Aquella noche mi mirada atisbaba dolor, desconcierto por aquel sentimiento de impotencia. Mi ojos se bañaron de color plata, mi corazón carecía de pulso. Levanté la mirada para percatarme de que nadie me hubiese visto. El malestar era creciente, la confianza que tuve al llegar se desvaneció en proporción al transcurso de tiempo y gente que tenía a mi derredor.
El tiempo no cesaba, mi mente no hacía más que recordarme el aquí y ahora. Cada uno de mis interlocutores entablaban conversaciones equidistantes asolando el sonido que cohabitaba fuera de nuestro radio de conversación; haciéndome saber quién estaba fuera de lugar en todo aquel bullicio. Mi corazón se resquebrajó al hacerme saber qué estaba sucediendo; mi alma quería romper a llorar, mi mente quería desfallecer y mi cuerpo quería desaparecer.
Todo aquello hizo replantearme una sencilla cuestión; mi existencia. A pesar de mis ineptos intentos por mantener en pie, mi existencia en aquel momento era ficticia. Mi vaga tentativa por intentar mantenerme presente era desoladora. Aquella realidad disponía de una línea temporal sin desenlace. El miedo que albergaba era infundado, aunque no en la misma relación aspecto que detentaba hacia uno de los interlocutores que había en aquel habitáculo. Mis pensamientos condicionaban mis acciones; y mis pensamientos estaban condicionados por aquel individuo; el porqué; era muy infundado e inverosímil. Mis acciones eran erradas e irracionales, pues me dispuse a focalizar mis esfuerzos y mi energía en intentar pasar desapercibido por todos aquellos miembros que conformaban aquel grupo al que por desgracia era perteneciente; y por aquel interlocutor que me suscitaba aquel acérrimo temor irracional. Eran las 22:00 y la línea temporal no disponía a verse alterada; pues era todo en lo que podía creer.
Mis tesones por salir indemne de aquella deplorable tesitura se habían evaporado. Mi cuerpo empezó sucumbir a los efectos de aquella luz tan fantasmagórica e intermitente con aquellos colores tan mortecinos que embargaban el local. Mi mente dejó de tener cualquier dominio para captar cualquier tipo de información externa, apenas podía comprender dos palabras seguidas; solo podía escuchar una mezcla heterogénea de voces y risas. Solo era consciente de que mis piernas flaqueaban, pues había sido incapaz de pedir algo de comer y mi cuerpo estaba empezando a sentir los efectos secundarios de aquella fatídica decisión. La situación era tan desoladora que la últimas palabras que había proferido con alguien, habían sido con el camarero para decir lo siguiente: "un batido de oreo, por favor." Decidí que lo mejor que podía hacer era evadirme de la situación lo más que me fuera posible, pues había perdido la realidad en la que me encontraba y me dispuse a pasar casi sesenta minutos cabizbajo con el móvil y con el pelo que me caía hacia delante y que me tapaba en casi su totalidad la cara intentando buscar una lectura rápida, a sabiendas de la situación que estaba creando al hacer eso, ya que, a pesar de la situación física y emocional, pude vislumbrar varios focos de atención en determinadas ocasiones, en especial de una. Pero a esas alturas mi miedo se había limitado, ya que era incapaz de sentir más temor del que sentía ya de por sí, así que intenté abstenerme de las personas que conformaban aquel círculo.
Después de ojear por enésima vez si el tiempo había cumplido su período de vencimiento, escuché una ligera voz para ponernos en pie y pedir la cuenta, aunque yo ya me había anticipado a esa disyuntiva; pues había pagado de forma individual lo que había pedido, así que entre tantos números, conversaciones paralelas, billetes y monedas, tuve mi primer exhalo; aunque lo mejor estaría por llegar cuando el grupo se disgregase. Después de varias horas, tuve la oportunidad de irme sin llamar la atención, no sé qué me hizo pensar eso; pero realmente fue así, aunque no del modo que cabía esperar, ya que me tocó ir con dos miembros del grupo, algo que decidí, ya que escogí el camino por el que no iba aquella persona, algo de lo que realmente me alegré pero simultáneamente me hizo sentirme peor por sentir alegría por pensar de ese modo, pues mi cuerpo y mi mente no estaban dispuestos para seguir transigiendo temor.
A pesar, de aquella desaliñada noche, tuve la oportunidad de platicar con dos miembros del grupo, algo de lo que me sentí mitigado, ya que en condiciones normales, mi mente rehuiría despavorida, pero debido a los riesgos que estuve expuesto durante aquella noche, aquella situación ya no era digna de sentir temor. Fue el único momento de la noche y del día que me sentí seguro y beatífico, pues no me sentía intimidado por nadie, algo que en situaciones mencionadas anteriormente no era así; especialmente por una persona. Mis pensamientos no estaban limitados y me sentí seguro con aquellas dos personas, pues habían sido el único amparo que había tenido después de aquel funesto encuentro en aquel antro. Hablé más con aquellas dos personas, que en toda la noche.
Aquel día y aquella noche, no tiene nombre ni calificativos, porque no son dignos de ello.
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Limerencia
Historia CortaUn breve consuetudinario del día a día. Las obras del autor están protegidas por la siguiente licencia Copyright © (Todos los Derechos Reservados). Asegúrate de que los comentarios sean respetuosos y sigan nuestras normas de la comunidad. Queda estr...
