Capítulo I "Comienzo"

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 El frío hostil que fustigaba a toda la ciudad, no era impedimento para que los niños salieran a disfrutar de la nieve. La mayoría se concentraba en los jardines de la escuela para organizar interminables combates de bolas blancas.

-¡No jueguen cerca de los autos!- gritó un padre que trataba de conversar con un maestro, pero sus ojos se desviaban constantemente a su nuevo Mercedes Benz E Class(1).

Algunas niñas, aburridas de recibir tantos cascotazos, optaban por quitar la nieve, que cubría el cantero, donde solían crecer petunias durante el verano. Lo único que había debajo del mismo era tierra húmeda y fría. Una niña de bufanda amarilla buscaba entre los grupos de estudiantes a alguien. Había demasiada gente en el porche de la escuela. Los autos no paraban de llegar. Todo el estacionamiento estaba completamente ocupado y los colores de los autos empezaban a ser monopolizados por el blanco.

-Oigan chicas- llamo la niña de bufanda amarilla- ¿Han visto a Michelle?

Las pequeñas que estaban sentadas en los escalones del porche negaron con la cabeza y continuaron su juego de choque de manos. La niña se decidió por adentrarse nuevamente en la escuela. Una mujer joven, que llevaba un gorro de lana blanco con un pompón en la punta, desvió su mirada hasta la pupila.

-¡Chantal! ¿A dónde vas? ¡En diez minutos nos vamos!- le advirtió.

-¡Quiero despedirme de Michelle! ¡Enseguida regreso!- respondió la niña.

-¡Apresúrate!- ordenó la madre.

Antes de que Chantal pudiera oírla, su madre la vio desaparecer al cruzar el umbral. El hall también estaba lleno de gente. Posiblemente albergaba el doble de personas que afuera. La calefacción era la principal causa, luego del café que se servía en el bar de la escuela. Los adultos bebían de su taza de cerámica congregados alrededor del gran árbol de navidad instalado en el medio del pentágono. Chantal empujó a más de un padre, maestro o alumno que le impedía llegar a las escaleras principales, pidiendo permiso una y otra vez. Avanzó sobre los escalones de dos en dos. A medida que se perdía por los pasillos de la academia, el sonido del barullo se iba desvaneciendo. La puerta de su habitación estaba abierta.

-¿Michelle?- preguntó al entrar.

Nadie respondió. La pequeña sonrió cuándo, en su cabeza, supuso dónde podía encontrar a su amiga. La sala de música estaba en el ala este, junto al club de ajedrez. Corrió haciendo sonar sus botas de invierno color beige por los relucientes pisos de madera. A medida que se iba acercando, una sencilla melodía desafinada producida por un piano, iba atrayendo los oídos de Chantal. Abrió las puertas para encontrarse con su amiga de espaldas. La razón se debía a la concentración que desbordaba sobre aquellas teclas que aún se resistían a sonar bien. Chantal se acercó sin decir nada. Cuándo estuvo a la altura de la niña atravesó sus pies por encima del banco y se acomodó junto a Michelle.

-¿Todavía no te la aprendiste?- preguntó Chantal.

-No, es muy difícil- respondió la otra niña con cierto desasosiego.

-Practicas mucho ¿Por qué no te sale?

-La señorita Malonski dice que tengo dedos muy cortos- le hizo saber.

-Seguro que para cuándo vuelva ya te habrán crecido- la animó Chantal.

Michelle, que ya había dejado de tocar, giró todo su cuerpo para ver a su amiga de frente. Los pies le colgaban a ambos lados del banco. Se miraron fijamente unos segundos. Chantal sabía lo que pasaba por la cabeza de Michelle.

-¿Con quién vas a pasar la navidad?- preguntó Michelle.

-Este año me toca con mi mamá, y el año nuevo también- respondió.

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