Crímenes en Los Rosales

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Todas las pruebas halladas hasta el momento corroboraron la evidencia de que aquello era la escena de un crimen, llevado a cabo por alguien anónimo que se auto declaraba un ente superior, una persona muy por encima de todos los demás seres humanos, un bélico artífice, con una mente llena de pensamientos extremadamente macabros. Y digo macabros porque hay que estar demente para ambientar el acto dejando cerca del cuerpo una carta perfumada con el característico aroma de las rosas, en la cual se lee un poema dedicado expresamente para su víctima. Recuerdo el primer registro que se hizo de este personaje; yo acababa de incorporarme después de haber tomado una baja de un par de semanas por una caída que sufrí durante la persecución de otro delincuente que, en un acto temerario, se había precipitado por una ventana que daba a la piscina del edificio. Sin pensarlo fui detrás. Él calló y al parecer murió en el acto; yo tuve un poco más de suerte y sólo me torcí el tobillo al caer al agua. Dos semanas por un pequeño esguince.

Cuando llegué a la oficina aquella mañana había bastante jaleo, más del habitual. He de admitir que me intrigó el motivo por el cual todos estaban tan alterados, pero poco después la directora del cuerpo de policía, mi jefa, nos reunió, a mí y a otros cuantos en su despacho. Nos encargó un nuevo caso: una serie de asesinatos en el barrio de Los Rosales, el barrio donde se encontraba la oficina. No se sabía prácticamente nada sobre su autor, pero todos aquellos asesinatos tenían algo en común, lo cual fue adjudicado a que todos ellos habían sido cometidos por la misma persona; en las diferentes escenas donde habían ocurrido los hechos, aparecía la misma carta perfumada. Además, todas ellas terminaban con la firma bajo el mismo nombre: Mme. Josephine. Esto era otra prueba, muy evidente, de que estos crímenes fueron reproducidos por la persona que se escondía tras el seudónimo que firmaba las cartas.

La tarde del 21 de agosto, no pude más y me dejé llevar por la curiosidad. Bajé al depósito de documentos para leer aquellos poemas que tanto ansiaba leer. No fue difícil encontrar dónde estaban guardados. Cuando cogí la caja donde se encontraban las numerosas cartas con todos aquellos versos escritos, me llamó la atención la etiqueta rotulada de la tapa. Ponía <<Poemas de Mme. Josephine>>. La puse encima de la mesa que estaba ubicada en la entrada del depósito y comencé a leer y a leer aquellas palabras escritas por el criminal que tanto me había llamado la atención desde que me adjudicaron el caso. Una de las primeras iba dirigida a un tal Don José Clavijo y Fajardo. Había otras dirigidas a muchas otras personas, tantas otras víctimas. Había leído prácticamente todas, sólo quedaba una en la caja. El corazón me dio un vuelco cuando leí el nombre de para quién iba dirigida: Omaira Nuñez Bencomo. En un principio no lo entendí; ¿Por qué motivo mi nombre estaba escrito en aquella carta? Miré la fecha. 21 de agosto. Todos los asesinatos se habían llevado a cabo en los días 21 de cada mes. Distintos lugares, distintas personas, sin una hora en concreto, pero todos el día 21. Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla y que hizo que se me erizara la piel de una manera extraña. El sudor frío me bañaba la cara y la espalda. Aquello no podía estar pasando. Decidí abrir con cuidado el sobre. Cuando saqué el papel de su envoltorio, este desprendió el aroma esperado a rosas frescas. No sabría decir el porqué, pero algo me obligaba a desdoblar el papel y leer, una vez más, los versos de aquella persona desconocida que había causado tantas muertes en la zona del barrio. Comencé a leer, en voz alta:

Ya era hora,

te quería conocer.

Eres encantadora,

lo he de reconocer.

Lo malo es que eres curiosa;

eso me molesta.

Y para arreglar las cosas,

no hay otra manera que esta.

Era corto este poema, en relación a los demás. Me atrevería a decir que incluso es algo cutre, bastante improvisado, aunque igualmente no tenía nada que objetar. Sabía lo que iba a pasar, pero no lo quería admitir. Simplemente me quedé sentada y esperé.

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