos momentos. Sus historias parecían estar repletas de magia, una embriagadora que me hacía mantener todos mis sentidos sumergidos en ellas.
La luz de la luna siempre nos acompañaba; haciendo del lugar un ambiente tranquilo y seguro, donde no existían ni preocupaciones, ni dificultades... El mundo era lejano.
Desde que me había dicho esas palabras, cada vez que me sentía solo o perdido, acudía rápidamente a mi pequeño refugio: ese descampado cerca de la ciudad donde las luces en el cielo nocturno semejaban un cuadro con colores vivos pintados sobre la oscuridad.
Un día, al igual que muchos anteriores, necesitaba desconectar del mundo, así que fui hasta ese mágico paisaje. En él encontré un pobre animal abandonado a la intemperie, cerca de unos árboles llenos de zarzas. El pobre perro tenía marcas de lo que parecían ser golpes y arañazos. Lo habían maltratado. No pude dejarlo allí, así que lo traje a mi hogar y lo cuidé con todo lo que tenía.
Desde entonces siempre me ha acompañado en momentos difíciles y yo nunca le he dejado de lado. Recuerdo cada momento que pasamos juntos como si hubiera sido ayer.
El año en el que la última persona a la que más quería murió, sentí una tristeza y un dolor tan grande que quise acabar con mi vida. Si no hubiera sido por Yuko ahora mismo no estaría escribiendo estas palabras.
Casi al borde de tomar el impulso que me conduciría a mí fin, el valiente animal se me acercó con sus ojitos brillantes que atravesaban mi alma. Mi corazón se comprimió al verlo y el llanto se apoderó de mi cuerpo.
Bajé de las alturas y lo abracé, pidiéndole perdón por todo, arrepentido por casi abandonarlo.
Nos quedamos un buen rato así hasta que el cansancio nos hizo dormirnos, ambos con lágrimas en los ojos.
Desde ese día prometí cuidarle hasta el último aliento.
----------------------------------------------------
Y así lo hice. Ayer fue el fin de todo. La muerte se llevó al mejor amigo que uno pueda imaginar.
Sentado en el suelo y abrazándolo con fuerza, sentí cómo sus latidos eran cada vez más lentos y sus ojos se hacían más pesados.
Comencé a tararear una canción que mi madre siempre me cantaba de pequeño para calmarme cuando lloraba. Esperé fielmente con él. Esperé hasta que llegara ese momento en el que me tendría que despedir.
No quería llorar, no todavía. Debía ser fuerte y esperar; pero no fui capaz. Una lágrima resbaló por mis mejillas hasta depositarse sobre el ya frío cuerpo de Yuko.
Lo abracé lo más fuerte que pude mientras el descontrol se apoderaba de mí. El llanto desgarraba mi garganta.
Nuevamente experimenté el dolor de la muerte. Otra vez me había quedado solo. Y fue ahí cuando comprendí que la soledad no tiene cura, que cuando tus seres queridos se van ya no queda nada que te retenga en este mundo.
Es por eso que ya liberado de esta prisión que tanto me aprisionaba, ha llegado el momento de experimentar la muerte por mí mismo. Espero poder encontrarme con todos vosotros.
Nos veremos.
En las estrellas.
