Parte única

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Choi San mantenía las esperanzas vivas mientras sostenía la pequeña cajita con las galletas compradas que había escogido el día anterior para su declaración.

El joven de, en ese entonces, dieciséis años, había tardado cuatro semanas completas en crear escenarios posibles de lo que sería su perfecta declaración de amor hacia el hijo del auxiliar de aseo de la escuela. Era un chico de su altura, cabellos rubios y con una pasión en cada cosa que hacía que fue la responsable del amorío del chico de cabellos oscuros. WooYoung no negaba sus raíces, llevándose ciertas burlas al ser un estudiante becado en alimentación y transporte. San admiraba la forma en que él los dejaba con la boca cerrada y con ojos abiertos a tope, rebatiendo cada palabra con un fundamento digno de debate televisivo. WooYoung no era guapo como Seonghwa o fuerte como JongHo. Tampoco tenía una gran voz como YunHo pero se las apañaba por participar activamente en las extraprogramáticas de coro y música de la escuela. No todos eran de buenos recursos y la escuela en sí era pública, por lo que el bullying era completamente injustificado; aún así se las arreglaron para aislar al rubio durante los recesos y poner malas caras cuando debían hacer grupos con el hijo del señor del aseo. San iba en el curso paralelo, pero conocía de primera mano los comentarios directamente de la boca de MinGi, el chico más bocón de la escuela y uno de sus amigos más cercanos.

Choi no conocía bien a Jung, pero podía dar fe de que era un buen chico, por lo que no tardó demasiado en comenzar a desarrollar sentimientos amorosos hacia el joven. Lo observaba cual halcón durante el desayuno y almuerzo, siguiéndolo con la mirada cuando el chico tomaba un simple galletón y guardaba la leche para dársela a su padre antes de entrar a clases. En su mente, WooYoung era un humilde joven orgulloso que solo necesitaba un amigo y San quiso serlo. Así fue que San entró en las actividades de baile donde había oído que estaba el contrario y, con su jodida timidez siempre presente, logró acercarse a él. Cruzaban un par de palabras pero era suficiente para acelerar su pulso, ponerle nervioso y hacerlo tartamudear. Fue a mediados de invierno que Choi no aguantó más. Sabía en su corazón que el menor por meses no sería cruel en su rechazo y, en el mejor de los casos, podría incluso darle la oportunidad de conocerse y formar ese futuro de miel sobre hojuelas que él imaginaba a diario en su cama. YunHo comentó sobre ciertas galletas de avena con chocolate que había visto comer al joven en una de las prácticas de coro y San partió esa misma tarde a la tienda más concurrida de la ciudad, gastando su mesada de la semana anterior y unas pocas monedas que tenían como destino servir para locomoción, teniendo en mente que caminar los cerca de cuarenta minutos a casa era bueno para su estado físico. Eran una docena de galletas de avena con chocolate metidas en una caja decorada y una tarjeta para escribirle una nota. Esa noche llegó cansado pero conforme con su compra.

Para cuando estuvo frente a Jung WooYoung, su mente quedó en blanco. Sus manos temblaron, tambaleó un poco en su caminar y sus ojos no podían alzarse del suelo cuando la presencia de Woo le dejó estático al responder a su llamado.

"¿San...?"

La voz sonaba lejana, como si tuviera los oídos tapados o estuviera dormido. Por un segundo, deseó estarlo. Se animó a seguir, agarrando confianza al notar que estaban solos en la sala de prácticas y que la puerta estaba abierta; siempre podía huir y desaparecer ante un doloroso rechazo. Su labio inferior salió en un pequeño puchero que hizo reír al joven frente a él, derritiendo por completo al pobre castaño.

"¿Estás bien? Siento que te podrías desmayar en cualquier..."

"Me gustas, WooYoung..." Eso era todo. Sus mejillas se enrojecieron, sus ojos se aguaron por la vergüenza y su cuerpo entero pegó una sacudida. "P-Por favor acepta mis sentimientos..." extendió la caja con una nota escrita en letra algo desarreglada y no importando en absoluto si la confesión era como las que hacían las chicas, pero estaba tan desesperado por sacar esos sentimientos de su mente que ese fue un detalle menor. Su cabeza aún estaba gacha y bien pudo haber botado el regalo si no fuera porque un par de manos sostuvieron las suyas. En condiciones normales él habría sonreído ante el toque, pero esta vez quemaba horriblemente.

Confianza [Sin Corazón - 1 ] WooSan-AteezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora